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En la mira

El motín de los siete

Acta del Cabildo de Santa Fe donde se encuentran las firmas de algunos de los jefes del movimiento conocido como Revolución de los 7 Jefes Crédito: Archivo El LitoralActa del Cabildo de Santa Fe donde se encuentran las firmas de algunos de los jefes del movimiento conocido como Revolución de los 7 Jefes
Crédito: Archivo El Litoral

Acta del Cabildo de Santa Fe donde se encuentran las firmas de algunos de los jefes del movimiento conocido como Revolución de los 7 Jefes Crédito: Archivo El Litoral



En la mira El motín de los siete Hay quienes exaltan de buena fe la figura de siete jóvenes agrupados en la imaginaria horizontalidad de una jefatura compartida que nunca existió en esos términos. O que son vistos como heroicos ejecutantes de un plan de libertad contra los españoles que los oprimían. La realidad es bastante más pobre y diferente.

Días pasados se cumplieron 440 años de la mal llamada “Revolución de los Siete Jefes” en la ciudad de Santa Fe la Vieja. En redes y chats, muchos recordaron el acontecimiento con palabras de emoción. Y, en verdad, no están solos, porque la literatura se ha ocupado del tema desde hace décadas, imponiendo su prosa, a menudo poética, sobre los hechos descarnados de su registro histórico.

 

Mi intención no es pincharle el globo a quienes exaltan de buena fe la figura de siete jóvenes agrupados en la imaginaria horizontalidad de una jefatura compartida que nunca existió en esos términos. O que son vistos como heroicos ejecutantes de un plan de libertad contra los españoles que los oprimían. La realidad es bastante más pobre y diferente. Pero no hay duda que el relato actual tiene cierta caladura social, y se fue modelando en el tiempo a través de sentimientos e intenciones propios de las sucesivas generaciones que sublimaron aquel acontecimiento, y lo convirtieron en un símbolo de libertad de los santafesinos.

 

La supuesta revolución, nunca fue tal. Y los objetivos de los jóvenes amotinados distaban de ser los que ahora se les atribuyen. Sus propósitos, mucho más terrenos y mezquinos, empezaron a esbozarse luego de la caída en desgracia del muy joven Diego de Mendieta y Zárate, sobrino carnal de Juan Ortiz de Zárate, tercer Adelantado del Río de la Plata, quien, por esas jugarretas del destino había quedado como gobernador interino de esta amplísima cuenca, sin saber, claro, que se encontraba atrapado en un ajedrez político de altísimo nivel que no atisbaba a comprender.

 

Se jugaba en partidas simultáneas en el Alto Perú, Lima y la gobernación del Tucumán. Sus actores eran, de un lado, el virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo; el oidor de Charcas, Juan de Matienzo, y el gobernador de Tucumán Gonzalo Abreu de Figueroa. Del otro, Juana Ortiz de Zárate y Yupanqui, legitimada heredera universal del Adelantado; Juan Torres de Vera y Aragón, esposo de Juana, (y sucesor del título por manda del Adelantado antes de morir), y el gobernador del Río de la Plata, don Juan de Garay, fundador de Santa Fe.

 

¿Qué ocurría en ese plano, inaccesible para los complotados? El virrey, que tenía un candidato de su círculo íntimo -su ahijado Antonio de Meneses- para intercambiar alianzas con Juana, reacciona colérico contra Garay, que había vulnerado su voluntad al impulsar el casamiento de la joven con el oidor de Charcas, Juan Torres de Vera y Aragón. Matienzo, por su parte, notorio jurista y asesor de Toledo, tenía interés en que fuera su hijo Francisco, quien se casara con Juana, razón por la que cuestiona con argumentos legales la unión de Juana y Juan, consumada en la ciudad de La Plata de la Nueva Toledo (ex Chuquisaca), el 8 de diciembre de 1577. Fue como patear un hormiguero de intereses.

 

La iracunda reacción de Toledo alcanzó pronto a Juana poniendo en duda su herencia por su condición de mestiza, situación a la que hubo de sumar calumnias contra su conducta, luego desmentidas, y un encierro temporario en un convento. Entre tanto, su marido hubo de padecer una serie de trabas burocráticas que retrasaron su acceso al Adelantazgo. Al cabo de sufrimientos sin fin, con sólo veintinueve años, Juana otorgó testamento el mismo día de su fallecimiento en 1584. Antes, en 1579, en la misma ciudad en la que ella naciera, había dado a luz a su único hijo, el mestizo Juan Alonso de Vera y Zárate, descendiente de nobles españoles y emperadores incas, y primero de su condición en ser nombrado Adelantado del Río de la Plata en 1613 por el rey Felipe III.

 

Pero al margen de estos entremeses históricos, el que también sufría la persecución del virrey era Juan de Garay que había buscado los caminos más despejados para retornar a Santa Fe desde la altura de Charcas después de realizado el casamiento. Y que había logrado sortear con dificultades y retrasos a la figura de Abreu, adlátere de Toledo, quien reivindicaba la jurisdicción de su gobernación sobre sectores del Paraná, incluida la ciudad de Santa Fe. A ese fin, mantenía conversaciones con algunos de los futuros complotados, para lograr por un golpe de mano lo que no conseguía en el plano institucional.

 

Los hechos se aceleraron después de que los santafesinos echaran de su cargo a Diego de Mendieta y Zárate, primo de Juana, nacido al igual que ella en Chuquisaca o La Plata dos años antes, y destinado, como ella a una muerte joven. ¿Cuál había sido la causa de la reacción? La tortura y asesinato de Francisco de Sierra, uno de los seis españoles que habían acompañado a Garay en la expedición fundadora, hombre de su confianza, a quien deja al frente de la ciudad cuando él marcha al norte por las cuestiones sucesorias que se acaban de explicar.

 

En ese período, el botarate rico y cruel de menos de veinte años, sobrino del inmensamente rico Juan Ortiz de Zárate, queda interinamente a cargo de la gobernación. Y su condición de criollo y su mocedad desenfrenada, le facilitan una fluida relación con un grupo de mancebos que habían acompañado a Juan de Garay en la gesta fundacional de 1573, y cuya participación, en varios de los casos, había sido solventada con recursos del vizcaíno. Pero Garay no permanecía quieto en Santa Fe. Su plan de consolidación del Río de la Plata mediante la refundación de Buenos Aires, lo llevaba de un lugar a otro, sin solución de continuidad.

 

La deposición de Diego de Mendieta, que supuso el final de una Santa Fe orgiástica, así como la pérdida de espacios para el grupo de mancebos en los que se desvanecía la hipnótica sensación de poder y, a la vez, crecía la inquina contra los funcionarios, empezó a alentar en sus mentes la posibilidad de una revuelta, que incluía un planificado asesinato de Garay cuando retornara a la ciudad. Abreu, por su parte, los alentaba desde Córdoba y Santiago del Estero, en busca de ampliar la jurisdicción del Tucumán. Eran peones en el tablero de ajedrez, donde se jugaba desde lejos el menoscabo de Santa Fe.

 

¿Había razones para su enojo? ¿Es cierto que estaban marginados del gobierno de la ciudad? Augusto Fernández Díaz, el historiador rosarino que ha estudiado a fondo esta cuestión, detalla las características y antecedentes de cada uno de los conjurados y niega con documentos en la mano el argumento de su postergación en los cargos. Pruebas al canto.

 

Anota que Lázaro de Benialbo, el líder del motín, ocupó las funciones de regidor del Cabildo en 1573, 1574, 1577 y 1580, el año del levantamiento; en tanto que en 1579 se había desempeñado como alcalde ordinario.

 

Pedro Gallego había sido regidor en 1575, y al año siguiente hace registrar un hierro -una marca- que lo acredita como propietario de tierras y ganados. Diego de Leiva, había sido regidor en 1576, 1578 y el fatídico 1580. Y Rodrigo Mosquera, regidor en 1577 y 1578. Los datos desmienten marginalidades. Además, Benialbo, Gallego y Leiva, fueron los “aderezados” (hoy diríamos, “bancados”) por Juan de Garay para que pudieran participar de la expedición fundadora. Se los consideraba protegidos y especialmente valorados por el vizcaíno, al punto que los incluye en el selecto grupo de doce soldados de caballería que viajan de urgencia al sur para rescatar a Juan Ortiz de Zárate y su hueste del cerco que les habían tendido los charrúas en la isla de San Gabriel, situada frente a la actual ciudad uruguaya de Colonia en el estuario del Río de la Plata.

 

Entre los otros complotados, Diego Ruiz había sido criado de Gonzalo de Abreu, de allí su participación de enlace; además, había nacido en España, de modo que no era un mancebo de la tierra. Domingo Romero, era un soldado modesto que acompañó la gesta de Garay, pero según el citado historiador, tuvo poca participación en los preparativos del motín. A primera vista, dice el autor, era instrumento de Gallego, que lo manipulaba. En cuanto a Villalta, que tampoco era vecino de Santa Fe, es el otro partícipe de perfil moderado, que tenía vínculos con Abreu, fogonero a distancia del motín que duró menos de un día, en vísperas de la celebración de Corpus Cristi.

 

Al final, como sintetiza Manuel Cervera, Cristóbal de Arévalo, designado por los conjurados teniente de gobernador, cargo que aceptó a desgano, “convencido con la falta de miras y el aislamiento en que iba a quedar la sublevación” (se había enterado por una carta de que Abreu tambaleaba en Tucumán), se reúne con otros pobladores que juran sobre un misal terminar con la revuelta.

 

Benialbo, Gallego, Leiva, Romero y Ruiz, son muertos la noche del 1° de junio de 1580. Mosquera y Villalta logran huir a Córdoba en busca de la protección de Abreu, sin saber que había sido depuesto por su sucesor, Hernando de Lerma, bajo cargos de traición. Por eso serán detenidos y remitidos a Lima para ser enjuiciados y, al cabo, ejecutados. Y así terminó el breve motín, uno más en la lista de innumerables revueltas que brotaron en América por distintas causas, aunque convergentes en un trasfondo de sordos intereses, ambiciones, discriminaciones y venganzas. Cualquier parecido con lo que nos ocurre en nuestros días, no es una mera coincidencia.
 

La supuesta revolución, nunca fue tal. Y los objetivos de los jóvenes amotinados distaban de ser los que ahora se les atribuyen. Sus propósitos, mucho más terrenos y mezquinos, empezaron a esbozarse luego de la caída en desgracia del muy joven Diego de Mendieta y Zárate.

La deposición de Diego de Mendieta, que supuso el final de una Santa Fe orgiástica, así como la pérdida de espacios para el grupo de mancebos en los que se desvanecía la hipnótica sensación de poder y, a la vez, crecía la inquina contra los funcionarios, empezó a alentar en sus mentes la posibilidad de una revuelta.

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