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Martes 11.08.2020 - Última actualización - 20:44
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Por Néstor Vittori

Los argentinos quieren ser pobres

Cola de beneficiarios de planes sociales frente a la sede local de la Anses.  Crédito: Guillermo Di SalvatoreCola de beneficiarios de planes sociales frente a la sede local de la Anses.
Crédito: Guillermo Di Salvatore

Cola de beneficiarios de planes sociales frente a la sede local de la Anses. Crédito: Guillermo Di Salvatore



Por Néstor Vittori Los argentinos quieren ser pobres Frente al retroceso del ingreso, el capital inmobiliario y el financiero se agrandan, haciendo que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La solución de los pobres, no es reducir la riqueza de los ricos, sino hacer que éstos la inviertan en proyectos de desarrollo económico que los involucren.

A esta nota la empiezo reproduciendo parcialmente una nota publicada por el Washington Post el 26 de octubre de 2019, donde exponen lo que consideran la enfermedad argentina.

 

"La Argentina tiene el problema más serio del mundo. Ningún país podría encontrarse en su camino con una dificultad mayor… El país se angustia por lo que prefiere. No hay drama mayor para una nación. Vivir en permanente frustración, por lo que no son otra cosa que las consecuencias de sus preferencias, constituyen una encerrona de la cual es muy difícil salir… Pues bien ¿y cuál es esa maldita preferencia? ¿Qué es, lo que los argentinos secretamente y contra lo que luego se enojan, cuando esa preferencia no se materializa?

 

Esa preferencia no es otra que la pobreza: los argentinos prefieren la pobreza. Por supuesto no van a admitirlo de viva voz. De hecho viven enojados contra la pobreza. O al menos eso dicen.

 

Porque lo que en realidad les ocurre en materia de enojos es algo bien distinto.

 

Si uno analiza las corrientes que imperan consiente o inconscientemente en el espíritu argentino verá que lo que mayoritariamente sobresale, lo que culturalmente predomina, es una oposición a la riqueza.

 

La corriente mayoritaria que emerge desde las entrañas más profundas de la cultura nacional consiste en una resistencia impenetrable contra la riqueza, contra la idea de ser rico.

 

La riqueza es un pecado. Sin embargo, en un retorcimiento que complica aún más el problema, es un determinado tipo de rico el que el argentino desdeña y por el que siente un profundo asco.

 

La riqueza que los argentinos repugnan es la que se produce como fruto del éxito licito… al tipo de rico que el argentino odia es al que obtuvo su riqueza por la vía del triunfo en la vida laboral legal.

 

Contrariamente, no se observan condenas firmes contra los que, incluso obscenamente pavonean la riqueza que hicieron como consecuencia de actividades ilícitas, provengan ellas de la corrupción pública o actividades delictivas privadas como los narcotraficantes o los delincuentes comunes.

 

Obviamente la persecución y eventual destrucción de los que generan riqueza hace que no se genere riqueza y al no generar riqueza, se obtiene pobreza.

 

Parecería... que los argentinos deberían estar felices porque finalmente consiguieron lo que buscaban: derrotar la riqueza, destruir al rico y materializar la pobreza

 

Pareciera que lo que los argentinos buscan, es una pobreza tolerable igualmente distribuida. (Excepto para aquellos 'ricos' a los cuales los argentinos no resisten como los funcionarios corruptos, los sindicalistas mafiosos, los que encontraron un curro o un 'yeite' u otros personajes del submundo ilegal respecto de los cuales el argentino no muestra un nivel de ofensa ostensible)."… la nota sigue.

 

La reiterada apelación y demonización de la desigualdad como lacra a vencer en el futuro, en función de una sociedad igualitaria es precisamente el combustible que alimenta la pobreza y su profundización a través de la evidente decadencia que vive la sociedad argentina.

 

Las vanguardias "progresistas", por así llamarlas, o los nostálgicos del "socialismo real" no se animan a invocar la experiencia igualitaria comunista de la Unión Soviética, que implosionó por sus propios méritos en la crisis de 1989-1991, y que determinó que la Federación Rusa quedara reducida a la mitad de su territorio y a la mitad de su PBI, en el sistema capitalista mundial.

 

Hoy las viudas del comunismo, se atrincheran en el señalamiento de las desigualdades sociales, sin reconocer que el mundo de la pobreza tiene un solo camino para superarla, que es precisamente la generación de condiciones institucionales, para que la riqueza se desarrolle y rebalse en redistribución, apalancada por inversiones que sean respetadas en un marco jurídico estable, con reglas de juego claras, donde los inversores de riesgo puedan evaluar la viabilidad de sus expectativas y el compromiso redistributivo que asumirán al concretar sus proyectos.

 

El mercado de ese desarrollo inversor es el mundo, y Argentina posee áreas con suficientes ventajas comparativas como para atraer inversiones que posibiliten precisamente ese desarrollo. Lo que impide que eso ocurra es precisamente lo que señala la nota del Washington Post. Nuestra cultura anti riqueza y la falta de estabilidad institucional y seguridad jurídica, son la mejor manera de espantar inversiones.

 

El discurso de la desigualdad, básicamente es una apelación antipropietarista, porque en la decadencia, en la caída del ingreso nacional, la brecha entre la renta del capital y la retribución del trabajo inevitablemente cae y se agranda, porque aquella históricamente es más estable.

 

Por eso, frente al retroceso del ingreso (léase PBI), el capital inmobiliario y el financiero se agrandan, haciendo que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La solución de los pobres, no es reducir la riqueza de los ricos, sino hacer que estos la inviertan en proyectos de desarrollo económico que los involucren.

 

La pretensión del ideario comunista, de reemplazar la iniciativa privada en la proyección del desarrollo a través de un Estado capitalista, planificando centralmente la economía y confiando su gerenciamiento a delegados partidarios del estado central, ha demostrado en su crisis implosiva, luego de muchos procesos involutivos, su absoluto fracaso y su necesaria evolución hacia un capitalismo de gestión privada en libertad.

 

Es notable el contraste entre las respetables evoluciones e involuciones de la vanguardia idealista, que desde Marx en adelante han cuestionado al capitalismo, constituyéndose en un exitoso factor condicionante de su humanización a favor de las condiciones laborales en la organización y prestación del trabajo, así como los avances en la seguridad social. Y paradójicamente el fracaso de la profecía histórica que anunciaba la extinción del capitalismo, que no se ha cumplido y los anacrónicos reclamos clasistas han naufragado en la impotencia y la ineficacia, producto de la evolución tecnológica, del conocimiento y de la integración cada vez mayor de los sectores laborales en las dinámicas empresariales.

 

En un mundo signado por el conocimiento y la capacitación, igualar ¿qué significa? ¿Repartir lo que no existe? Repartir igualitariamente la pobreza sin generar nueva riqueza, o sea igualar cada vez más hacia abajo, solo creando expectativas de imposible cumplimiento, pero manejadas por una retórica oportunista, que promete cosas incumplibles a cambio de obtener un empoderamiento electoral, cuya única consecuencia es la de "políticos" cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Incorporando a esa pobreza sectores cada vez mayores de la clase media, que en el achicamiento general, pierden los recursos de su estatus económico social.

 

Es notable como, en la decadencia del pensamiento progresista, ha surgido un "mafia" que deconstruyendo los términos ideológicos, se ha apropiado de su legitimidad evolutiva, para fundamentar la conquista del poder, no para mejorar la situación de la gente pobre, si no haciéndola cada vez más pobre y dependiente de la dádiva política, generando una dependencia del estado y eventualmente del partido que los representa, que como una mancha de aceite se ha extendido, no solo en latino América sino también en otras partes del mundo, en una enfermedad política que legitima lo que daña y destruye lo que sirve, todo en función de una nueva clase oligárquica, que anclada en la mentira populista, se llena los bolsillos como único objetivo.

 

Frente al retroceso del ingreso (léase PBI), el capital inmobiliario y el financiero se agrandan, haciendo que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La solución de los pobres, no es reducir la riqueza de los ricos, sino hacer que estos la inviertan en proyectos de desarrollo económico que los involucren.

En la decadencia del pensamiento progresista, ha surgido un "mafia" que deconstruyendo los términos ideológicos, se ha apropiado de su legitimidad evolutiva, para fundamentar la conquista del poder, no para mejorar la situación de la gente pobre, si no haciéndola cada vez más pobre y dependiente de la dádiva política.

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