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Miércoles 17.02.2021 - Última actualización - 22:02
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Por Ricardo Miguel Fessia

Jorge Ricci, in memoriam

Jorge Ricci Crédito: Archivo El LitoralJorge Ricci
Crédito: Archivo El Litoral

Jorge Ricci Crédito: Archivo El Litoral



Por Ricardo Miguel Fessia Jorge Ricci, in memoriam A poco de andar la democracia, congregó a hombres y mujeres de los distintos géneros -teatro, literatura, cine, plástica y otras expresiones menos formales- encabezando una suerte de renacimiento cultural.

Por Ricardo Miguel Fessia

 

I - Es indubitable que el destino del hombre está vinculado al cumplimiento de su vocación. De otro modo corre el riesgo de perderse o deambular por caminos que le son ajenos. La vocación y la vida están íntimamente unidas y el éxito de la segunda depende de la primera. Si respondemos con amor y perseverancia a esta inclinación de nuestro espíritu que llamamos vocación, no habremos equivocado nuestro camino, y siempre será nuestro destino.

 

Jorge supo amalgamar, en virtuoso equilibrio, la vocación y la vida, de forma tal que al serle arrebatada, como ese flecha que se arroja y penetra con su feroz mensaje, la muerte se convierte en "una vida vivida", como decía Borges.

 

Nada más triste y verdaderamente dramático que transitar por el sendero equivocado y observar paisajes que no nos interesan, ni nos emocionan y apenas nos distraen. El tiempo es un juez inapelable y el pasado viernes dictó su sentencia. En el caso del acierto, como lo fue en nuestro evocado, puede conducirnos a la cúspide de una montaña y aún cuando en camino es zigzagueante y llevarnos a extravíos transitorios, luego se corrige.

 

II - Desde sus primeros años se fue vinculando a la cultura, al menos en la lectura y en el teatro, pero no todos los tiempos fueron prósperos para ello. Estas manifestaciones están derechamente vinculadas a la vida política de una sociedad y en nuestro caso fueron más los tiempos oscuros que las liberalidades que son campo para la creación.

 

De mi referencia, recuerdo esa empresa épica de "Teatro llanura" que no debe tener acta de nacimiento, pero que su primera presentación fue nada menos que en la sala Marechal del Teatro Municipal con "Woyzeck" de Georg Buchner, en octubre de 1973, a poco de volver la democracia. Vinieron tiempos de tempestades y remontando todas las cuestas, como se podía, los pocos quijotes vocacionales siguieron adelante y montaron "Ubú Rey" de Alfred Jarry, "El Oso" y "El Aniversario" de Antón Chejov, "Camaralenta" de Eduardo Pavlovsky, "Escorial" de Michel de Ghelderode, y "El Jorobadito" en versión de la obra de Roberto Arlt.

 

Ya en tiempos más venturosos, al menos con posibilidad de crear, si bien el teatro es "a puro pulmón", en agosto del '88 se estrenó "El clásico binomio" de Rafael Bruza y Jorge Ricci, con dirección de Mauricio Kartún. Más adelante "Actores de provincia" de Ricci, y "El cruce de la Pampa" de Bruza. Toda esta obra reconoce un mentor y operador; Jorge Ricci que desde el lejano '73 se mantuvo con el mismo impulso y vocación.

 

Tanto como actor como dramaturgo, en esos años, con su fino humor y sus lances de doble filo, desafiaba a la dictadura.

 

III - Si bien le conocía de antes, nuestra relación viene de los primeros días de la restauración de la democracia donde compartimos funciones en la normalización de la Universidad Nacional del Litoral.

 

El despertar de la democracia nos abría un panorama inmenso para poder realizar todo aquello que entre nosotros habíamos discutido y todo por lo que, cada uno desde su lugar, bregamos.

 

A poco de andar, Jorge congregó a hombres y mujeres de los distintos géneros -teatro, literatura, cine, plástica y otras expresiones menos formales- encabezando una suerte de renacimiento cultural teniendo una sombra que de alguna forma perseguía esa empresa: esa década floreciente hasta el '66 donde la Universidad era faro de referencia en toda una vasta región. Solo basta nombrar aquel "Instituto de Cine" o "Extensión universitaria".

 

Aquellos artistas e intelectuales de los 60 y 70, lo mismo que los más jóvenes, encontraban un interlocutor en Jorge que no pedía otro requisito que la aptitud y destreza. Esa reunión generó una amalgama próspera donde la experiencia se prolongaba y multiplicaba en los jóvenes que llegaban motorizados por sus inquietudes, pero, y por sobre todo, en un ambiente generoso.

 

Si bien Jorge se sintió convocado por el discurso de Raúl Alfonsín, su compromiso político surcaba los estancos y a veces caprichosos compartimentos de la política partidaria. Atravesaba distintas barreras ideológicas y llegaba a un punto en donde varias confluyen y a partir de ese resquicio armaba algo. Algo es un ámbito de creación.

 

Titular de una personalidad afable, con voz pausada y tono bajo, casi como hablando en confidencia, posibilitó que en su alrededor se integraran todas las expresiones. Los años de sopor de la dictadura y el fulgor de la recuperación de la Democracia encontraron en la Secretaría de cultura de la UNL el marco para la creación.

 

En poco tiempo, ese recuerdo de los mayores y las ambiciones de las nuevas generaciones, volvieron a hacer brillar la antorcha que lleva el efebo universitario y Jorge fue por todos reconocido, aún su poca predisposición para el reconocimiento y hasta su hosquedad por la galantería.

 

Naturalmente se fueron creando espacios y talleres por doquier y de las más variadas disciplinas. "Extensión Universitaria", sea como departamento o dirección, era el canal dinámico para que la producción de esa verdadera usina llegue a la comunidad y una de sus manifestaciones fue la publicación de trabajos. Las minervas no descansaban y la producción circulaba de mano en mano, también llegaron los manuales de cátedra para dar identidad y presencia en donde el sello de la UNL tiene uno de los catálogos más completos.

 

El ambiente de la cultura tiene sus complejidades con personajes dotados de particular talento, otros con fantasía de estrellas, algunos con marcado egocentrismo y muchos otros con talentos solapados; en ese ámbito se supo desempeñar casi de manera inapreciable para que todos tengan su lugar y por ello mismo se lo reconoció naturalmente.

 

IV - Entre los perfiles de su rica personalidad, desplegaba con elevado señorío y calidez, la conversación. Siempre había motivo para ello y cuando el interlocutor lo ameritaba, la medida del tiempo se disipaba.

 

Siempre teníamos un motivo para charlar, que encontraba la causa en una cuestión de la gestión. Pero que luego continuábamos por los pasillos, trepando algunas de las escaleras, en los despachos y en el amplio hall. Alguna vez el intendente de la Universidad, ya muy de noche, cordialmente nos invitaba a desalojar el edificio y bajo al imponente marco de ingreso, custodiados por esas dos pesadas farolas, seguíamos el coloquio. Era común que llegue la referencia, en algún punto de la palique, de Borges, de Saer o de su admirado Piazzolla, si bien nunca oculté mi preferencia por Pugliese. No faltaban las anécdotas, casi siempre risueñas, que llegaban en el momento preciso.

 

No dejaba de tomar posición, pero con el estilo de la amplitud de criterio para que su contertulio se sienta escuchado y sostenido es argumento firmes y convincentes.

 

Fino cultor de la amistad, en una rápida ojeada de su inventario, lo conformaban tanto los colegas de la cultura como algunos clubmans, noctámbulos bohemios, vengadores de nobles causas, bribones en ciernes, chamuyeros de amores rápidos y otras layas. Todos encontraron en él una mano tendida y una historia.

 

V - La etimología del término vocación viene de la acción de llamar; es la inspiración de llamar a algún estado, a una tarea específica, a una acción determinada. Es una voz interior que mueve el espíritu para dirigirse en un sentido, hacia un horizonte inmediato o un tanto más lejano. Es la voz que llama a tareas nobles y elevadas. Es esa situación casi natural que tenía Jorge, pero que cultivaba en todo momento y sin descanso, sin reconocer mansamente esas eventualidades que surgen y encuentran profetas que elevan discursos alambicados en su defensa y llevan a la confusión.

 

VI - Esa noche de viernes, todo estaba dispuesto para poder celebrar el primer acto público de cultura en muchos meses. Sería la apertura, en nuevo formato, condicionado por la pandemia, del anfiteatro "Juan de Garay". Gestor de esta puesta era su hijo, que es privilegiado discípulo y por supuesto que estaba entre los invitados. La gente se confundía entre los operarios que aprestaban los últimos detalles y apresuraban sus movimientos. Entre ellos, y como un vecino más, haciendo gala de su paso cansino, avanzaba Jorge cuando sin que nadie lo pueda imaginar, con el marco imponente del coliseo, la Sigilosa cumplió su obra con luctuosa perfección, tan brutal como instantánea.

 

Jorge supo amalgamar, en virtuoso equilibrio, la vocación y la vida, de forma tal que al serle arrebatada, como ese flecha que se arroja y penetra con su feroz mensaje, la muerte se convierte en "una vida vivida", como decía Borges.

Entre los perfiles de su rica personalidad, desplegaba con elevado señorío y calidez, la conversación. Siempre había motivo para ello y cuando el interlocutor lo ameritaba, la medida del tiempo se disipaba.

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