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Domingo 18.07.2021 - Última actualización - 18:52
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Por Claudio H. Sánchez

A la Luna con Tintín

En 1969 Hergé publicó un dibujo de Tintín y sus amigos dándoles la bienvenida a Neil Armstrong y Edwin Aldrin en la superficie de la Luna. Ponía así punto final a la aventura imaginada casi veinte años antes. Crédito: ArchivoEn 1969 Hergé publicó un dibujo de Tintín y sus amigos dándoles la bienvenida a Neil Armstrong y Edwin Aldrin en la superficie de la Luna. Ponía así punto final a la aventura imaginada casi veinte años antes.
Crédito: Archivo

En 1969 Hergé publicó un dibujo de Tintín y sus amigos dándoles la bienvenida a Neil Armstrong y Edwin Aldrin en la superficie de la Luna. Ponía así punto final a la aventura imaginada casi veinte años antes. Crédito: Archivo

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Por Claudio H. Sánchez A la Luna con Tintín

Claudio H. Sánchez (*)

 

Mucho antes de que el hombre llegara efectivamente a la Luna en julio de 1969 (hace ahora cincuenta y dos años) ya habíamos estado ahí en la imaginación de autores como Cyrano de Bergerac, Edgar Allan Poe, Julio Verne y H. G. Wells. Y, en particular, Georges Remi, el historietista belga creador, con el seudónimo de Hergé, de Las aventuras de Tintín, uno de los títulos más representativos del comic europeo.

 

Entre 1950 y 1954 se publicaron "Objetivo: la Luna" y "Aterrizaje en la Luna", dos historietas en las que Tintín y sus amigos viajan a la Luna en una expedición organizada por el Reino de Syldavia, un país imaginario ubicado en la región de los Balcanes que ya había sido escenario de alguna otra aventura de Tintín.

 

La obra de Hergé se caracteriza por el cuidado y precisión en los detalles. Cuando tenía que dibujar una ciudad extranjera, por ejemplo, averiguaba el estilo de las calles, el tipo de negocios y los modelos de autos que circulaban por ella para hacer una representación lo más realista posible. Este cuidado en los detalles se observa especialmente en su relato sobre el viaje a la Luna, por la cantidad de datos científicos involucrados. En un pasaje de "Objetivo: la Luna" uno de los protagonistas les explica a Tintín y el Capitán Haddock cómo funciona un reactor nuclear. El personaje describe correctamente la reacción en cadena, menciona los distintos tipos de uranio, el papel del grafito y el cadmio en la operación y control del reactor y la formación de plutonio como subproducto de la reacción. Toda esta información no se encontraba en los manuales escolares en 1950 por lo que Hergé debió consultar textos más avanzados y recurrir al asesoramiento de expertos como su amigo, el científico y divulgador francés Bernard Heuvelmans, que colaboró en la redacción del guion.

 

La aventura lunar de Tintín comienza cuando el profesor Tornasol es convocado para conducir la sección de astronáutica del Instituto de Investigaciones Atómicas de Syldavia con el objetivo de construir un cohete capaz de llegar a la Luna.

 

El principal aporte de Tornasol al programa espacial syldavo es el desarrollo de un motor a propulsión nuclear, que él compara con una bomba atómica que "estalla lentamente" de modo de liberar la energía en forma gradual e impulsar así el cohete.

 

La idea de usar la energía nuclear para propulsar un avión o un cohete ya la habían pensado los técnicos y científicos del Proyecto Manhattan que trabajaron en el diseño y construcción de las primeras bombas atómicas durante la Segunda Guerra Mundial. El principal problema con un motor de ese tipo es que liberaría a la atmósfera grandes cantidades de residuos radioactivos. Por eso el profesor equipa a su cohete con dos motores: uno convencional, que se usaría en las etapas de despegue y aterrizaje; y su motor nuclear, que se activaría en el espacio exterior, donde los residuos radioactivos no representarían un problema.

 

Al comparar el viaje imaginado por Hergé con el de las misiones Apolo aparecen inmediatamente dos grandes diferencias. Por un lado, la nave de Tintín dispone de un sistema de gravedad artificial que les permite a los tripulantes moverse y caminar normalmente como si estuvieran en tierra firme. Los astronautas de las Apolo, por el contrario, flotaban libremente dentro de la nave en condiciones de ingravidez. Por otra parte, Tintín y sus amigos recorren la distancia de la Tierra a la Luna en unas cuatro horas, contra los aproximadamente cuatro días que tardaban las misiones Apolo. Ambas diferencias están científicamente relacionadas.

 

Es posible simular los efectos de la gravedad manteniendo la nave continuamente acelerada. Efectivamente, cuando el auto en que viajamos acelera, nos sentimos presionados contra el respaldo del asiento. De la misma manera, una nave que acelera verticalmente presiona a sus tripulantes contra el piso, como lo haría la fuerza de gravedad. Este es el sistema ideado por el profesor Tornasol para dotar a su nave de gravedad artificial. Sabemos que es así porque en un par de ocasiones en que deja de funcionar el motor nuclear (por error o para realizar alguna maniobra) los tripulantes comienzan a flotar dentro de la nave. Y en una de esas ocasiones el profesor explica cómo funciona su sistema de gravedad artificial.

 

Lógicamente, una nave que acelera continuamente alcanza velocidades mucho mayores a las que el cohete Saturno V imprimía a las naves Apolo. Por eso pueden llegar a la Luna en apenas cuatro horas.

 

Varias veces a lo largo de la travesía el centro de control de la misión informa a los viajeros su posición, velocidad y tiempo de viaje. En todos estos casos los datos informados son consistentes con los correspondientes a una nave que mantiene la aceleración necesaria para simular la gravedad terrestre.

 

Por ejemplo, en la página 56 de "Aterrizaje en la Luna", durante el viaje de regreso, el centro de control informa que la nave se encuentra a 80.000 kilómetros de la Tierra y que llegará a destino en poco más de una hora. Puede calcularse que un objeto que frena con una aceleración equivalente a la gravedad terrestre recorre 80.000 kilómetros hasta detenerse en aproximadamente una hora y seis minutos.

 

En 1969 Hergé publicó un dibujo de Tintín y sus amigos dándoles la bienvenida a Neil Armstrong y Edwin Aldrin en la superficie de la Luna. Ponía así punto final a la aventura imaginada casi veinte años antes. Murió en 1983 en su casa de Woluwe-Saint-Lambert, cerca de Bruselas, a los 75 años.

 

(*) Docente y divulgador científico

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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