La fotógrafa santafesina Inés Garbarino suele moverse entre escenarios muy distintos. En Santa Fe se la puede encontrar al borde de una cancha, siguiendo una jugada de rugby o fútbol —muchas veces en coberturas para el Club Atlético Unión—, o junto en la Setúbal capturando saltos y navegadas de kitesurf. También fotografía arquitectura, recitales, eventos y escenas familiares, y desde hace un tiempo dicta talleres y capacitaciones. Pero hay otro territorio que la convoca con la misma intensidad: el de los viajes y los paisajes naturales.


“Hace poco decidí dedicarme de lleno a la fotografía profesional, que es lo que me apasiona. Intento transformar lo cotidiano en algo mágico. Mi mirada se nutre de la búsqueda constante de la belleza en los detalles más simples. Ya sea capturando la arquitectura a través de mi proyecto Punto de Fuga, la adrenalina del deporte en la cancha, o las experiencias en viajes en safari de los sentidos, el objetivo es siempre el mismo: encontrar ese instante donde la realidad se vuelve arte”, dice.

Esa búsqueda la llevó recientemente hasta Islandia, el país insular situado en el extremo norte del océano Atlántico, cerca del círculo polar ártico. Allí, entre campos de lava, glaciares, géiseres y cascadas, Garbarino vivió una experiencia que resume como la crónica de un sueño.

El viaje comenzó antes. “Fue una travesía por escenarios surrealistas”, asegura. “Comenzamos en Escocia, alquilando un motorhome y dimos toda la vuelta, llegamos a las Tierras Altas y la Isla de Skye. Caminar por ahí es literalmente sentirse dentro de un cuento; Edimburgo es una locura arquitectónica y los paisajes te transportan a series como Outlander o Game of Thrones”.

Desde allí cruzó hacia Islandia, donde la ruta fue guiando el recorrido a través de volcanes, glaciares y rutas abiertas. “Pero la magia real llegó en Islandia. Fue vivir un sueño del que no quería despertar. El viaje surgió de esa pasión que tengo por viajar, que para mí es la mejor inversión de vida, y de la búsqueda de paisajes que te dejan sin aliento”.

Uno de los objetivos era claro: ver las auroras boreales. “El baile de las luces del cielo fue una experiencia onírica”, resumió la fotógrafa.

Las llamadas luces del norte iluminan el cielo nocturno con bandas ondulantes de luz verde, aunque a veces aparecen tonos violetas o rojizos. El fenómeno se produce cuando partículas cargadas provenientes del Sol chocan con los gases de la atmósfera terrestre cerca de los polos. En las noches despejadas del invierno islandés, lejos de la contaminación lumínica, esas luces forman arcos y espirales que atraviesan el cielo oscuro.

Pero observarlas no es automático. “Ver auroras boreales no es tan fácil como lo pintan; no es algo que ‘está ahí’ siempre. Tienen que alinearse muchos factores, pero cuando sucede, es fabuloso. Las vimos cinco días, pero particularmente en dos, las luces empezaron a bailar y yo no pude evitar que se me cayeran las lágrimas y algún llanto de emoción. Fue ver mi mayor sueño cumpliéndose justo sobre mis ojos”, relató Garbarino.

El momento más intenso llegó casi al final del viaje, en la capital islandesa. “Lo más curioso es que las vimos en Reikiavik, al final del camino. Después de haber dado la vuelta a todo el país en camper buscando cielos oscuros, la intensidad de las auroras, en especial ese día, fue tan fuerte que solo nos alejamos a un faro que está en la ciudad y las auroras bailaban con una fuerza increíble. En ese momento, solté la cámara, grabé algo rápido con el celu para mis amigos y me dediqué a sentir. Estaba viviendo un sueño y era real, me sentía como Sean O'Connell en la película de La vida secreta de Walter Mitty”, se comparó la fotógrafa.

Los tips fotográficos
Registrar ese fenómeno con la cámara cuando el kp no está alto tiene su técnica "Para lograr un buen registro fotográfico de las auroras, hay que entender que no siempre son tan evidentes al ojo humano. En términos técnicos, los pilares fueron:

Paciencia y condiciones: monitorear el KP alto (actividad geomagnética), buscar cielos despejados y huir de las luces de la ciudad.

Configuración de cámara: usar un ISO alto, el diafragma lo más abierto posible (f/2.8 o similar) y una exposición prolongada (algunos segundos con el obturador abierto) para dejar entrar la luz necesaria.

Modo nocturno en el celu y trípode para evitar el movimiento de nuestra mano (entre el frío y la emoción) aunque cuando la aurora es muy potente y "danza", con sacar en modo automático ya es suficiente”.

La isla decide
El recorrido por la isla también tuvo sus propias reglas. “Al final del día, Islandia te enseña que no sos vos quien maneja el itinerario, sino la isla -dijo Garbarino-. Podés salir con un plan, pero si el viento o la nieve decide otra cosa, te toca recalcular. Y ahí está la magia: en esa libertad total que te da la camper, de frenar donde el paisaje te vuele la cabeza o de avanzar para dormir en algún camping con una ducha caliente después de un día intenso”.

La meteorología, cuenta la fotógrafa, obliga a estar atento. “El clima es totalmente impredecible. Por lo menos en esta época, aunque técnicamente sea primavera, nos tocaron temporales de nieve y viento que te sacuden los planes. Hay que estar pegado a las apps de clima y rutas porque el estado del camino cambia en un segundo”.

Aun así, el viaje dejó una impresión difícil de resumir. “Pero vale cada kilómetro. Es un lugar surrealista: desde los glaciares y volcanes hasta las playas de arena negra, los acantilados y esa falla alucinante que divide las placas tectónicas. Te perdés entre fiordos, lagos congelados, aves de todo tipo y esas casitas o iglesias que aparecen solas en medio de la montaña o frente al mar -describió Garbarino-. Y mención especial para los caballos islandeses, que son un sueño. Me vuelvo con la cámara llena y la sensación de que, a pesar de los temporales, no hay nada como ir a tu propio ritmo por la ruta descubriendo que cada paisaje es uno más lindo que el otro, majestuosa Islandia”.

Entre las lecciones del viaje, hay una que Garbarino destaca especialmente. “Algo que aprendí en este viaje, especialmente con las auroras, es la importancia de saber cuándo soltar la cámara. Como fotógrafa, a veces nos obsesionamos con el encuadre perfecto, pero hay momentos que son tan mágicos que la mejor captura es la que se guarda en la retina, me dediqué a observar. La conexión con el momento es lo que después le da alma a tu trabajo”.

En su bitácora de viajes recientes aparecen dos destinos que la marcaron: “Últimamente, mis ojos y mi lente estuvieron puestos en la mística de Escocia (sus castillos y valles) y en la naturaleza salvaje de Islandia (glaciares, cascadas y volcanes)”.

Pero la lista sigue creciendo. “Mi alma viajera siempre quiere más. En la mira tengo: la inmensidad blanca de la Antártida. Explorar más de los países nórdicos. El corazón de África: Kenia, Tanzania y Zanzíbar”. Allá irá.






