El jueves 15 de enero de 1976, El Litoral plasmó en sus páginas una información que, de haber sido cierta, habría alterado todavía más el ya caldeado clima político argentino: José López Rega, supuestamente, había muerto en España.

Fue en enero de 1976. El Litoral publicó, a partir de un cable de NA, la supuesta muerte del dirigente en España. La noticia era falsa, pero reflejó rumores, operaciones y el oscuro clima político previo al golpe militar.

El jueves 15 de enero de 1976, El Litoral plasmó en sus páginas una información que, de haber sido cierta, habría alterado todavía más el ya caldeado clima político argentino: José López Rega, supuestamente, había muerto en España.
El dato, reproducido a partir de un cable de la agencia Noticias Argentinas (NA), citaba declaraciones del dirigente ultranacionalista Guillermo Patricio Kelly y hablaba de un fallecimiento ocurrido en dependencias de la policía de seguridad española.
En un país convulsionado, sin gobierno efectivo y con el golpe militar en el horizonte cercano, la noticia llegó con sensación de cierre: el hombre más odiado del último peronismo parecía haber desaparecido. Pero la información del que se definía como "francotirador nacionalista independiente" no era cierta.

La supuesta muerte del ex ministro de Bienestar Social, creador y articulador de la Triple A, fue una noticia falsa, una pieza más del rompecabezas de rumores, operaciones y desinformación que marcaron los meses finales de la democracia previa al 24 de marzo de 1976.
Un dato: Kelly, fallecido en 2005, volvió a ser noticia nacional a mediados de 2023, cuando el politólogo Franco Rinaldi lo citó en unas polémicas declaraciones que lo obligaron a declinar su candidatura a legislador.
El texto publicado por El Litoral reproducía una conferencia de prensa ofrecida por Guillermo Patricio Kelly, controvertido ex dirigente de la Alianza Libertadora Nacionalista, figura persistente en los márgenes del poder.

Kelly afirmaba contar con una fuente del gobierno español "que le merecía absoluta confianza" y sostenía que López Rega había muerto de un paro cardíaco entre el 20 y el 24 de diciembre del año anterior, 1975.
Según su versión, el ex ministro había sido citado "cordialmente" por la policía de seguridad española para ser interrogado bajo sospecha de espionaje, acusado de informar a la China comunista sobre las Fuerzas Armadas de España. Hay que recordar que eran tiempos de la Guerra Fría.
Kelly admitía no tener fotografías del cadáver, pero afirmaba creer "en un ciento por ciento" en la muerte de López Rega. Su frase más brutal fue: "ojalá no lo estuviera porque entonces podría matarlo yo mismo, eliminando la significación del proceso y el hecho de la descomposición del país".

Para comprender el impacto de esa falsa noticia hay que situarse en el contexto. Enero de 1976 fue un mes sin certezas ni autoridad real. Isabel Perón permanecía en la presidencia, pero el poder político estaba deshecho.
Las Fuerzas Armadas ya actuaban como un gobierno en las sombras y la violencia política atravesaba todos los niveles de la vida social.
López Rega, prófugo desde julio de 1975, se había convertido en un símbolo del terror paraestatal. Su nombre estaba asociado a secuestros, asesinatos, listas negras y al funcionamiento aceitado de la Triple A.

Su mera existencia, aun en el exilio, representaba una amenaza: el "brujo" sabía demasiado y había tejido vínculos turbios con el aparato represivo.
En ese escenario, la noticia de su "muerte" operaba como una posible herramienta política. No era lo mismo un López Rega vivo y potencialmente declarable, que uno muerto y sepultado en el silencio diplomático europeo.
La supuesta muerte de López Rega debe leerse como parte de un clima informativo donde el rumor se confundía con la noticia, y donde muchas veces se difundía lo que resultaba verosímil o funcional, más que lo comprobable.

En las declaraciones de Kelly había episodios difíciles de verificar: encuentros secretos en aeropuertos, cartas atribuidas a Perón con "confesiones inesperadas", telegramas a Videla y denuncias de espionaje. Todo era posible en un país donde el Estado ya había perdido el monopolio de la verdad.
Con el paso de los meses, la noticia se desvaneció. López Rega seguía vivo. Continuó su periplo por Europa y luego por América Latina, protegido por redes políticas y diplomáticas que le permitieron eludir durante años a la Justicia argentina.
La falsa noticia quedó flotando como tantas otras de aquellos meses finales de 1975 y comienzos de 1976: versiones que nadie desmentía del todo, pero que tampoco se confirmaban.

La historia real es conocida. José López Rega murió el 9 de junio de 1989, en el Hospital Naval de Buenos Aires. Tenía 72 años y se encontraba detenido, tras haber sido extraditado desde Estados Unidos en 1986.
Estaba procesado por asociación ilícita y por su responsabilidad directa en los crímenes de la Triple A, pero murió sin condena firme, amparado por los tiempos lentos de la Justicia.
Su muerte fue silenciosa, burocrática. No hubo titulares demasiado sensacionalistas. Era el final de uno de los hombres más siniestros de la historia argentina, pero el tiempo en que había ejercido poder había quedado ya muy atrás.