La vida de Jorge Bergoglio se apagó el lunes 21 de abril de 2025 en el Vaticano, pero sus últimos días dejaron una huella profunda, marcada por la sencillez, la entrega y una voluntad intacta de estar cerca de la gente hasta el final. Este martes, a un año de aquella emotiva circunstancia, vale la pena recordar, cronología de por medio, cómo fueron aquellos días.
Francisco y su adiós más humano: los días finales que conmovieron al mundo
En sus últimos días, el Sumo Pontífice mantuvo su cercanía con los fieles, protagonizó la Pascua en Roma y dejó gestos y palabras que hoy resuenan como una despedida.

Todo había comenzado en febrero, cuando el Sumo Pontífice fue internado en el Hospital Gemelli de Roma por una neumonía bilateral. Durante 38 días, atravesó un proceso complejo, con una evolución lenta que mantuvo en vilo al mundo católico.
A mediados de marzo, recibió el alta y regresó a la Casa Santa Marta, su residencia en el Vaticano, donde inició una recuperación que, con el paso de los días, evidenciaba fragilidad.
El sábado 19 de abril, ya en la antesala de la Pascua, Francisco permaneció en reposo. Su entorno describía un estado de cansancio, aunque estable. A pesar de ello, en su interior persistía la decisión de no ausentarse de una de las celebraciones más importantes del calendario cristiano.
La última Pascua
El domingo 20 de abril, en la Plaza San Pedro, protagonizó lo que sería su última aparición pública. Ante miles de fieles, impartió la tradicional bendición “Urbi et Orbi” y luego recorrió la plaza en papamóvil. Fue un momento cargado de simbolismo.
Antes de salir, había consultado a su enfermero si sería capaz de hacerlo. La escena, ahora conocida, adquiere un valor especial: no era solo una duda física, sino la conciencia de un esfuerzo final.

Durante ese recorrido, Francisco volvió a mostrarse cercano, saludando, bendiciendo y dejando esa imagen que recorrería el mundo. Horas más tarde, ya en la intimidad del Vaticano, compartió una cena tranquila y se retiró a descansar. Allí pronunció una frase que hoy resuena como despedida: agradeció haber podido regresar a la plaza, en contacto con la gente.
Para siempre
La madrugada del lunes 21 marcó el desenlace. Alrededor de las 5:30, comenzaron los síntomas graves en su residencia de Casa Santa Marta. Fue asistido de inmediato por su equipo médico. Poco antes de perder la conciencia, tuvo un último gesto: un saludo con la mano a su enfermero, una señal simple y profundamente humana.
Cerca de las 6:30, sufrió un derrame cerebral que lo llevó a entrar en coma. Finalmente, a las 7:35, se confirmó su fallecimiento. El Papa que había llegado “del fin del mundo” cerraba así una etapa histórica para la Iglesia.
Sus últimos días condensan el sentido de su pontificado: cercanía, humildad y compromiso. Incluso en medio del deterioro físico, eligió estar presente, sostener su misión y despedirse sin solemnidades excesivas, con gestos cotidianos y palabras sencillas.

La imagen final de Francisco no es la de la enfermedad, sino la de aquel domingo de Pascua, entre la multitud, llevando consuelo y fe. Una despedida silenciosa, pero profundamente elocuente.








