La carrera mundial por la inteligencia artificial empezó discutiéndose en chips y algoritmos, pero terminó chocando con algo bastante más básico: hacen falta enormes cantidades de electricidad, terrenos y centros de datos, y cada vez menos comunidades estadounidenses quieren tenerlos cerca.
La carrera por los data centers para la IA llegó al G20 y se convirtió en un problema electoral en EE.UU
La expansión de los centros de datos destinados al sostenimiento de la inteligencia artificial genera tensiones en Estados Unidos por su alto consumo energético y su impacto en comunidades locales. La discusión llegó al G20, impulsando un debate crucial en la política internacional, con presión de los magnates tecnológicos para su desarrollo.

El problema llegó esta semana al G20. En una participación virtual ante una sesión sobre tecnologías emergentes realizada en Carolina del Norte, Elon Musk advirtió que la expansión de la inteligencia artificial podría enfrentar un faltante energético de 15 gigavatios ya en 2027, porque la producción de chips está creciendo bastante más rápido que la capacidad eléctrica necesaria para ponerlos en funcionamiento.

Según el empresario, la fabricación de procesadores para IA aumenta a un ritmo de entre 40% y 50% anual, mientras que la disponibilidad de energía fuera de China sólo crece entre 10% y 20%. La consecuencia altera la lógica de la competencia tecnológica: puede llegar un momento en que conseguir electricidad sea más difícil que conseguir semiconductores, ya que los chips, al final, tienen que enchufarse en algún lado.
Del software a la electricidad
Los grandes modelos de inteligencia artificial funcionan sobre centros de datos que concentran miles de servidores y requieren energía tanto para procesar información como para refrigerar permanentemente los equipos.
Musk no fue el único en advertir sobre el cuello de botella. Mark Zuckerberg también intervino ante el G20 y señaló que la construcción de nuevas instalaciones podría demandar cientos de miles, incluso millones, de trabajadores especializados. Meta, dijo, ya encuentra dificultades para conseguir suficiente mano de obra para los proyectos que necesita.

La disputa tecnológica se amplió así hacia la economía física. Para competir en IA ya no alcanza con diseñar el mejor modelo o fabricar el procesador más rápido: hacen falta tierra, centrales eléctricas, conexiones a la red, agua, sistemas de refrigeración, trabajadores y permisos públicos.
Musk llevó esa lógica un paso más allá: los países capaces de expandir rápidamente su generación eléctrica tendrán una ventaja para atraer las inversiones asociadas a la inteligencia artificial. La carrera por la IA empieza también a parecerse a una carrera por la energía.
Estados Unidos encontró resistencia en casa
El desafío para Washington es que buena parte de la población de los Estados Unidos no parece dispuesta a aceptar el costo territorial de esa competencia.
El rechazo a los centros de datos cambió rápidamente de escala. Una encuesta de Gallup realizada en marzo mostró que el 71% de los consultados se oponía a tener estas instalaciones en sus comunidades, mientras que un relevamiento de The Economist/YouGov de finales de agosto ubicó la resistencia en 63%.

Las razones son concretas. El 75% de quienes manifestaron rechazo en otra encuesta mencionó como preocupación principal el consumo eléctrico, las facturas de agua y el tránsito; sólo el 11% señaló directamente a la inteligencia artificial.
La electricidad es el punto más sensible. El Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley calculó que los centros de datos consumían en 2023 alrededor del 4,4% de toda la energía eléctrica estadounidense y que podrían representar entre el 9,5% y el 15,3% en 2030.
Y los gobiernos locales empezaron a reaccionar. Durante los primeros ocho meses de 2026, los condados estadounidenses analizaron 409 moratorias o restricciones similares, casi siete veces más que durante todo el año anterior. Texas ordenó auditar los pedidos eléctricos de estas instalaciones; Illinois suspendió solicitudes de beneficios fiscales y Pensilvania otorgó mayor poder de veto a las comunidades.
Trump mete a China en la discusión
Donald Trump decidió transformar esa resistencia local en una cuestión de competencia estratégica.
“La única razón por la que las comunidades de todo Estados Unidos no deberían querer centros de datos es que quieran terminar siendo atrasadas y pobres”, escribió en Truth Social. Los calificó como “la gallina de los huevos de oro” y sostuvo que las localidades que permitan su instalación tendrán más empleo e impuestos más bajos.

Después introdujo al rival geopolítico. “China no podría estar más feliz” con la oposición estadounidense a esos proyectos, afirmó.
La comparación tiene detrás una carrera real. Estados Unidos alberga unos 4.000 centros de datos y Amazon, Microsoft, Google, Meta y Oracle proyectan invertir conjuntamente más de US$ 750.000 millones durante 2026 en este tipo de infraestructura. China, mientras tanto, busca casi duplicar su capacidad durante los próximos cinco años.
Existieron además denuncias sobre intentos chinos de alimentar campañas contra los centros de datos. OpenAI informó que detectó generación de imágenes destinadas a socavar su aceptación y X dijo haber identificado una red de bots vinculada a China. Sin embargo, la propia investigación citada por The Economist concluyó que ese contenido tuvo “poca o ninguna interacción observable” entre estadounidenses.
La resistencia doméstica, por lo tanto, tiene raíces mucho más cercanas: facturas, ruido, recursos naturales y temor a que la infraestructura necesaria para la inteligencia artificial modifique la vida cotidiana sin repartir de manera clara sus beneficios.








