El Bella 1 llevaba casi dos semanas siendo seguido por un guardacostas estadounidense cuando su tripulación recurrió a una maniobra tan rudimentaria como audaz: pintar una bandera rusa en el casco y rebautizar al envejecido petrolero como Marinera.

Tras casi tres semanas de persecución a través del Atlántico, fuerzas especiales de Estados Unidos abordaron la nave cerca de Islandia, en una operación que buscó enviar un mensaje contundente a las flotas clandestinas que operan al margen de las sanciones internacionales.

El Bella 1 llevaba casi dos semanas siendo seguido por un guardacostas estadounidense cuando su tripulación recurrió a una maniobra tan rudimentaria como audaz: pintar una bandera rusa en el casco y rebautizar al envejecido petrolero como Marinera.
El gesto no fue casual. Moscú elevó de inmediato una protesta diplomática a Washington, reclamando el cese de la persecución.
Era la víspera de Año Nuevo y el buque, sancionado por integrar una red global de transporte ilícito de petróleo, navegaba hacia el norte del Atlántico, con posible destino a aguas rusas. La administración de Donald Trump rechazó el reclamo ruso, calificó la nueva bandera como ilegítima y consideró al petrolero “apátrida”. La persecución continuó.

El episodio dejó en evidencia una práctica cada vez más común entre las denominadas “flotas fantasma”: cambios de identidad, banderas falsas y apagado deliberado de sistemas de rastreo para eludir controles internacionales.
A medida que el petrolero avanzaba hacia aguas cercanas a Islandia, Estados Unidos comenzó a desplegar activos militares en el Reino Unido. Aviones de vigilancia, helicópteros de operaciones especiales y comandos SEAL de la Armada quedaron en alerta.
Finalmente, tras 18 días y casi 6.500 kilómetros de seguimiento, personal estadounidense descendió en rápel desde helicópteros y tomó el control del buque en aguas internacionales.
Aunque un submarino y un destructor rusos se encontraban en la zona, ambos se retiraron sin intervenir. Para Washington, la operación no solo buscó ejecutar una orden judicial, sino marcar un límite claro: cambiar de bandera en medio del océano no alcanza para escapar del alcance estadounidense.
Analistas militares señalaron que el prolongado seguimiento respondió a una decisión estratégica. “El mensaje es que estas embarcaciones no están seguras en ningún punto del planeta”, explicó el excomandante de la OTAN, James Stavridis.
El Bella 1 había sido sancionado en 2024 por el Departamento del Tesoro de EE.UU. y, según datos de la firma Kpler, había transportado crudo iraní y venezolano en reiteradas oportunidades. En esta ocasión, el buque se encontraba en lastre, sin petróleo a bordo, lo que refuerza la idea de que la incautación fue eminentemente política y disuasiva.

En el último mes, Estados Unidos capturó al menos cinco petroleros vinculados a Venezuela y persigue a más de una decena de buques sancionados. La ofensiva forma parte del “bloqueo total y completo” ordenado por Trump contra el comercio petrolero ilícito de países como Venezuela, Irán y Rusia.
“Permitir que un barco se convierta mágicamente en ruso en plena travesía hubiera sentado un precedente peligroso”, explicó el analista Joseph Webster, del Atlantic Council. Por ahora, el petrolero navega bajo control estadounidense y podría ser subastado en el futuro.
Con o sin crudo a bordo, la señal es inequívoca: la guerra contra las flotas clandestinas ya no reconoce fronteras marítimas.