Hay lugares que se construyen con trabajo. Otros, además, se construyen con alma. Y basta cruzar la puerta de El Almacencito para entender que ahí sucede algo más que reciclado de muebles.
El Almacencito: donde los muebles tienen una segunda vida
A 13 años de su inauguración, Maru Batllecasas celebró un nuevo aniversario rodeada de clientes y afectos. Entre vino, música y muebles cargados de historia, la emprendedora repasó el camino de un proyecto que nació desde una búsqueda personal y hoy se transformó en un espacio creativo y de encuentro.

El pasado fin de semana, el espacio creado por Maru Batllecasas celebró sus 13 años con un evento íntimo y cálido, fiel al espíritu del proyecto. Clientes de toda la vida, amigos, seguidores de redes sociales y personas que alguna vez pasaron por el taller se reunieron para compartir una noche distinta: hubo cata de vinos, música a cargo de un DJ de vinilos, algo rico para comer y, sobre todo, muchas charlas atravesadas por recuerdos, anécdotas e historias.
Porque si algo tiene El Almacencito, es historia. La de cada mueble que llega buscando una segunda oportunidad. Pero también la de cada persona que encuentra en ese espacio algo más.
Una búsqueda personal que cambió todo
“Todo comenzó con una búsqueda muy personal: la de encontrarme conmigo misma”, recuerda Maru.
Antes de dedicarse de lleno a este proyecto, junto a su hermana tenía tres locales comerciales de ropa y calzado. El trabajo funcionaba, pero había algo que no terminaba de encajar. La llegada de la maternidad terminó de cambiarle la perspectiva.

“Las dos fuimos mamás casi al mismo tiempo, cada una de dos hijos, y yo sentía que ese ritmo de trabajo me estaba haciendo perder momentos únicos de mis chicos. Quería vivir la maternidad de otra manera y, además, no me sentía plena con lo que hacía. No me identificaba”.
La decisión de cerrar esa etapa no fue sencilla, pero sí necesaria. Vendieron todo y cada una siguió su camino. En el caso de Maru, ese camino la llevó de vuelta a algo que siempre había estado presente: la necesidad de crear con las manos.
Había estudiado un tiempo en la escuela Mantovani, también diseño en Paraná, y ya venía experimentando con intervenciones en algunos muebles de sus propios negocios. Sin darse cuenta, estaba construyendo el comienzo de algo mucho más grande.

En ese inicio también hubo personas fundamentales. Entre ellas, su amiga Ari, quien la impulsó a mostrar lo que hacía cuando todavía todo era apenas una idea.
“Cuando hice mi primer mueble llamé a Ari y le dije que no sabía qué hacer con esto que me estaba pasando. Ella me dijo: ‘subilo al Facebook, mostralo’. Y así empezó todo”.
Las primeras fotos comenzaron a circular de manera muy simple, casi casera. Pero detrás de esas publicaciones había algo genuino que conectó rápidamente con la gente. Llegaron las primeras consultas, los primeros clientes y, sin planearlo demasiado, empezó a nacer El Almacencito.
Hoy, cada vez que recuerda esos comienzos, Maru también recuerda a su amiga, que ya no está, pero que sigue siendo parte esencial de esta historia.
El lugar donde los muebles vuelven a cobrar vida
Lo que empezó con un primer mueble restaurado fue creciendo lentamente, casi de manera orgánica. Primero como un proyecto personal, después como un pequeño emprendimiento y finalmente como un espacio consolidado dentro del mundo de la decoración y el reciclado de muebles en Santa Fe.

“Acá lo que hacemos son básicamente tres cosas. Vendemos decoración, compramos muebles antiguos los reciclamos y los vendemos y además tenemos un taller enorme y hermoso en donde reciclamos tus muebles a pedido”, cuenta Maru mientras recorre el lugar y señala muebles en proceso de restauración.
“Acá es el lugar en donde los muebles vuelven a cobrar vida. Como yo digo siempre, les damos una nueva oportunidad de lucir”.
La frase resume el espíritu de El Almacencito: rescatar objetos, devolverles valor y transformarlos sin perder la esencia de sus historias.
Aprender a crecer
Pero el crecimiento también trajo desafíos.
“Lo más desafiante fue aprender a transformar una pasión, un trabajo artesanal, manual y delicado, en un emprendimiento que también pudiera sostenerme económicamente”, explica.
Convertir lo artístico en una estructura capaz de sostenerse no siempre es fácil. Mucho menos cuando el trabajo tiene detrás tantas horas invisibles, detalles y dedicación artesanal. Sin embargo, Maru aprendió con el tiempo que crecer también implicaba dejar de hacerlo todo sola.
“Cuando El Almacencito empezó a crecer y también crecieron mis necesidades económicas, entendí que sola ya no podía. Ahí comenzó otro gran aprendizaje: pedir ayuda y formar equipo”.









