Por Bárbara Korol

Pongo un poco de música para que el lugar se llene de notas cordiales y endulcen mi ser. Me gustan los violines de Tchaikvosky alterando el acostumbrado silencio de mi hogar.

Por Bárbara Korol
Está anocheciendo. Unas nubes manchan el cielo con pesimismo y el aire comienza a tornarse desapacible. Termino de regar las plantas de la huerta -la rúcula esta preciosa y los últimos tomates de la época se ven rojizos y saludables- y voy a alimentar a mis perros y a mis gatos. Después de mimarlos un poco, decido ir a la cocina a preparar algo de comer. La tibieza de la sala contrasta con la fresca brisa que me estremecía en el jardín mientras cortaba unas rosas amarillas para alegrar la mesa. En la descolorida alacena busco una botella de merlot y me sirvo una copa de vino. Mezclo en el sartén unos vegetales y los hongos que encontré durante la tarde en el bosque, para hacer una omellette. El aroma deleita mis sentidos. Pongo un poco de música para que el lugar se llene de notas cordiales y endulcen mi ser. Me gustan los violines de Tchaikvosky alterando el acostumbrado silencio de mi hogar. Ceno tranquila, con una impresión placentera de bienestar al abrigo del calor que emana de la estufa, en esta noche lúgubre y misteriosa. Después de lavar la vajilla y ordenar las especias en la rústica repisa de madera, la energía eléctrica, de manera inquietante y repentina, comienza a tener matices fugaces e intermitentes. Las lámparas bajan de intensidad hasta agotar su brillo por unos segundos, para luego volver a encenderse. Desenchufo todos los artefactos de la casa, las cuerdas cesan y la monotonía avanza sobre espacios y rincones. Afuera se escucha el viento agitando ásperamente las hojas de los árboles y los perros aullando un dolor que desgarra las sombras. Unas gotas de agua sorprenden el mutismo de las placas de cinc. Me acomodo en la vieja mecedora de mimbre, que era de mi abuela, con un poco de fastidio porque es imposible leer con esta incandescencia fluctuante. Sin embargo, disfruto otra copa de vino y me voy sumergiendo lánguidamente en mi mundo interior y en mis recuerdos. Llueve… y pienso en él. En mi pecho aletean mil palomas y en mi vientre amanece la pasión mientras las horas se van desmigando con letargo, en el vaivén amoroso de mis pensamientos. Un ruido extraño me despierta de mis fantasías. El fragor de las ráfagas y el aguacero inclemente azotan los arbustos de maqui y los antiguos radales del patio. Escucho el golpeteo de los postigos de la ventana del altillo, que inexplicablemente olvidé cerrar. Todo el ambiente queda en penumbras. Un álgido temor recorre mis venas lastimándome como el filo de una daga. Un insólito sonido en el techo acelera mis latidos expectantes y el cristal que estalla abruptamente me alerta sobre un peligro inesperado y cruel. Mi respiración se torna esquiva. Sospecho casi con certeza que alguien esta asaltando mi íntima soledad para quebrantar brutalmente mi paz. Me levanto sigilosa del sillón y camino de memoria hacia la habitación. Debajo de la cama aguarda una escopeta calibre 16 que solo usé una vez. Sé que esta cargada, así que la tomo con cuidado y vuelvo lentamente al comedor. Me tiemblan las piernas y noto mis manos acalambradas de terror. Siento que la muerte se desliza en puntas de pie por los escalones de ciprés de la lustrosa escalera. En la oscuridad, imagino que tiene rostro masculino, una mirada gélida y estelar y la boca ávida de besos que roban la vida. Tengo el arma apoyada en la fragilidad de mi hombro apuntando al vacío, esperando lo desconocido. Las luces titilan otra vez y se apagan. Las tablas del piso parecen crujir ante el peso de un cuerpo ajeno y fatal. Comprendo que el miedo me asfixia despiadado y sutil. Mi corazón retumba con violento pavor debajo de mi piel. Me quedo ahí, como una estatua sacra, esbelta y herida, definiendo ese instante en el que el destino se vuelve indescifrable y letal. Me desespero, abrumada, adivinando el brillo espeluznante de una mirada que me penetra con atrevida ferocidad. Es él o yo. Mi dedo no puede, no debe vacilar en el gatillo. Un segundo… un parpadeo y disparo.
Pongo un poco de música para que el lugar se llene de notas cordiales y endulcen mi ser. Me gustan los violines de Tchaikvosky alterando el acostumbrado silencio de mi hogar.
Un insólito sonido en el techo acelera mis latidos expectantes y el cristal que estalla abruptamente me alerta sobre un peligro inesperado y cruel. Mi respiración se torna esquiva.