Claudio H. Sánchez (*)


Claudio H. Sánchez (*)
Francia, 1834. Los hermanos François y Joseph Blanc eran dos banqueros que operaban en la bolsa de Burdeos, unos 500 kilómetros al sudoeste de París. En esa época cada ciudad se regía por su propia hora local y por eso la bolsa de París cerraba algunos minutos antes que la de Burdeos. Eso dejaba un margen de tiempo para hacer inversiones seguras en Burdeos, conociendo las cotizaciones de cierre en París. Siempre, por supuesto, que la información de París pudiera llegar a tiempo a Burdeos. Para eso, los hermanos Blanc dirigieron su atención a la última tecnología de comunicaciones de la época: el telégrafo óptico.
Inventado a fines del siglo XVIII por el francés Claude Chappe, el telégrafo óptico consistía en una serie de torres, separadas unos diez kilómetros entre sí, y dispuestas a lo largo de la línea que separaba dos ciudades. En lo alto de cada torre había un sistema de brazos móviles que podían a adoptar distintas posiciones. Cada posición de los brazos representaba una letra, un número, o ciertas palabras y frases claves. Desde cada torre un vigía observaba los movimientos de los brazos de la torre más cercana y los reproducía para el operador de la torre que la seguía en la línea. Así, pasando de torre en torre, un mensaje podía recorrer cientos de kilómetros en pocos minutos. Si bien tuvo su máximo desarrollo en Francia, también hubo redes de telégrafo óptico en Inglaterra, Rusia, Alemania, España y Estados Unidos, entre otros países.
La red de telegrafía óptica francesa estaba reservada para uso del gobierno por lo que los hermanos Blanc sobornaron a un operador para poder usar la red en su provecho. Pero había otro problema: solamente los operadores de la primera y la última torre de la línea conocían en sistema de codificación. Los demás se limitaban a reproducir los movimientos de la torre que los precedía. Conocían, sin embargo, ciertas señales especiales. En particular, la señal de "error". Cada vez que el operador cometía un error en la transmisión de un mensaje, transmitía una señal específica que equivalía a "ignórese la señal anterior". Aleccionado por los Blanc, el operador sobornado trasmitía una señal convenida que indicaba el resultado del cierre de cotizaciones de la bolsa de París, seguida por la señal de error. Un vigía monitoreaba los movimientos de la torre más cercana a Burdeos. Cuando identificaba la señal de error, tomaba nota de la señal inmediatamente anterior, que indiciaba los resultados de la bolsa de París, e informaba esos resultados a los Blanc. Fue, de alguna manera, el primer caso de "hackeo" de una red de comunicaciones.
El truco fue descubierto en 1836 y los hermanos Blanc fueron encarcelados. Pero recuperaron su libertad rápidamente porque la interferencia en la red de telegrafía óptica no estaba tipificada como delito en el sistema penal francés.
Es posible que Alejandro Dumas se haya inspirado en este incidente para incluir un episodio similar en su novela "El conde de Montecristo", publicada en 1844. Como los hermanos Blanc, el protagonista soborna a un operador del telégrafo óptico para que trasmita una información falsa que hace fracasar las inversiones de uno de sus enemigos, arruina su reputación y lo lleva al suicidio.
El telégrafo óptico tuvo una vida útil relativamente corta porque a mediados del siglo XIX comenzó a ser reemplazado por el telégrafo Morse, más simple, más rápido y más práctico. Por ejemplo, podía funcionar de noche porque no dependía de las condiciones de visibilidad. Pero perdura en la memoria popular gracias a Alejandro Dumas y a su inmortal obra, "El conde de Montecristo".
(*) Docente y divulgador científico.