Por Enrique Escobar Cello

Semblanza. Falleció el 20 de abril pasado, un santafesino de ley, de inteligencia lúcida y muy querido por sus amigos.

Por Enrique Escobar Cello
El 20 de abril pasado falleció Alejo Elio Uribe. “Ñaró” para todos.
Un santafesino de ley, muy querido por sus amigos y siempre popular por su inteligencia lúcida y permanente simpatía.
Lector informado, amigo de las tertulias y nunca terminante en sus afirmaciones... ¡salvo cuando se trataba de Colón! Viviendo lejos de Santa Fe, ya fuera en Buenos Aires o en Rosario, no faltaba a un partido.
Con Gustavo Niklison fundó en Santa Fe un restaurante que hizo historia: La parrilla Brigadier López, decorada con toda clase de prendas camperas, boleadoras, espuelas, recados, bastos, facones... y la mejor carne asada de la época en nuestra ciudad.
Hombre de profundas raíces santafesinas, veneraba nuestras tradiciones. Con frecuencia, en reuniones y asados, solía templar la guitarra para entonar un estilo campero, pero sus preferencias eran las jineteadas. Discutía con aquellos que las condenaban, presuntamente en defensa de los derechos del animal. “No entienden -sostenía con razón- que, si estos caballos no se apartaran para la jineteada, su destino, fatalmente, sería el sacrificio en los frigoríficos”.
El sábado posterior a su muerte, Mariano Wullich publicó en La Nación una emocionante semblanza de Ñaró, a raíz de los artículos que publicara sobre nuestro campo y sus tradiciones. Allí se lo ve en una foto, sobria y elegantemente ataviado de paisano, con rastra, tirador y sombrero airosamente inclinado, bombacha y botas sureras. A la altura de sus rodillas, tres de sus hijos, el mayor tal vez con seis años, también engalanados de paisanos, flanquean a su padre.
Con igual elegancia y propiedad, lucía su smoking en los tradicionales bailes con los que el Club del Orden celebraba la fecha patria del 25 de Mayo. Y lo mismo ocurría con sus trajes de calle cotidianos.
Teníamos los mismos amigos, formábamos el mismo grupo, íbamos a las mismas fiestas, pertenecíamos a los mismos clubes. Se casó con su novia de toda la vida, Marta Escobar, prima hermana mía; sin embargo, él y yo, en lo personal, nunca nos frecuentamos.
Cuando se vino a Buenos Aires, yo ya vivía acá, pero no nos veíamos. Luego de dejar su huella al fundar en la Recoleta de Buenos Aires “El Rincón de López”, un regio restaurante de grandes similitudes con el viejo “Brigadier”, se fue a Rosario.
Pasaron los años, muchos, yo me enfermé de alguna gravedad y me operaron de un pulmón. Entonces, cuando uno está grande y siente que se le acerca “La Señora de Negro”, empezaron a menudear los llamados de Ñaró, interesándose por mi salud. Así, en poco tiempo, se solidificó una intensa relación de amistad, de viejos, que no supe aprovechar de joven. Hablábamos de mil y una cosas, y nos reíamos recordando personajes y tiempos idos.
Hasta que un día me llamó y me contó que los médicos le habían diagnosticado, sorpresivamente, una enfermedad que le dejaba poco margen de vida, meses tal vez. Me lo contó con sobriedad y serenidad.
En una de las conversaciones que siguieron a esa tremenda noticia, me dijo algo que me quedó en el alma: “Prepararé una retirada ordenada, y me iré decorosamente, Flaco”.
Y así fue. Como incomparablemente describe Wullich: “Ensilló despacio en silencio, como para que nadie se enterara, y se fue al tranco lento”.