Era apenas un soplo de vida, y la quise al instante. Me la trajo un Jueves Santo, él. Sí… El mismo que me critica porque malcrío a todos los seres que moran en nuestra casa (incluyéndolo), llegó con una bandejita de plástico, y la dejó en mis manos, como si fuera un regalo. En ella había una vieja remera verde musgo y entre los pliegues de la tela, asomaba un capullito de pelos diminuto, desvalido, con una carita delicada e indefinida. Miré con asombro. "¿Qué es?", pregunté confusa. La tomé suavemente y comenzó a gemir con esas señales de desamparo que me conmueven inevitablemente y me unen a quienes sufren abandono.
"Vos querías una gata, ¿no?" respondió con media sonrisa. Percibí la sombra que empañaba sus pupilas y la contemplé detenidamente. Estaba lastimada. Tenía una línea de sangre detrás de la cabeza y excoriaciones en las patas, que eran delgadas, casi transparentes. Al apoyarla contra mí, sus uñas, unos filamentos débiles, se engancharon a mi saco beige y fue, en ese momento, cuando distinguí, espantada, que no tenía orejas. Me fui enterando, que la mamá había tenido varias crías, qué sólo quedaba ella y que ésta era su única oportunidad de subsistir.
No voy a mentir. Era fea, con sus manchitas negras y marrones desordenadas sobre el pelaje blanquecino; era imperfecta, porque a su apariencia le faltaban pedacitos; pero ahora era mía y la ternura iba poblando el contacto entre las dos. Los parpados cerrados indicaban que había nacido pocos días atrás y su cuidado iba a ser arduo. Ella tenía ganas de vivir; eso era lo importante. Sabía que me estaba metiendo en un tremendo baile y asumí el compromiso sin pensar. Era una bebé. Había que alimentarla cada dos horas, estimularla para que pueda hacer sus necesidades básicas, protegerla del frío, calmar los temblores del miedo y los cólicos.
Repentinamente me encontré con una maternidad imprevista, paseando por la casa a las tres de la madrugada, musitando una melodía bajo la tenue luz de una lámpara de sal y hamacando a la gatita para aliviar su quejido. Su fragilidad me atemorizó desde el principio. A cada rato me acercaba a su cajita para certificar que los pulmones continuaran funcionando, que bajo la traslucida dermis rosada siguiera latiendo un ansia tenaz por crecer. No le habíamos puesto nombre porque queríamos mantener a raya la esperanza hasta que estuviera más fuerte. A mi hija le gustaba estar cerca y le decía Retoño. Cada mañana, abracé con mis dedos la vulnerabilidad y las carencias de su cuerpo y agradecí al cielo poder refugiarla. Y sin embargo no alcanzó para salvarla…
Una tarde, llegué de hacer un par de compras y estaba muy quieta, parecía dormida. La tomé suavemente para no exaltarla. Sus movimientos leves y su falta de reflejos me afligieron; la temperatura había descendido a pesar de estar junto a la estufa rusa. Intuí, que esos eran sus momentos finales y la amargura desató en mi garganta su ríspida toxina. Aparté la ropa y la acurruqué contra mi piel desnuda para darle calidez. Me acomodé en la cama, tapada con el grueso acolchado amarillo, acompañándola, amándola, hasta que dejó de respirar. Y lloré. Lloré por ella y por mí, por lo fugaz que adquiría una dimensión más espiritual y profunda, por el vacío que me dejaba aquel amor herido.
No es la primera vez que pierdo una mascota y tampoco será la última. Sé que estos son los riesgos que implican animarse a querer, involucrarse con el bienestar de otros. El dolor ante la ausencia, ante la impotencia, quema adentro. Una vieja amiga me dijo que aquellos que rescatamos animales andamos siempre con el corazón roto… Una luz estremece mi memoria cada vez que recuerdo todo el cariño que brindo y que me dan. La extraño, es cierto, y lentamente voy recuperando las sensaciones pasadas; comprendo que la muerte no puede robarme todo lo hermoso que he vivido.
La primavera está despertando… preparo plantines para la huerta y también esquejes florales para adornar el bosque. Coloco uno en cada espacio donde descansan mis mascotas ausentes. Es una manera de demostrarles que no olvido, que siguen conmigo y que los quiero. Tengo un rosal destinado a mi retoño, esa pequeña que con su delicadeza me hizo renacer.
Dejanos tu comentario
Los comentarios realizados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Evitar comentarios ofensivos o que no respondan al tema abordado en la información.