El conocimiento y la tecnología se han convertido en el nuevo campo de batalla mundial, donde la inteligencia artificial (IA) define no solo el poder económico, sino la soberanía y el futuro de los Estados. En la Base Conjunta Andrews, mientras Donald Trump recibía a Xi Jinping con alfombra roja, himnos y honores militares, dos aviones de combate estadounidenses sobrevolaron sus cabezas.
Guerra fría por la inteligencia artificial
La disputa entre Estados Unidos y China por la IA redefine la geopolítica global, entre el desarrollo sin freno y el control estatal. A su vez, el avance de los algoritmos abre un escenario de tensión donde la soberanía tecnológica y las políticas públicas marcan el pulso del poder contemporáneo.

El estruendo hizo que el presidente estadounidense se sobresaltara visiblemente. Xi, en cambio, permaneció impasible. Ese instante, captado por las cámaras, trasciende la anécdota protocolar. Parece un intento de proyectar el poderío militar estadounidense, pero la templanza del líder chino confirma algo más profundo: el temor que genera el posicionamiento de Pekín en la aldea global.
China ya no es solo un competidor; es un actor que redefine las reglas del juego tecnológico. La carrera entre Estados Unidos y China en inteligencia artificial no es un simple duelo comercial. Es la expresión contemporánea de lo que los teóricos del Estado denominan el monopolio de la fuerza legítima, actualizado por el "ciberleviatán".
Como advirtió José María Lassalle, el control ya no se ejerce solo mediante la coerción física, sino a través de la recopilación masiva de datos y la influencia sobre opiniones y decisiones. Quien domine los algoritmos, las infraestructuras de cómputo y los modelos de frontera tendrá una ventaja estratégica comparable a la que en otros siglos otorgó el control de los mares y extensos territorios.
Ambos países reconocen los riesgos. La IA puede generar agentes autónomos capaces de ciberataques a escala nacional, facilitar el desarrollo de armas biológicas o escapar al control humano.
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha insistido en que las potencias con mayores capacidades tienen la mayor responsabilidad ante la humanidad y ha pedido canales de diálogo, transparencia y cooperación, evocando los momentos de la Guerra Fría en que rivales estratégicos gestionaron riesgos existenciales comunes.
Washington y Pekín han abierto un diálogo formal sobre IA, liderado por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el viceprimer ministro He Lifeng, que incluye un mecanismo de notificación de incidentes de seguridad nacional.
Sin embargo, la rivalidad no se detiene. Estados Unidos mantiene controles estrictos sobre la exportación de chips avanzados, mientras China desarrolla sus propios modelos de IA y utiliza técnicas para copiar y adaptar las capacidades de los sistemas más avanzados de Occidente.
Desde la perspectiva de las políticas públicas, esta competencia pone a prueba la capacidad estatal. Como enseñan Oscar Oszlak y Julián Bertranou, la capacidad no se mide solo por resultados, sino por la aptitud para movilizar recursos humanos, financieros, técnicos e institucionales.
En la era digital, eso implica pasar del gobierno electrónico al i-government, esto es, una burocracia ágil, interoperable y basada en datos, capaz de formular políticas con evidencia y de anticipar escenarios mediante la prospectiva tecnológica.
El Triángulo de Sábato -gobierno, estructura productiva e infraestructura científico-tecnológica- cobra aquí plena vigencia (*). Estados Unidos apuesta por un ecosistema de startups y big tech con mínima regulación, mientras China alinea desarrollo tecnológico con objetivos de Estado, licencias y control de contenidos. Los peligros de la falta de regulación son evidentes para ambos.
Trump ha anunciado la creación de una "AI Force" y un "zar" de la IA, afirmando que no frenará el crecimiento de la industria y que los sistemas de justicia existentes bastan para combatir lo "malo". Al mismo tiempo, descarta como "engaño" los temores de que la IA se apodere del mundo.
China, por su parte, regula para alinear los modelos con la doctrina oficial, pero se resiste a cualquier freno externo que perciba como intento de contención. El resultado es una carrera de aceleración mutua. Ambos actores creen que quien se detenga primero cederá la delantera geopolítica. Esta dinámica exige repensar el ciclo de las políticas públicas.
La identificación del problema -la IA descontrolada como amenaza al bienestar colectivo- ya está en la agenda sistémica. Falta, sin embargo, su plena institucionalización en agendas nacionales e internacionales.
La implementación top-down choca con resistencias culturales, brechas digitales y la ausencia de indicadores inteligentes que midan no solo eficiencia, sino impacto en privacidad, equidad y seguridad. Y la evaluación que se realiza después de implementar las políticas, cuando existe, llega tarde.
Así, la responsabilidad estatal, en sus dimensiones jurídica, política, ética y de desarrollo sostenible, queda en entredicho. Un Estado que no regula adecuadamente puede convertirse en cómplice de desigualdades o de riesgos existenciales.
Al mismo tiempo, la excesiva cautela puede significar la pérdida de soberanía tecnológica frente a rivales que no se detienen. Y en dicho contexto, la imagen de los aviones sobrevolando a Trump y Xi resume el momento: exhibición de poder militar ante un competidor que ya no se amedrenta.
La verdadera batalla, sin embargo, se libra en los laboratorios, en las fábricas de semiconductores y en las decisiones de políticas públicas que definirán si la IA será una herramienta de emancipación o un instrumento de control. Ni China ni Estados Unidos parecen dispuestos a frenar.
La pregunta que queda abierta es si estas potencias sabrán transformar esta rivalidad en una gobernanza compartida antes de que la tecnología imponga sus propias reglas.
(*) El Triángulo de Sábato es un modelo de política científico-tecnológica creado por el físico y tecnólogo argentino Jorge Sábato que postula la necesidad de una articulación permanente entre el Estado, la infraestructura científico-tecnológica y el sector productivo.
El autor es analista internacional, magíster en Smart Cities, especialista en Defensa y Seguridad. Docente universitario.






