Por Ignacio Nicolás Otrino


Por Ignacio Nicolás Otrino
El enterrador arroja con su pala otra calavera contra la pared, y el príncipe Hamlet dice: "Otra más. ¿No podría ser la de un abogado? ¿Dónde están ahora sus argucias, sus distingos, sus pleitos, sus títulos, sus mañas? ¿Cómo deja que este bruto le sacuda el cráneo con una pala sucia sin denunciarle por agresión? (…)".
Aquella magnífica obra de William Shakespeare me había atrapado, pero esta frase detuvo mi lectura. Era yo un preadolescente -hijo de un abogado y aspirante a convertirse en uno también- que comenzó a preguntarse si Hamlet sería capaz de distinguir a un abogado por su calavera: "¿será que hay diferencia entre la calavera de un abogado y la de los demás?". En ese entonces, simplemente sonreí burlándome de mis propios pensamientos y seguí leyendo.
Años después aprobaba mi última materia para convertirme en abogado, un jueves víspera de un feriado, y al día siguiente mi padre me dijo al llegar al estudio: "A partir de ahora sos abogado, comés como abogado, dormís como abogado, te duchás como abogado, jugás al fútbol como abogado, pensás como abogado, soñás como abogado, hacés todo como abogado".
Aquello que sonó a sentencia resultó tener algo de cierto. Con el tiempo me di cuenta de que esta hermosa profesión se vuelve parte inescindible de uno, casi como si estuviera en nuestro ADN o como si ese título que colgamos en nuestra pared se uniera de alguna forma a nuestros huesos. Se dice que Shakespeare trabajó algún tiempo en un estudio jurídico y observó mucho a los abogados. Quiero pensar que quizás se refería a eso cuando puso esas palabras en la boca de Hamlet.
Desde que estreché la mano del profesor que me informó que había aprobado mi última materia, desde ese instante que congelé en mi mente, sentí que algo en mí había cambiado. De hecho, ese apretón de manos se transformó, cambió, dejó de ser un saludo entre "profesor y alumno" para ser un saludo entre "colegas". Ese cambio, esa transformación, ese crecimiento, se siente y, según me cuentan, se ve.
Toda persona pone algo de sí, como un sello distintivo, en cada cosa que hace; los abogados no somos la excepción, quiérase o no, se nota cuando escribimos, cuando hablamos, cuando caminamos, cuando interactuamos con los demás y hasta cuando estamos solos, encerrados en nuestros pensamientos. "A partir de ahora sos abogado".
"Profe", me dijo un alumno cuando entraba al curso, "usted es abogado, ¿no?" continuó diciendo antes de saludar, siquiera. "Tenés cara de ave negra", me soltó un futuro locatario cuando me vio entrar a una estación de servicio y dirigirme a su mesa, justo antes de presentarme. "Ese de allá tiene cara de abogado", le susurró un tenor a una directora de coro en un encuentro coral, mientras me señalaba con el dedo. "¿Sos abogado? ¡Justo! ¡Vos me vas a saber responder! Te hago una consulta…", escuché una incontable cantidad de veces en cientos de reuniones de familiares y amigos. El ser abogados se nos tatúa en el cuerpo, se nos impregna en la piel, se nos pega y nos acompaña todo el tiempo, a toda hora, en todo lugar, se vuelve parte de nosotros, de nuestro día a día, no lo podemos apagar con un switch, no se desaparece cuando nos quitamos el traje o la corbata.
"A partir de ahora sos abogado". Mi papá tenía razón. Aún me pregunto cómo es que no me di cuenta solo de esto tras tantos años viviendo junto a un abogado, pero, al fin y al cabo, tenía razón.
Hoy, 29 de agosto, volví a recordar las palabras del abogado que me enseñó a ser abogado. ¡Ojo! No es queja ni reclamo, pienso que es la magia de una profesión que se vuelve un estilo de vida, una forma de ser, parte importante -quizás esencia- de uno mismo. Por eso hoy con orgullo, con honor y con una inmensa alegría vuelvo a decir: "soy abogado". ¡Feliz día, colegas!