La fiesta es, en esencia, un hecho ancestral. Una celebración pagana donde los fieles se convocan para compartir un gozoso rezo laico. En el que no cuentan los eventuales "pecados originales". En todo caso, de haberlos, la música y los bailes, aunados a las risas y los abrazos, se encargarán de expiarlos.
Una fiesta, en contexto y a la sombra de Serrat
El lector Alejandro de Muro vuelve a ofrecernos uno de sus entretenidos relatos, en este caso guiado por la letra de la famosa canción del juglar catalán.

Joan Manuel Serrat, en su canción "Fiesta", al aludir a una cita popular desprovista de religiosidad, pero munida de encendidos ritos, se permitió reclamar en el inicio de su icónico tema: "¡Gloria a Dios!" Para insinuar, de alguna manera, que el Creador había sido artífice de alternativas que luego describiría con pericia musical y poética.
A su historia de 2 minutos y 33 segundos la pintó con una escenografía indispensable y brillante. Puso de relieve un lugar que olvidó su ayer a oscuras y se vistió con banderas multicolores y polifacéticas. El sol no hizo falta. La fiesta obró el prodigioso milagro de iluminarlo todo.
Y así fue que, en un marco saturado de guirnaldas, gentes de mil raleas convivieron. Sin importar la prosapia o la condición de "don nadie" que cada uno poseyera. Cuando las luces de un nuevo día le pusieron sombras al encuentro, todos retornaron a su realidad. En algunos, fértil en lo económico y, en otros, paupérrima en lo financiero. Así pues, volvió el pobre a su pobreza y el rico a su riqueza.
En cuanto al señor cura, destacado en la canción e invitado a una "misa seglar", ajena a la suya, regresó a su altar cotidiano. La fiesta, en definitiva, es una especie de elixir que actúa en nuestro ánimo. Nos predispone para sobrellevar los avatares de la vida diaria. Se asocia a reuniones que pueden resultar casuales o deliberadas.
Pero todas, con un mismo propósito: incentivar el espíritu gregario y acompañarlo, en lo posible, con el surgimiento de vínculos personales estables. Los alcances de este sobrevuelo difieren según los protagonistas.
Los "fiestadependientes", necesitados de júbilo, contrastan con aquellos que, a partir de sólidas reservas anímicas (los "autosuficientes"), prefieren transitar sin algazara. A partir de este escueto abanico, cada uno puede optar o proponer variantes.
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