Por Juan Pablo Casabianca


Por Juan Pablo Casabianca
Pelé, el Santos y el Cementerio de los Elefantes. Símbolos de una de las más grandes leyendas del fútbol santafesino.
Hay un hecho muy transcendente en la historia de Colón, que las nuevas generaciones seguramente desconocen y que guarda una similitud asombrosa con lo sucedido en la visita del Santos de Pelé, realizada el 10 de mayo de 1964. Corría el año 1922 y Colón contaba con una cancha muy modesta, ubicada en bulevar Zavalla y Moreno, sin tribunas y sin vestuarios. Solo había una precaria casilla de madera y el campo de juego estaba rodeado de un tejido, que se cubría con lonas los días de partido, para impedir que se viera desde afuera (propósito que por lo general no se lograba).
Pese a la gran limitación económica de la institución, una dirigencia muy visionaria -de la misma forma que lo fue la dirigida por don Pedro Italo Giménez en 1964-, invitó a disputar un encuentro al club Peñarol de Montevideo. Peñarol contaba en ese año con los títulos de campeón uruguayo y del Río de la Plata. A estos títulos se le sumaban los campeonatos uruguayos de 1900, 1901, 1905, 1907, 1911, 1918 y 1921.
También había obtenido la Copa Honor de Primera División (Copa Cusenier) disputada en Argentina en 1909 y el mismo trofeo en los años 1911 y 1918, así como la Copa Competencia de la primera división de la Asociación Argentina de Fútbol (Copa Competición) en 1916. Además, Uruguay había ganado con su seleccionado la Copas América en 1916 (primera vez que se disputó), 1917 y 1920. Y esa selección estaba integrada en su mayoría por jugadores de Peñarol.
La aceptación de Peñarol de disputar el partido y su presentación en las modestísimas instalaciones de Colón conmocionó a la ciudad, como lo hizo la presencia del Santos. El partido se disputó el 17 de diciembre de 1922 y Peñarol alistó así: Legnazzi, Benincasa (capitán) y Granja; Buzetta, Delgado y Posse; Arremond, Sacco, Terevinto, Artigas y Cámpolo. Colón, por su parte, formó con: Ramírez; Casabianca (capitán) y Gómez; Echagüe, Paván y Coronel; Batistela, Molinari, Martínez, Sánchez y Quinteros.
Los goles fueron marcados por Terevinto, de Peñarol, a los 16 minutos del primer tiempo, y Sánchez y Quinteros para Colón, a los 6 y 38 minutos de la segunda parte, respectivamente. Igual resultado que contra el Santos y con la misma secuencia.
Finalizado el partido, ambas delegaciones se reunieron en una cena en La Rambla de Guadalupe. La preocupación de los uruguayos por la derrota era tan manifiesta que comenzó a gestarse entre el plantel el deseo de realizar un partido revancha, con los gastos a cargo de la delegación visitante, negándose a regresar a Montevideo a primera hora del lunes, como estaba previsto, lo que constituye otra similitud con lo sucedido con el Santos.
Esa reacción del plantel motivó que uno de los más ansiosos por concretarla, el delantero Artigas, se dirigiera en el transcurso de la cena a su comisión directiva y a su capitán, el notable zaguero Benincasa, y con voz enérgica les manifestara el deseo de los integrantes de permanecer más tiempo en la ciudad y realizar un partido revancha.
Esto contó con el aval de la comisión directiva peñarolense, y de algunos integrantes de la de Colón. Fue allí que, levantándose y con voz enérgica, el notable zaguero y capitán uruguayo José Benincasa expresó: "Colón nos ha ganado hoy y es posible que nos vuelva a ganar otra vez; creo más oportuno que lleguemos a Montevideo con una derrota y no con dos".
Parecía que todo terminaba allí por el profundo respeto que generaba su palabra, pero, la desesperación de los jugadores uruguayos que comandaba en el reclamo el mencionado Artigas hizo que se confabularan para perder el tren del día lunes y obligar a un partido revancha. Advertidos de la maniobra, los miembros de la comisión directiva de Colón que se oponían a la revancha, junto al propio Benincasa, hicieron despertar a los complotados, que no tuvieron más alternativa que partir de acuerdo a lo previsto.
Es interesante rescatar la entrevista que le efectuara la publicación El Sabalito el 28 de noviembre de 1978 al arquero de Colón de aquel partido, el odontólogo Jerónimo Ramírez, un punto alto del mismo. Manifestaba Ramírez: "Puede decirse que, durante el primer período, Peñarol se constituyó en el dueño del campo. Me emplearon a fondo, tirando desde todos los ángulos. Claro está, que cuando podían hacerlo, porque la defensa de Colón no le perdía pisada al brillante quinteto ofensivo visitante. De pronto y desde lejos, en forma sorpresiva, Terebinto enfiló un shot alto y esquinado, que francamente debo asegurar me dejó parado".
"En la casilla de madera en la cancha del barrio Sunchales y durante el descanso, nos mirábamos unos a los otros sin hablar, hasta que entró un directivo del club para manifestar en tono algo severo que empujando un poco más podíamos empatar y hasta ganar el partido". "Le contestamos a coro: nos estamos jugando enteros señor y sabemos que cualquiera fuese el rival, Colón puede realizar la hazaña de ganar".
"La delantera peñarolense se estrelló al reanudar la lucha con nuestra defensa. Lalo Echagüe le puso freno a la pareja izquierda integrada por los internacionales Artigas y Cámpolo. No se pudo desplazar Terevinto -contenido por Paván-, mientras que Coronel lo tenía a raya a Sacco, un gran entreala (como se les decía antes a los centrodelanteros), y cuando podían escapar, "Tucho" Casabianca (mi abuelo) o el correntino Gómez, daban la última palabra".
Continua Ramírez con su relato: "Pese a la gran habilidad del famoso Negro Delgado, la clase magistral de Benincasa y la calidad de Ruotta, nuestra línea delantera fue la que atacó más y la que generó mayor peligro. Las corridas del petiso Batistela, rápido en sus carreras por el costado; Perita Molinari, todo un artífice del fútbol, lo mismo que el Negro Martínez; Pirincho Sánchez y Leónidas Quinteros, dos grandes futbolistas".
Así ha sido la historia de Colón, con hombres que se mataban en la cancha poniendo de manifiesto su "sentido de pertenencia" que había nacido con aquel grupo de chiquilines que lo fundaron. ¡Se jugaba con los pies, con la mente y con el de la zurda!!! ¡Se transpiraba con amor la casaca!!!
Por eso mismo, lo que fue una conmoción en 1922 para la ciudad y para los dos países, ha sido a mí entender el comienzo de la historia del "Cementerio de los elefantes".