Por Bárbara Korol


Por Bárbara Korol
No puedo dormir.
Es otoño y él se aleja... Y yo lo sigo queriendo con la misma ternura que espero el amanecer..
La noche con sus misterios arcaicos se suspende frente mí con sus interrogantes peregrinos y su perpetuidad de ojos abiertos. Una tenue claridad comienza a asomarse a través de las pequeñas ventanas de mi casa y la esperanza se atreve a escalar en mis pestañas y encender mis pupilas.
Me levanto despacio, me abrigo con la blanca ruana y abro la puerta para ver el sol.
Ahí está, con su esplendor y su tibieza besando suavemente la tierra y las plantas. Camino entre los helechos silvestres respirando la pureza que me rodea. Unas hojas secas se prenden a mi castaño pelo como adornos de estación. Mi mirada busca el cielo a través de los matices verdes y amarillos de los árboles, y lo descubre celestialmente inmaculado y sereno. Siento la vibración armoniosa de mis latidos que se amalgama con el viento. Sin aviso, un suspiro se subleva de mi boca ante un recuerdo desencontrado que me cruza como un haz. Despertares lejanos pueblan mi alma un instante. Una esquiva sonrisa me alegra desde lugares remotos para infundirme paz y fe. Yo también sonrío y unos hoyuelos se marcan en mis mejillas. Una sensación de felicidad aletea entre mis manos como un pitio cantor.
Mi garganta implora una delicia de rosa mosqueta para endulzar mi voz. Súplicas y bendiciones mojan mis labios con santidad de antiguos ritos. Agradeceres sagrados me habitan ante el fuego del amor que no se apaga.
Una esquiva sonrisa me alegra desde lugares remotos para infundirme paz y fe. Yo también sonrío y unos hoyuelos se marcan en mis mejillas. Una sensación de felicidad aletea entre mis manos.