

Un refranero popular advierte que el que avisa no es traidor, una consigna que se podría ajustar muy bien al comportamiento de Patricia Bullrich, salvo que no nos queda claro si el refrán referido a esta conducta prescribe la traición por una sola vez o deja abierta la saga de traiciones a tiempo indefinido. Aclaración necesaria, porque en el caso de Patricia Bullrich los avisos acerca de sus traiciones suman hoy la bíblica cifra de siete veces, y el único interrogante que queda abierto hacia el futuro es cuándo celebrará la octava traición, es decir, cuando los dejará en la estaca a Javier y a su encantadora hermanísima. Una advertencia en homenaje a los refranes: el que avisa no es traidor, pero jamás olvidar que Roma no paga traidores
Se podrá argumentar a favor de Bullrich -algunos lo han hecho- que en este bendito país son muchos los dirigentes que recorrieron todas las góndolas y ratoneras políticas. No es tan así y, a decir verdad, es menos que una verdad a medias. Los politicos de primera línea, los jefes de Estado no han andado como dice el poema de cuyo autor no quiero acordarme, "cambiando de médicos esta tarde, de amantes esta noche". Desde 1983 en adelante, para no perdernos en el pasado, Raúl Alfonsín fue siempre radical, Carlos Menem fue siempre peronista, Néstor Kirchner y Cristina fueron siempre kirchneristas, Mauricio Macri fue siempre del PRO y Javier Milei, hasta la fecha, no se mueve de La Libertad Avanza. Si nos vamos a los países vecinos, Pepe Mujica fue del Frente Amplio, Julio Sanguinetti fue siempre Colorado y Luis Alberto Lacalle fue siempre Blanco. En Chile, Michelle Bachelet nunca dejó de ser socialista, los Frei siempre rezaron en el altar de la Democracia Cristiana y Sebastián Piñera siempre se honró de su pertenencia a la derecha. ¿Alguien lo imagina a Barack Obama en otro partido que no sea el Demócrata o a Angela Merkel en otro que no sea la Unión Demócrata Cristiana? ¿Alguien imagina a Margaret Thatcher en otro lugar que no sea el Partido Conservador o a Felipe González militando en Vox o en el PP? Pues bien, esas licencias imaginativas está visto que no las podemos permitir con Bullrich. Después sí, es verdad, en las ligas políticas inferiores la traición está a la orden del día, aunque el nombre más apropiado y justo en esos casos es el de "tránsfuga", el rapaz político cuya exclusiva bandera es un cargo bien rentado para disfrutar bajo el tibio calor del oficialismo de turno.
Supongo que Bullrich justificará su decisión en nombre de la razón de Estado o como una necesidad para apuntalar al presidente más famoso del mundo. Alguna vez la oí decir que cada una de sus decisiones representaban a los seis millones de ciudadanos que la votaron. Confieso que a mí me excede hablar en nombre de tantos millones de personas, pero en lo que a mí respecta aseguro que yo no la voté para que sea el comisario de Milei y mucho menos para que se declare incondicional del presidente. Bullrich en definitiva hace lo que se le da la gana, del mismo modo que a mí me corresponde decir en nombre de mis ganas, que haga lo que se le cante pero no en nombre de mi voto.
Dirán algunos qué importa un voto anónimo al lado de millones de votos que la respaldan. Mi voto en ese aluvión no es nada, claro, pero para mí, para mi conciencia de ciudadano, es todo. Me atrevería a añadir, de todos modos, que no creo estar tan solo en esta parada. Se me ocurre a ojo de buen cubero que somos muchos los que estamos decepcionados con Bullrich. Se dirá que no le quedaba otra alternativa, que actuó en nombre de la ética de la responsabilidad. No comparto. Si la misma energía que puso para someterse a Milei la hubiera puesto para actuar como un factor inteligente de moderación, como una republicana responsable pero no incondicional, los resultados probablemente hubieran sido otros. Sin embargo, fiel a su ADN peronista actuó sin matices y mediaciones. La candidata de la coalición Juntos por el Cambio optó por la traición, por transformarse en la funcionaria más ortodoxa de la buena nueva. Mal por el momento no le va. "En mi oficio, lo único que me ha dado resultado es la traición", dijo Sebastian Haffner. Una frase impecable y conmovedora, pronunciada por el personaje creado por Roberto Arlt, y cuyo apodo más conocidos por los lectores es el de Rufián Melancólico, el cafiso decidido a financiar la revolución premeditada por el Astrólogo con la renta de sus prostíbulos.
Imagino algunas imprecaciones: "Jódete por votarla". Y sí, me jodo, con el dudoso consuelo de que no es la primera vez que me pasa y tal vez no sea la última. No sé si equivocarse es un hábito de los votantes argentinos o el hábito corresponde a candidatos que traicionan a sus votantes. Patricia no traicionó, dirán sus incondicionales que, dicho sea de paso, no son pocos. Si no le quieren llamar "traición", ponganle otro nombre más suave, pero en principio el más elemental sentido común dice que si Milei hubiera sido el profeta evidente de las Fuerzas del Cielo, la candidatura de Bullrich no hubiera sido necesaria. Se suponía que algunas diferencias había entre Milei y la candidata calificada de "Montonera asesina" y de "exterminadora de niños asistentes a los jardines de infantes", lo que se dice -dicho sea de paso- un exquisito polemista, salido del ágora, de un cantón suizo o de la Cámara de Lores británica.
Conclusión: efectivamente, me cuentearon con el dudoso consuelo de que no soy el único. A modo de disculpas, añado que esta señora me empezó a decepcionar en la campaña electoral. Incapaz de hilvanar una frase, incapaz de elaborar un pensamiento moderadamente complejo, convencida -fiel a su origen- que diciendo vulgaridades se ganaría el cariño del popolo. Innecesario recordarlo, pero como en las buenas epopeyas en Palermo o San Isidro, las carreras en política se ganan en los últimos cien metros, es decir en la campaña electoral, en la que los candidatos afirman su liderazgo en los últimos treinta días. En ese desafío, Bullrich salió última, con el añadido de que hizo todos los méritos necesarios para ganarse ese lugar. Después llegó el momento de las calendas griegas, la camándula de Acasusso, la escena tortuosa, macabra y pésimamente interpretada del abrazo entre Milei y la "Montonera asesina",... y el premio para ella con la designación de comisario, lo que a juzgar por los resultados inmediatos, es lo que mejor sabe hacer, tal vez una herencia cultural de su pasado, aunque la excelente comisaría correntina no tenga la menor idea de lo que significa un Ministerio de Seguridad.
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