Carlos Suárez | Concejal de UCR-Juntos por el Cambio


Carlos Suárez | Concejal de UCR-Juntos por el Cambio
El 30 de octubre recordamos, sin dudas, una de las fechas más significativas para todos los argentinos. Más aun para quienes abrazamos la militancia política y en particular las banderas del radicalismo.
El triunfo de Raúl Alfonsín en 1983 significó no solo el retorno de la democracia como forma de gobierno, sino el comienzo de un largo camino, que todavía seguimos transitando como país. Con pocos aciertos y muchos errores, pero convencidos de que es ese el camino, el que se empezó a trazar en aquel, cada vez más lejano, domingo de octubre.
Raúl Alfonsín fue sin dudas un demócrata moderno, que comprendió cabalmente la hora que le tocó vivir, y que definió claramente prioridades y las defendió en una democracia naciente. Incluso aunque alguno de esos lineamientos haya marcado significativamente el fin de su gobierno.
Entendió que era necesario fortalecer la democracia y las libertadas recién ganadas en el país; pero por sobre todas las cosas, entendió que el futuro que imaginaba para la Argentina lo trascendía, y que el fortalecimiento de aquel incipiente camino hacia un futuro mejor -que alguna vez concretaremos- era central, sin importar si ese futuro mejor que soñaba, lo contemplaba a él.
Hoy la perspectiva del tiempo lo pone en otro lugar. Pero están cada vez más vigentes sus palabras cuando defendía la república o bregaba por la ampliación de derechos, o la división de poderes. Gobernó como se había formado en la ideología y en la militancia, por más que eso muchas veces no lo favorecía.
Cuánto nos falta aprender a la clase política de este hombre, que en el principal cargo de la República no se sintió más que nadie, muy por el contrario, sintió que tenía más responsabilidad que todos los argentinos y por eso luego de terminar su mandato volvió a su barrio y a su departamento de siempre.
En tiempos donde todo se relativiza, de modernidades liquidas diría Bauman, se hace difícil encontrar miradas como las de Raúl Alfonsín. Cuando es difícil saber cuál es el marco de actuación de los individuos, porque los derechos y deberes son permanentemente cuestionados, muchas veces sin razón y otras desde la pretensa existencia de necesidades.
Nos toca vivir en un país donde muchos cuestionan la ley, ya no solo se vive al margen de ella -como muy bien nos definió como país alguna vez Carlos Nino-, sino que hoy conforme la óptica desde la cual se mire se la relativiza y se justifica su avasallamiento.
Estamos lejos de aquel 30 de octubre de 1983, pero creo que es bueno reflexionar sobre Alfonsín, porque sin duda más que nunca adquieren vigencia sus discursos de cierre de campaña, donde como un rezo laico repitió el preámbulo de la Constitución Nacional. Y es bueno recordarlo, porque todavía nos falta mucho como país para asegurar muchas de las consignas allí establecidas. Pero más allá de eso, creo que el valor de esa expresión marcaba el continente de su acción de gobierno: la Constitución Nacional, la ley suprema de la Nación.
Después de tantos años de la lucha, que costó sangre de compatriotas para tener una forma de gobierno democrática, debemos reflexionar sobre las deudas que, como actores políticos y como ciudadanos tenemos con el sistema democrático, que tanto costó conseguir. Ese ejercicio, que no descarto es muy difícil, nos va a ayudar a construir ese país con un futuro cada vez mejor, como soñaba Alfonsín y como queremos todos los argentinos.