Para algunos, el espejo es un aliado, un confidente. Realza al apuesto e, incluso, lo incita a seguir admirándose. Para otros, en cambio, cumple una función perturbadora, casi hostil. Porque se empecina en agudizar los rasgos de quienes no resultaron agraciados.
Las dos caras del espejo
Relato del lector Alejandro De Muro

Los individuos imaginativos -vía ilusión óptica- creen que, a través de ellos, suman metros a los ambientes estrechos. Los decididamente utilitarios los cuelgan para ocultar manchas de humedad o camuflar paredes despintadas.
La película argentina "Una luz en la ventana", estrenada en 1942, le impuso sello local -e inaugural- al género de terror y misterio. Su protagonista, Narciso Ibáñez Menta, recluido en un lúgubre caserón de campo, optó por cubrir todos los espejos con pesados lienzos negros.
Como si, de esa manera, lograra modificar las horribles facciones de su cara. Padecía acromegalia y entendió que, al permanecer tapados, su aspecto de adefesio pasaría inadvertido. Burdo velo, al fin, para intentar disimular un agrandamiento óseo irreversible.
Ese comportamiento escapista, trasladado a acciones cotidianas de distinto orden, da como resultado frustración plena. En un hipotético juicio, el espejo recibiría fallos dispares. Absolución, por parte de quienes lo alaban, y condena, proveniente de quienes lo detestan.
Como en tantos órdenes de la vida, la solución no es hacer añicos la realidad ni tampoco enmarcarla. Lo más saludable es tolerarla y saber coexistir con ella.






