Por Dora R. Corts
Por Dora R. Corts
En Dnipro, una ciudad industrial en el este de Ucrania, el alcalde Mikhail Lisenko decía: "Espero que las madres rusas puedan venir a buscar a sus hijos. Reposan en los frigoríficos de las morgues. Se piense lo que se piense, son hijos de alguien. Sus madres los criaron, los quisieron, los llevaron a la escuela el 1° de septiembre (primer día de clases en Rusia). Dejemos que las madres rusas recuperen los cuerpos de sus hijos." (El Litoral, 13/4/22)
Estas palabras aprietan una hondura filosófica que hace pensar, una fuerza que impacta cual mazazo en mi conciencia: cualquier pibe es tu hijo. La misma profundidad y ternura sencilla que puso Arthur Miller (Estados Unidos, 1915-2005) al escribir el drama "Todos eran mis hijos" ("All my sons") en la década infame (1932-1942). La anécdota es simple: un fabricante de repuestos de avión, en su afán de enriquecerse, vende partes falladas al ejército, sin avizorar que su propio hijo pilotearía una de esas naves, rumbo a su muerte. Crimen y castigo. Arrepentimiento, y, tal vez, redención.
En octubre de 1982 -año que todos recordamos con alma y vida- se estrenó una versión libre de esta pieza realista y austera, con adaptación y dirección de Antonio Germano: "Regreso a casa". Aún conservo con cierta unción el afiche, ilustrado con un fragmento del Guernica de Picasso. Sufrí y gocé con esta puesta, que contó con el expresivo trabajo de estos santafesinos: Graciela Martínez, Roberto Schneider, Rubén Casella, Mary Canca, Mauricio Dayub.
Al unísono con Miller, alzó la voz nuestro tan cruel como entrañable Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Él, que quería que sus obras fueran "un cross a la mandíbula". Él, al decir de su hija Mirta, en el prólogo a su "Teatro completo", expresa una concepción del mundo reveladora de la situación del hombre en el gargantón de la entreguerra (1918-1939).
Este vocablo, tan vigoroso, "el gargantón", que separa tiempos y deglute personas y personitas, es de una filosa puntería. Y ¿cómo lo hace? Diferenciándose de su intertexto con una bizarra y desgarradora fantasía alegórica, llena de colores, texturas, sonidos, todo barroco: "La fiesta del hierro." Aquí -nótense las semejanzas- un opulento fabricante de cañones, erige una efigie de Baal Moloch, para quemarla en una celebración idolátrica.
Allí, sin saberlo él, se ha ocultado su hijo de 12 años, que arderá inmolado al dios sangriento. Es la hoguera de las vanidades. El mismo nombre elegido para el personaje –Señor Grurt- es una onomatopeya acorde con la referencia al gargantón que todo lo devora, especialmente los altos valores humanos. ¿Evolución positiva en nuestra especie? Bien, gracias.
Todo un símbolo. De la alienación, de la adoración genuflexa a los Amos: la Soberbia y la Hipocresía, la Codicia y la Violencia, en fin, lo contrario del Amor. Y aquí en Arlt, no hay perdón ni salvación a la vista. Cero esperanza en el negro horizonte arltiano. Es el desenlace. Cierra con Grurt desmayado y sus invitados alzando las copas de champange, celebrando "¡Victoria, señores! ¡La guerra! ¡Ha estallado la guerra! ¡Pedidos de armas, miren! ¡Piden armas!".
Más textual la actualidad, im-po-si-ble. ¿Y la ficción? Ahí anda, monda y lironda, montada en tanques de cremallera, hollando los surcos de la absurda realidad que vivimos. Aunque, según se mire, podríamos invertir los términos.
Colofón: esta obra merecería una re-creación que pusiera en relieve esa dialéctica. Como amante del teatro, la vería con buenos, ávidos, ojos. Actores y directores talentosos, inquietos y pasionales, tenemos.