Lic. Raúl Ochoa y Gómez


Lic. Raúl Ochoa y Gómez
Economista
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, John Maynard Keynes propuso una serie de recomendaciones sobre cómo debía afrontar la sociedad británica el problema de la financiación de la guerra. Ese panfleto fue titulado "Paying for the war" (1939), y significó un gran aporte a los encargados de tomar decisiones de política económica en Inglaterra.
En esencia, su planteamiento defendía la idea de que la inflación de guerra tenía su origen en un rápido aumento de la renta agregada, que daría lugar a un exceso de demanda en los mercados finales. De acuerdo con el economista inglés, este proceso podría prevenirse si el Estado implementaba un sistema de "ahorro obligatorio", que obligara a las personas a ahorrar un porcentaje de sus ingresos y tras la finalización de la guerra, el gobierno devolvería este ahorro a los ciudadanos, lo que serviría para crear una política de demanda expansiva, que evitaría la crisis de posguerra.
La idea generó mucha controversia, pero después de 2 años (en 1941) y con Winston Churchill como primer ministro, la iniciativa fue enviada al Congreso. El cambio de actitud y la aprobación por parte de la sociedad se debió principalmente a que la inflación empezó a ser percibida como un problema grave y creciente.
La guerra pasó, pero muchos de los conceptos que Keynes propiciaba tienen influencia hasta nuestros días. Uno de los más importantes fue la idea de que cuando se incrementa a gran escala el gasto público aumenta el ingreso nominal a nivel agregado de la economía y, salvo que de alguna manera se impida que una proporción suficiente de este incremento se convierta en demanda de consumo, los mercados finales verán confluir un mayor flujo de dinero lanzado contra una menor corriente de bienes y servicios; en consecuencia, esto desencadenará un proceso inflacionario. Además, el economista describe las consecuencias negativas que tendrían los controles de precios y el impacto negativo de la inflación para las clases trabajadoras para la distribución de ingreso, la inversión y la eficiencia económica.
Más de 80 años después, y sin atravesar ninguna guerra, Argentina sufre un proceso similar, aunque con consecuencias económicas incluso más profundas que las que vivió Inglaterra en ese momento. Sin embargo, los hacedores de política económica parecen no haber aprendido nada de Keynes, ni de Friedman, ni de la historia económica en general.
Otra similitud ente la Inglaterra bélica y la Argentina actual, es el consumo del capital; es decir, durante el proceso productivo se genera una depreciación de las máquinas que utilizamos en el proceso productivo, razón por la cual, parte del ingreso de las empresas debe ser ahorrado para reemplazar el equipo productivo cuando sea necesario. Si bien las causas de este consumo del capital son muy distintas -en Gran Bretania se debía a imposibilidades propias del conflicto armado y en Argentina son producto de restricciones a las importaciones establecidas por su propio gobierno- el efecto es el mismo: la incapacidad de poder incrementar, y a futuro mantener los niveles de producción.
La crisis en la balanza de pagos y la inflación son dos problemas crónicos de nuestro país y no tiene demasiado sentido seguir describiendo todos sus efectos negativos, ya que los vivimos a diario desde hace décadas (pérdida del poder adquisitivo, escasez de bienes, distorsiones de precios, incremento de la pobreza, falta de financiamiento, etc.). En este marco, sería mejor plantearse el siguiente interrogante: ¿Cómo llegamos a esta situación tan crítica? La respuesta parece estar en la recurrente necesidad que tiene el Estado argentino de gastar más de lo que genera. Es decir, si una sociedad quiere consumir más de lo que produce, entonces necesita comprar bienes a otros países (aumentar sus importaciones) para eso necesita financiarse y ahí es cuando empiezan los problemas. El financiamiento no es malo de por sí, de hecho, es la base del crecimiento y del desarrollo. El problema está en qué se gasta. Independientemente de eso, hoy en día, Argentina tiene un exorbitante endeudamiento interno y externo (y ni los residentes ni los extranjeros parecen seguir dispuestos a financiar a un gobierno que no sabe dónde quiere ir). Tampoco se puede financiar mediante aumento de impuestos (porque claramente la presión impositiva es brutal). De esta forma, solo queda la famosa emisión monetaria, la cual nos trajo hasta el borde de la hiperinflación que vivimos actualmente.
Entonces, llega el segundo interrogante: ¿Cómo superamos esta crisis? Se podría escribir un libro para responder a esta pregunta, pero dada la brevedad que nos exige este espacio, solo vamos a decir que el gradualismo ya no es una opción, y lo que se necesita es un plan económico integral que incluya un ordenamiento de las cuentas internas y externas en el corto plazo, dentro de un marco programático de crecimiento ordenado de la producción para los próximos 5 años.
Argentina no está en guerra, pero hace décadas que no tiene un programa de desarrollo y sufre un deterioro constante de su aparato productivo. Se necesita dejar de "atar todo con alambres", hacernos responsables y tomar todas las medidas necesarias para ser un país serio y ponernos nuevamente en las vías del desarrollo.