Rogelio Alaniz
Los “indignados” de Israel son la novedad política de los últimos meses. Una lectura ligera de los hechos tiende a asociarlos con las movilizaciones en la región. Se supone que los sirios, los egipcios o los libios tienen razones para luchar contra sus déspotas locales. La misma razón no existiría en Israel donde sus gobernantes son seleccionados en elecciones libres y periódicas, en tanto que la calidad de vida de su población está muy por encima de las explotadas y hambreadas masas árabes.
Pero no concluyen allí las diferencias. En los países árabes las movilizaciones contra los gobiernos se pagan con la muerte. En Israel, los manifestantes no han sido molestados ni con la caricia de una pluma. En Siria -por ejemplo- el número de muertos supera las dos mil personas; en Israel, los dirigentes de la movilización son recibidos por el presidente Simón Peres. Nada de ello impide, sin embargo, que el embajador sirio en la Argentina y uno de los representantes de esa comunidad califiquen a Israel de Estado terrorista. Y que sus pares españoles califiquen a los manifestantes de colonizadores, frívolos, apolíticos y superficiales.
Más de un observador ha intentado comparar lo sucedido en Israel con las movilizaciones en El Cairo, en la plaza Tahrir para ser más precisos. Comparación inexacta, tramposa y disparatada. En Egipto, los jóvenes se movilizaban contra un déspota y sus sicarios; en Israel lo hacen contra un gobierno conservador que ha sido votado por el pueblo y que está sometido a todos los controles de un orden republicano. En Tahrir hubo cientos de muertos; en la avenida Rothschild de Tel Aviv no hay ni siquiera un detenido. No hay punto de comparación: la distancia entre Tahrir y Rothschild es la distancia que hay entre el despotismo y la democracia. Nada más y nada menos.
De todos modos, no deja de llamar la atención que más de 300.000 personas hayan salido a la calle reclamando reivindicaciones sociales. En un país sometido a los rigores de la guerra, con sus fronteras y su población militarizadas, no deja de llamar la atención que sus habitantes salgan a la calle reclamando mejores sociales. Por primera vez desde que tengo memoria, Israel es noticia no por los avatares de la guerra sino por los avatares del conflicto social.
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