El segundo piso del Centro de Justicia Penal de Rosario (CJP) tiene las salas de audiencias más grandes. En la identificada con el número diez se lleva adelante el primer juicio por jurados de la historia en dicha ciudad. La planta vidriada que mira a calle Sarmiento semeja a un gran sauna, reinando una temperatura ambiente que debe pisar los 28 grados.
Hechicero de la tribu
El primer juicio por jurados en Rosario se desarrolla en un ambiente tenso y con protocolos estrictos, destacando la importancia del respeto hacia el jurado.

Esta anomalía "congénita" del CJP rosarino nunca ha podido corregirse hasta el día de hoy. Cuando uno abandona el pasillo e ingresa a la sala referida la temperatura baja ostensiblemente y el clima se normaliza, por lo menos en ese aspecto.
Los jurados están preservados de esto, tienen un ingreso distinto, más cuidado y más controlado por la dotación policial extra que hay a partir de este juicio. Estas líneas narran lo acontecido en la audiencia del día martes 9 de junio en horas de la mañana, cuando fiscalía y defensa empezaban a interrogar a los testigos.
Una jueza muy preocupada y ocupada en todos los detalles le pide a las partes -solo a las partes- que cuando ingrese el jurado se pongan de pie. Es una buena idea para demostrar respeto hacia el jurado y que adquieran seguridad y tranquilidad. Los presentes en la sala también nos ponemos de pie. Las catorce sillas negras se ocupan: doce titulares y dos suplentes (siete hombres y siente mujeres).
La jueza se dirige a ellos y explica que la testigo que hará su entrada en pocos segundos ha pedido que no esté presente en la sala el acusado cuando ella declare; la jueza aclara que ha acogido su petición pero que eso no debe ser tenido en cuenta por el jurado al momento de dirimir si es culpable o inocente.
Si impactará, o no, solo el jurado lo sabe; solo cada jurado lo sabe. El promedio de edad no debe llegar a los cuarenta años.
Hacía diez años que no veía una audiencia de juicio por jurados. Fue en 2016, en Palermo, Sicilia. Y antes, en los noventa, en Madrid, Londres y Nueva York. Siempre admiré a quienes se ocupan del casting en las películas donde hay juicios por jurados, siempre me fascinó la correspondencia entre la realidad y la ficción.
Es como que hay un fenotipo de jurado, sea masculino o femenino. En este juicio, en Rosario, si resulta ilustrativo, puede decirse que este jurado está integrado por gente común, ninguno con alguna singularidad que pueda percibirse a simple vista.
El joven fiscal comienza a interrogar a "su" testigo. A la usanza cinematográfica americana, de riguroso traje oscuro, camisa blanca, corbata lisa oscura. Se levanta, micrófono en mano, y comienza a guiar a la testigo. Al jurado se lo ve interesado, concentrado, diríase comprometido.
Algunos toman apuntes, nadie habla con nadie, y todos se esfuerzan por no dejar trasuntar emoción alguna. Da la sensación de que al jurado le preocupa más entender la pregunta que la respuesta misma.
Miran detenidamente a la testigo mientras esta trabajosamente expone, parece que los jurados tratan de desentrañar de su lenguaje gestual si miente o no; si las lágrimas que en un momento la embargan son fingidas o genuinas.
Uno de los jurados acompaña con el ir y venir de su cabeza la interlocución de pregunta y respuesta de fiscal y testigo. Cuando la testigo llora tenuemente una jurado se lleva la mano a la cara y traga saliva. La defensa no objeta ni una vez.
Es el turno de la defensa. Cautelosamente y después de pedir autorización a la jueza para acercarse a la testigo, la interrogan sobre lo que acaba de contestarle al fiscal y lo que declaró en su momento en la investigación previa al juicio.
La testigo, sin desdecirse, duda, toma agua, aduce que no miente; la jueza la reconviene: debe contestar. Desde el público, alguien, sin dudas allegado al imputado, dice en voz alta: "la están haciendo mentir".
La jueza interrumpe el interrogatorio y el declamante es retirado de la sala. El jurado absorbe el momentáneo aumento de la tensión. Dos o tres preguntas después termina el contraexamen de la defensa, sin que la fiscalía haya objetado tampoco.
Nadie quiere aparecer antipático o petulante delante del jurado. Hay una retracción automática, autoimpuesta. Todos han aprendido que en este sistema de enjuiciamiento la emocionalidad está muy por encima de los hechos y la ley.
En los países muy añosos con este sistema hay todo un vademécum de pautas de funcionamiento, recomendaciones y contraindicaciones. Una de ellas refiere hasta a la vestimenta de los litigantes; no debe ser harapienta pero tampoco ostentosa.
La idea del litigante en un juicio por jurados es verse parecido al jurado; establecer un lazo de empatía, una conexión, silenciosa, osmótica. Lograr o no lograr esto último puede dirimir el pleito, más allá de todo lo otro que hay en un juicio penal.
En un juicio normal, corriente, hubiera habido objeciones de cada parte cuando la otra interrogaba. En este caso si yo hubiera sido el defensor hubiera objetado media docena de veces. En un juicio por jurados eso es un riesgo, riesgo de pasar por alguien que quiere obstruir que se desentrañe la verdad que llevará a la condena al acusado.
Desde hace cuarenta años que postulo y pregono que el sistema de juicio por jurados es un sistema irracional. Desde 1994 también anticonvencional. Que se basa en ficciones, como que el jurado representa a la sociedad, cuando en realidad los jurados no representan a nadie.
A la sociedad la representan quienes son elegidos por ella para eso y no doce sujetos investidos para administrar justicia por un sorteo. Como la ficción de que las instrucciones del juez letrado reemplazan o suplen a los fundamentos que el jurado no está obligado ni puede dar de su decisión.
Sigo pensando que este sistema es una regresión al oscurantismo -nadie conoce ni la deliberación ni los fundamentos de la decisión- y una negación de la transparencia de toda administración republicana y democrática.
Una negación del derecho de defensa y del derecho convencional a recurrir el fallo; negación dada porque no se sabe qué tuvo en cuenta el jurado para condenar. Y si hay absolución, y no puede haber apelación por parte de los acusadores, un método perverso para consagrar la impunidad.
Es cierto que en nuestra provincia hay una acendrada permeabilidad de los jueces. Los propios jueces que están en la cima de la "cadena alimentaria" lo reconocen. Pero eso no suple no ya la falencia particular de cada jurado, mayor o menor en cada caso, tampoco suple las severas falencias del sistema.
No se trata de confiar o no en la gente, sino en tener un sistema en cual se conozca porque se adopta tal o cual decisión; y no solamente que la decisión es tal porque el jurado así lo quiso y jamás podrá, deberá o tendrá que dar fundamento o razón alguna de esa decisión.
Venimos, y estamos saliendo lenta y trabajosamente, de un lustro en el cual "los gritos de la gente" y una impronta demagoga y amoral generaron situaciones y persecuciones al margen de la ley. Lejos está este sistema de garantizar justicia, aunque aparezca simpático y resulte útil para juntar votos.
La salud debe estar en manos de los médicos, las cirugías en manos de los cirujanos, y la administración de justicia debe estar en manos de los jueces. Y si estos no son buenos, tener un sistema de selección, control y remoción eficaz. No creo en los curanderos ni en los manosantas, y menos en los hechiceros de la tribu.
El autor es abogado.













