En los pasados años Yamil Dora ha publicado una serie de libros de poemas y de novelas breves, con los que ha construido un mundo personalísimo, inconfundible. A través de un estilo depurado y preciso, retrata y recuerda, describe sin sobreabundar y evoca emociones sin desbordarse. Su escritura de trazos leves dialoga con un mundo literario en el que conviven tendencias variadas, desde el distópico apocalíptico al romance, pasando por el neogótico, los realismos y las escrituras de vida. Justamente, la novela breve "La Africanita" (1) y los poemas de "Once" (2) se refieren a su vida sin ningún disimulo. Ofrecen detalles concretos de su pasado y de su presente, y aunque no sea ese su principal interés, tensan los conceptos de ficción y de referencialidad y construyen un personaje a partir de su persona. Como señala Alberto Giordano, mediante recursos y estrategias variadas los escritores que cuentan sus vidas comunican autofiguraciones, imágenes que reúnen diferentes miradas: la del autor sobre sí mismo, la que descifra como de otro sobre él, la que modela según cómo quiere ser visto. En una narración autobiográfica el autor es y a la vez no es el narrador-protagonista, y esto es algo que ningún pacto de lectura podrá resolver de manera definitiva.
El protagonista de la novela se ubica frente a la edificación donde funcionó el negocio familiar y dice, con la oración tersa que caracteriza a Yamil, "en esta casa cuando yo era chico funcionaba La Africanita, el cabaret de mi papá". En las primeras páginas establece lo que irá desarrollando en capítulos brevísimos: la naturalización de la ocupación del padre por parte del resto de la familia, los trabajos posteriores, la relación entre ambos, el rol del juego y del azar en sus vidas, la naturaleza de los hombres de la familia –alegre, violenta y cariñosa a la vez–; la hermosura de la madre, la desubicación de la maestra, la ubicuidad de la abuela; la vergüenza que le daba de niño que su padre tuviera un cabaret y el silencio de la madre, silencio que nunca se quebró; la omnipresente figura del padre, pícaro hasta para convertir, mediante un recurso envidiable de autoficción, su encarcelamiento por la presencia de menores en el cabaret en un secuestro político.
Mirá tambiénCertamen Nacional de Ensayos por los 450 años de Santa FeLa figura del padre persigue al protagonista, lo atormenta, lo obliga a definirse en relación a él. En los últimos capítulos esa comparación es ostensible e inevitable, casi un autoanálisis: se compara con él en lo físico, en las ocupaciones que eligió cada uno, en cómo han sido como padres. Y aunque su deseo parece ser diferenciarse, el texto revela una enorme cantidad de coincidencias, donde el protagonista admite que "(…) pasaron cuarenta años. Mi hija más grande tiene veinte y yo cincuenta. Que yo sea poeta es para mis hijas como que sea el dueño del cabaret. Cuando eran chicas las llevaba a pasear en su cochecito hasta que se dormían, íbamos de una punta a la otra de la ciudad. Cuando yo era chico mi papá también me llevaba a pasear en el Torino para que me duerma".
"Once", el libro de poemas, ubica al poeta en otro lugar: tal vez entiende mejor las cosas, vive en Buenos Aires, es escritor. Recurre a verbos en presente como venía haciendo en libros anteriores, a un presente que sirve para narrar un pasado que no termina de irse. Reconoce que es feliz a pesar de las sombras de las que no logra desprenderse. Hay tópicos que se reiteran en este libro, como el de la visita a los lugares de la infancia, la relación padre hijo, los juegos y los viajes. Las figuras de los varones de la familia siguen ahí, pero ahora brillan más las mujeres, su abuela, su madre, la mujer que ama, las hijas. Y en ese laberinto de relaciones aparece un poeta que ha aprendido a seguir adelante porque no hay alternativa, a seguir con la carga de los recuerdos y de los silencios elegidos.
La escritura nos ayuda a recuperarnos -perdón por la obviedad-, y en este caso también ayuda al narrador/poeta/ protagonista a acercarse a quienes teme perder, a quienes no puede retener consigo: los que se mueren, los que eligen la distancia. El proceso de recuperación de su padre en "La Africanita" lo lleva a decir: "A mi papá le decían El Bueno y no precisamente por bueno. Una vez, en un bar, un señor le dijo a otro señalándome, mirá, ese es el hijo del Rody Dora. Yo estaba leyendo un libro pero mientras leía los escuchaba. El señor que no me conocía dijo, mirá que suerte tuvo ese Turco que le salió un hijo bueno. Creo que estaba equivocado, yo no soy tan bueno ni mi papá era tan malo". En "Once", al hablar de sus hijas, que se mantienen distantes, dice que "no es fácil explicar / lo que pasa en el mundo / mucho menos / lo que me pasa a mí / cuando pienso en ellas".
Creo que uno de los logros de estos libros es que el autor no intenta lograr claridad ni promete una sinceridad absoluta. Cuando la escritura autobiográfica tiene esas pretensiones la brecha entre el narrador/poeta y el autor se ensancha y la autofiguración suena a hueco, a mentira. No es así en estos libros, que no muestran un conocimiento absoluto o inmóvil sino un devenir de pequeños descubrimientos: ambos se plantean como surgiendo del deseo de recordar y de explicarse, como formas de recuperar el pasado -y a su padre-, y traen consigo otro deseo, el de recuperarse como padre, el de recobrar el diálogo con sus hijas.
El barrio de Once le ha traído paz pero también un exilio que se asemeja al de sus abuelos inmigrantes. Lo han expulsado de la infancia, de la paternidad, de su ciudad natal -de alguna forma-, y ha construido su vida en otro lugar. Lo que aún lleva consigo es la tendencia al silencio y a expresarse mediante la escritura con este lenguaje contundente, sencillo y eficaz, un lenguaje rítmico y bello que consigue no dejar a nadie afuera. Nos reúne en los dolores y en los miedos compartidos, y lo hace lejos de las pretensiones del academicismo, de ambigüedades pedantes y de imágenes ampulosas, y cerca de quienes leen por gusto, con y sin recorridos lectores. Ese es su compromiso artístico e ideológico, al que adhiero y que aplaudo. Avanza hacia ese cometido con calma pero recto y veloz, siempre hacia adelante aunque mire atrás cada tanto, avanza como su padre le dijo que hiciera cuando le enseñó a andar en bicicleta. Así lo explica: "Un día tuve enfrente de mí una máquina de escribir y lo único que hice fue lo que me dijo mi papá, pedalear sin parar, para no caerme".
1) "La Africanita", nouvelle. CR Ediciones, 2022, 60 páginas.
2) "Once", poesía. La Gran Nilson, 2022, 64 páginas.
El autor y su obra
Yamil Dora nació en Casilda en 1971 y vive en Buenos Aires. Su poesía se publicó en revistas literarias de México, Chile, Puerto Rico, Francia y Estados Unidos, y también se tradujo al francés y al árabe. Ha publicado los libros de poesía "El ángel solo" (edición de autor, 2005), "Los barcos olvidados" (Ciudad gótica, 2007), "Una plaza, un niño y un poeta" (Plan Nacional de Lectura, 2009), "Como playa que se puebla" (Ciudad Gótica, 2009), "Un mar que existe" (Ciudad Gótica, 2013), "Un hombre encima del mar" (Ediciones del Dock, 2015), "El olor de las hormigas" (Palabrava, 2017) y "Once" (La Gran Nilson, 2022). También publicó las novelas "Los Lindos" (Lamás Médula, 2017), "Diez mil kilómetros de distancia" (Moglia Ediciones, 2019), "Por la vereda con sombra" (Palabrava, 2020 - Pro Latina Press, 2021) y "La Africanita" (CR Ediciones 2022).
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