El viejo coronel tenía un perro. Sentado en la galería de la casona, el perro miraba con ojos tristes al hombre postrado en su silla de ruedas. Cuando el coronel era joven y todavía revistaba en el ejército argentino, el perro lo recibía contento y lo seguía por toda la estancia.
Ahora el coronel andaba detrás del perro cuando se desplazaban por los senderos trazados en medio del parque, especialmente asfaltados para permitir la circulación del inválido. El coronel había perdido todo: la movilidad de sus piernas en el accidente y a su mujer; sus hijos ya no le escribían; su hermana había muerto; su único hermano estaba lejos.
Había perdido todo menos el cariño de su perro. El perro, al que el coronel había criado desde cachorro con severidad y disciplina, respondía a las voces del amo. Sit. Dame la pata. La otra. Wait. Vamos. A la cucha. Ataca. Respondía también a su nombre cuando el coronel lo llamaba.
¡Sultán! Seco y duro sonaba su nombre en la boca del coronel. También estaba el silbato. Cuando el perro se alejaba y correteaba entre los arbustos, el coronel hacía sonar su silbato y Sultán volvía corriendo, temeroso del castigo que se asociaba a la desobediencia: un golpe en el hocico con una vara de mimbre, que el coronel tenía siempre al alcance de sus manos.
Sobre todo, cuando salía a la galería a ubicarse junto al perro. Dos veces al día, el perro recibía su ración de alimento. Siempre el mismo recipiente, el mismo lugar, la misma cantidad, en un rincón de la cocina, muy cerca de su cucha, la única cucha que le habían brindado desde que llegó a la estancia como cachorro.
Era un perro entrenado para obedecer, con una única tarea asignada: hacerle compañía al coronel. Pero un día, cuando el coronel lo llamó, Sultán respondió con un ladrido. Un ladrido duro y seco. Fue la primera señal de que algo había cambiado dentro del perro. El coronel lo miró extrañado. Nunca le había ladrado antes.
No es que el perro no ladrara. Ladraba cuando perseguía a un gato o espantaba a las palomas. Ladraba cuando escuchaba algún galope desconocido que se acercaba a la estancia. Ladraba contento cuando el capataz lo invitaba a seguirlo, para que lo ayudara a arrear la tropa. Ladraba a manera de saludo, moviendo su cola, cuando la cocinera salía rumbo al gallinero para buscar los huevos.
Pero nunca antes le había ladrado al coronel. Unos días después, cuando el coronel le ordenó ¡Sit!, el perro permaneció parado y emitió un leve gruñido y, cuando el coronel exhibió la varita de mimbre, Sultán le mostró los colmillos y se alejó para echarse fuera del alcance del brazo del coronel, a la sombra de unas azaleas, bien lejos del sendero asfaltado por donde el coronel circulaba.
La cocinera notó que había días en los que la comida del perro amanecía intacta en el plato y el capataz lo encontró una mañana comiendo los restos de una gallina en uno de los galpones, el más alejado de la casa. Callados y diligentes, le ocultaron esa novedad al coronel.
Una tarde, el perro trajo entre los dientes la pata de un ternero y se puso a mordisquearla en la galería, justo antes de que el coronel se levantara de la siesta. La cocinera baldeó la galería para eliminar los restos y arrojó la pata en el pozo donde enterraban la basura. Sultán la dejó hacer sin mostrar demasiado interés.
Cuando el coronel salió, andando en su silla de ruedas, olfateó el aire, inquieto, y se instaló al lado del perro. La semana siguiente, a la tardecita, Sultán se negó a entrar a la casa delante del coronel y, cuando le dio la voz de mando -¡A la cucha!-, el coronel escuchó bien clarito que el perro le respondía con ladridos que sonaban como ¡A la cucha! ¡A la cucha! ¡A la cucha!
Entonces, por primera vez, sintió miedo de su perro. Había aprendido a ocultar sus miedos ante los demás hombres, mostrándose altivo, gritando más fuerte, endureciendo los gestos y las órdenes. Aún inspiraba temor a los peones, a la cocinera, al capataz…
Pero el perro no le tenía miedo, le hacía frente, gruñía ronco, le clavaba la mirada oscura, se afirmaba en sus patas y parecía a punto de saltarle encima. El coronel giró su silla, entró a la casa y cerró la puerta con fuerza, estampándola contra el marco. Las sombras de la noche ganaron terreno, invadiendo la estancia.
Desde la sala, el coronel llegó a ver la silueta de Sultán acercándose a la puerta, irguiéndose, apoyando sus pesadas patas en el picaporte. Después escuchó el ladrido ronco que parecía decir: ¡Ataca! El coronel no quiso cenar y durmió esa noche sin apagar la luz de su pieza.
A la mañana siguiente, la cocinera le sirvió el desayuno y se sorprendió cuando el coronel le pidió que le acercara la silla. Iba a salir temprano. El coronel tomó el silbato y la vara de mimbre. En la estancia, solo había lugar para un patrón.