

Para ser correcto, esta nota debería haberla escrito el ocho de marzo. Pero sucede que no suelo ser correcto y mucho menos en materia de fechas. Agrego a continuación: escribo esta nota para honrar a las mujeres. Desde mi exclusiva y personal perspectiva. Como mis errores y prejuicios. El tema es demasiado importante para reducirlo a una fecha. De todos modos, la fecha me importa. Toda fecha contiene símbolos, historia. El 8 de marzo en particular lo es. Su densidad histórica es conmovedora. Hablamos de luchas, de testimonios de sacrificios, de mártires. Desde 1857 a la fecha. Mujeres que salieron a la calle a luchar por sus derechos, por salarios dignos, por la salud de sus hijos, por la dignidad de su condición. Mujeres socialistas, anarquistas, liberales, que en absoluta minoría no vacilaron en defender su condición. En 1975 la ONU declaró que el 8 de marzo será el día de la mujer. No era una onomástico más. Mucho menos una jornada de fiesta. O el pretexto para regalar bombones. El reguero histórico está marcado por la desolación, el dolor, la muerte. ¿Qué reclamaban aquellas mujeres? Igualdad. El derecho a ser respetadas, a ser reconocidas. Por supuesto que era un reclamo justo. No olvidar. Hasta mediados del siglo veinte la mujer fue considerada una menor de edad. Le estaba negado todo. Ningún derecho, pero sí todos los deberes. Mi abuela murió sin haber votado. Tenía más de setenta años. Había criado hijos y mantenido a un marido que no era precisamente el primer trabajador, pero para la ley era una menor de edad. Para 1975 no tenía derecho a ejercer la patria potestad. Notable: una mujer, Isabel Perón, la vetó. La patria potestad compartida parecía ser un abuso a las buenas costumbres. Yo entonces tenía veinticinco años y las mujeres que eran mis amigas, mis compañeras de curso, no podían ejercer derechos civiles elementales para lo que hoy se consideran una sociedad civilizada. El país cambió, es verdad. Hoy jurídicamente la mujer dispone de los mismos derechos y deberes que los hombres. No es un dato menor. En las teocracias musulmanas la mujer sigue marginada, excluida. Y su vida depende del capricho del marido, del califa o del ayatolá de turno. El 8 de marzo es una fecha universal y por lo tanto pretendo que no se calle o no se oculte que millones de mujeres viven en la actualidad bajo regímenes políticos que las condenan a muerte.
Basta de teoría política y de historia. Quiero hablar de las mujeres desde mi exclusiva subjetividad. Hablo desde mi condición de hombre, heterosexual y sin eludir prejuicios. Lejos de la santidad, pero también lejos de la barbarie machista. Setenta y dos años de vida me permiten tomar cierta distancia incluso de mis propios errores. Si machismo se asimila a violencia, crueldad deliberada, regocijarse en ejercer la humillación y el sometimiento, instalar miedo y concebirse como superior moralmente e intelectualmente a la mujer, no soy machista. Si vamos a hilar más fino, admito que ciertos prejuicios, ciertas tradiciones, son muy difíciles de superar en un mundo y en una sociedad donde a los hombres nos educaron en ese atavismo infame de que debemos, vaya uno a saber por qué don del destino, someter a las mujeres. Al respecto siempre recuerdo la opinión de esa excelente escritora canadiense que es Margaret Atwood. "Los hombres temen que las mujeres se rían de ellas. Las mujeres temen que los hombres las maten". ¿Está clara la diferencia? ¿Y queda en claro por qué el machismo es infame y el feminismo, más allá de excesos, es justo? Podemos relativizar o atenuar la frase de Atwood, pero todos sabemos que en lo que importa es verdadera. Las cifras de femicidios así lo atestiguan. Si en 1975 junto con otros amigos hacíamos firmar petitorios estudiantiles reclamando la patria potestad compartida, casi medio siglo después continúo defendiendo los derechos de las mujeres sin desconocer que en ese campo que las incluye hay diversas posiciones, muchas de las cuales comparto y con algunas disiento.
No exagero si digo que soy lo que soy, para bien o para mal, con varios defectos y algunas virtudes, porque las mujeres han desempeñado un rol importante en mi vida. Y en algunos aspectos ese rol ha sido decisivo. Cultivo la amistad entre hombres, me gusta la mesa de amigos en el bar, la fraternidad masculina, pero la relación con la mujer es otra cosa. Una amiga, una amante, una compañera incorporan un afecto exclusivo. Hay percepciones, hay tonos, que solo se pueden conjugar con una mujer. Y el hombre que no reconoce esa virtud empobrece su vida. Sobre estas cuestiones no hay vuelta que darle: hay una sensibilidad femenina que enriquece, humaniza y en definitiva te hace más hombre. Insisto. Hablo desde mi lugar. Sé que existen otra perspectivas. Respeto a los gays y a las diversas alternativas que se presentan en el campo de la sexualidad. Las respeto como pido que respeten mis decisiones o mi destino. Para bien o para mal (creo que para bien) soy un heterosexual que necesita de las mujeres. Y esa necesidad va más allá de una cama o de un acto sexual. No creo ponerme demasiado confidencial si digo que a las mujeres les debo momentos exclusivos, únicos, irrepetibles, de felicidad. Y también momentos de dolor. La felicidad y el dolor. Nada más humano.
Las amo, las respeto, las admiro. Y me acompañaron toda mi vida. Mi vida real e imaginaria. Hablo de Penélope, de Antígona; hablo de Cleopatra y de Safo. Hablo de la Fornarina de Rafael, de la joven de la perla de Vermeer; de Jeanne, la amante desesperada de Modigliani. Hablo de la Laura de Petrarca y de la Beatriz del Dante. Hablo de la mujer que encarna la libertad en la célebre pintura de Delacroix, pero también hablo de madame Sevigné y de esa deliciosa intrigante que fue Lucrecia Borgia. Hablo de Virginia Woolf, de Carson McCullers, de Emily Dickinson. Y por supuesto de mis queridas Simone de Beauvoir y Oriana Fallaci. Hablo de Claudia Cardinale, la que baila con Burt Lancaster y lo deja plantado a Alain Delon; hablo de Anouk Aimée de "Un hombre y una mujer", y de la Jane Fonda y la Vanessa Redgrave de "Julia". Hablo de Jeanne Moreau en cualquiera de sus películas y de Ava Gardner leyendo la carta que en su honor le escribe el juez Bean. Hablo de Gena Rowlands, la de John Cassavetes, en el momento que saca la pistola de su cartera y balea a los mafiosos que la acechaban. Hablo de Angélica Huston nacida de un relato de Joyce y recordando delante de su marido un amor juvenil. Hablo de la mujer que llega a Turín y se aloja en un hotel, muy parecido al hotel donde luego se suicidará Pavese. Hablo de las madres que crea John Ford. Pienso en "Las uvas de la ira" y en "Qué verde que era mi valle". Hablo de Victoria Ocampo, cómo no hablar de ella; hablo de Alicia Moreau de Justo; hablo de Mariquita Sánchez y de la increíble Aurelia Vélez Sarsfield. Hablo de las sufragistas que en absoluta soledad salieron a la calle a defender derechos. Hablo -y perdón la confidencia y su inevitable tono tanguero- de mi madre, la primera mujer que irrumpió en mi vida. A su educación, a su amor, a su afecto le debo que la peste del machismo que impregna cierto sentido común de la sociedad no haya hecho estragos en mi vida.
Hay percepciones, hay tonos, que solo se pueden conjugar con una mujer. Y el hombre que no reconoce esa virtud empobrece su vida. Hay una sensibilidad femenina que enriquece, humaniza y en definitiva te hace más hombre.
A las mujeres les debo momentos exclusivos, únicos, irrepetibles, de felicidad. Y también momentos de dolor. La felicidad y el dolor. Nada más humano.