Significativa presencia de la mujer en una representación artística de la llegada de familias de inmigrantes a la Argentina. Fiesta Nacional del Inmigrante de Oberá, Misiones, año 2006.
La mujer gringa. Mujer inmigrante. Fue agarradera, secó lágrimas, limpió caritas sucias, sirvió de refugio a la timidez de los niños ante visitas, con el frío entibiaba sus brazos en él, quitaba el polvo de los enseres, desde los pastizales transportaba huevos y pollitos después de seguir el cacareo de las aves. Recogía los frutos que caían de los árboles -naranjas, higos, duraznos-. Fue canasto para llevar verduras, hortalizas, legumbres y aromáticas desde la quinta ¿sabían que el sofisticado ciboulette era el cebollino de antaño? y cuando se acercaba la hora de comer lo agitaba repetidamente y los hombres en los campos comprendían que el almuerzo estaba listo.
En "El delantal de la abuela", Pepita Calles Crespo nos invita "a recordar con nostalgia/ aquella imagen querida/ que aunque lejana en el tiempo/ en mi mente aún está viva". A su plancha la calentó directamente sobre el fuego, después la cargó con brasas. Elaboró manteca batiendo la nata extraída de la leche conservada en tachos y en moldes coladores fabricó quesos. Horneaba briselets, masitas delgadas y crocantes y waffles, con forma de panal que se comían untados. Tortas y otras confituras para bautismos y casamientos, al igual que la cerveza.
La carne aparecía en la mesa para dar fuerzas en las polvorientas trillas, al igual que el alcohol de caña como estímulo más que como motivo de sociabilidad. Se bebía con moderación, el vino tinto era señal de día festivo, llegada de un huésped, visita al pueblo. Se preparaban cuatro comidas, desayuno con leche con pan negruzco para ungir. A las 12 en punto, el almuerzo con sopa y puchero o guisados. La merienda se acercaba a campo traviesa, es que durante siembra y recolección, los colonos tenían 18 horas de labores agotadoras. La cena, como a las 6 de la tarde, era frugal, con café con leche, huevos, tocino y embutidos con pan casero del horno de barro.
José B. Pedroni, poeta santafesino 1899-1968 . Nació en Gálvez, vivió gran parte de su vida en Esperanza.
Con la posterior instalación de los negocios de Ramos Generales, que fueron abasteciendo según las necesidades, dejaron de traer tantas pertenencias. Allí se compraba de todo y todo suelto: harina, azúcar, yerba, fideos, masitas, contenidos en cajones grandes de madera con puerta rebatible semicilíndrica. ¡Eran tan hábiles los almaceneros en el arte de moldear y rematar con orejitas al papel del envoltorio de la mercadería! Las personas de distinta religión para casarse tenían que abjurar de su fe abandonar su creencia religiosa, mediante juramento .
Pero sucedió que a una pareja ni el sacerdote ni el pastor la quiso casar. Él, un herrero, católico, Alois Tabernig, austríaco de Tirol. Ella una suizo-alemana, hija de agricultores, protestante, Magdalena Moritz. Entonces lo hicieron en la plaza. A las 5 y media llegó el novio con traje dominguero, llevando a la derecha a la novia seguida por sus padres y dos amigos del novio actuando como testigos frente a parientes, muchos amigos y vecinos, bajo un árbol que había plantado -según costumbres de tribus alemanas- con un letrero: Árbol de la Libertad, acto y antecedente de la creación del Registro Civil de Santa Fe, el 1 de marzo de 1899.
Padecían prolongadas sequías, como bien lo refleja José Bartolomé Pedroni en uno de sus exquisitos poemas, "Canto a la lluvia", ya centenario, puesto que fue publicado en 1923: "¡Oh, lluvia, te espero! / ¡Y han pasado todas las noches de enero! / y tú no has caído. / Limpio está el aljibe y bajo el alero limpia la tinaja de barro vidriado, que espera".
Tuvieron que lidiar con las mangas de langostas que, en uniones de miles, llegaban de diciembre a febrero, espesas nubes que oscurecían la luz del día, en un frente de kilómetro de ancho y un fondo de 30 a 40 kilómetros. ¡Polífagas! Producían gran estridencia. En vuelos largos digerían brotes, retoños, cortezas, tallos tiernos de trigo, maíz, lino, las hojas de los árboles menos las del paraíso de origen chino. Trituraban mieses, cortinas, manteles, servilletas, sábanas, colchas, blusas, lienzos almidonados.
¡Tan móviles! De noche se oía a las ramas desgajarse por el peso de los crustáceos posados, las gallinas que las comían daban huevos con un olor nauseabundo. Se construían zanjas cercadas por chapas de zinc lisas alrededor de donde se posaban y desovaban: cada una, 90 huevos, hasta seis veces. A los cuarenta días nacían las saltonas que ni las hogueras detenían. Si caían en las zanjas las cubrían con tierra o las quemaban con lanzallamas a kerosene y creolina. El gobierno recompensaba con 80 centavos cada 40 kilogramos de insectos entregados, que no dio resultados pues las personas encargadas se corrompían aceptando coimas de quienes no las combatían.
Algunas llegaron grávidas, como bien recuerda el poeta galvense a Ana, "la mujer de Schneider", que "en madurez de espera", según versos descriptos en "Nacimiento de Esperanza". Allí dice: "Este, fogoso, es Schneider/ el hacedor de estrellas/ ¡Vengan a ver mi yunque;/ oigan como gorjea!/ y esta es Ana, su mujer,/ en madurez de espera./ Una calandria la enamora./ Niño varón ha de nacer de ella./ En el cuerpo del niño/ se pegará la tierra".
Pedroni también expone dulcemente estos recuerdos sobre la mujer gringas, inmigrante, en "Maternidad", de 1925, donde describe que " … En un silencio que me sabrá a ternura/ durante nueve lunas crecerá tu cintura / y en el mes de la siega tendrás color de espiga / vestirás simplemente y andarás con fatiga /y el hueco de tu almohada tendrá un olor a nido… y a vino derramado nuestro mantel tendido.// Y un día, un dulce día, con manso sufrimiento / te romperás cargada como una rama al viento / y será el regocijo de besarte las manos y de hallar en el hijo / tu misma frente simple, tu boca, tu mirada / y un poco de mis ojos, un poco, casi nada … ".
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