El municipio está terminando de definir el nuevo Plan de Nocturnidad, una ambiciosa (aunque demorada) propuesta para ordenar las distintas actividades nocturnas en la ciudad de Santa Fe. Hay un esquema de reuniones con los actores involucrados (bolicheros, dueños de bares y referentes de las propias vecinales) para tratar de construir un documento lo más consensuado posible, para que luego llegue al Concejo.
La noche santafesina, un ecosistema social difícil de regular
La Municipalidad de Santa Fe se encuentra elaborando el proyecto de ordenanza sobre el nuevo Plan de Nocturnidad, que pretende ordenar la actividad de bares, locales gastronómicos y boliches. Lo ideal y lo real, hoy en veredas opuestas.

Pasaron 13 años desde la declaración de la Emergencia Nocturna en esta capital (fue en 2009), decisión que se tomó para sacar a los boliches de la Recoleta y llevarlos a un lugar "alejado", es decir, cruzando el Puente Oroño y a la vera de la ruta 168. En ese entonces, eran noticia todos los fines de semana casos de personas heridas, golpeadas, alcoholizadas… El lugar era "tierra de nadie", para padecimiento de los vecinos de ese sector del macrocentro.
Ahora bien, con el paso del tiempo, lo que aquello fue una "solución" ahora parece haberse transformado en una batería de nuevos problemas: el boom gastronómico en Candioti Norte y Sur y en Siete Jefes, la enorme cantidad de bares y cantinas, sumado al auge de los paradores bailables ubicados en la Costanera Este reconvirtieron la fisonomía de estos barrios.
El borrador en el que trabaja el municipio para intentar ordenar la noche santafesina cuenta con tres conflictos neurálgicos a resolver: primero, el uso del espacio público; segundo, los ruidos molestos, y tercero los horarios. "Hay otros problemas, pero éstas son las tres variables que más inciden en la nueva nocturnidad", le dijo días atrás a El Litoral el secretario General municipal, Mariano Granato.
Por partes. Respecto del espacio público, los vecinos que viven cerca de bares y pubs se cansan de quejarse de la suciedad que dejan los asistentes de éstos, desde botellas rotas hasta incluso marcas de orina en las fachadas de los domicilios. Ni que hablar de los ruidos en algunos casos ensordecedores, que se extienden hasta cerca de las 3. Aquí aparecen dos elementos: la inconducta social y la necesidad de una mayor fiscalización de las horas tope de cierre.
En los boliches de la 168, la cosa está más complicada. Sobre este punto, "allí es importante regular los horarios de funcionamiento, y terminar de realizar la infraestructura que se necesita en la zona de los boliches. Requiere una inversión muy grande y no es el momento de obligar a los empresarios a realizarla", apuntó Granato. Es comprensible, ya que los bolicheros estuvieron sin trabajar casi dos años.
Entre lo "ideal" y lo "real", este diario reunió el testimonio de dos jóvenes que asisten habitualmente a estos locales bailables (quienes pidieron reserva de sus nombres). La descripción de qué pasa en las confiterías fue totalmente coincidente: "En la zona de boliches falta iluminación y falta control en el acceso. La calle de entrada/salida es un peligro porque todos circulan caminando por donde deberían andar los autos: parece un paseo peatonal. Las veredas se usan, pero es tal el desborde de gente que éstas no son suficientes. No hacen controles de alcoholemia, ni siquiera piden el pase sanitario", contaron. Falta control e infraestructura básica, como poner más luminarias.
El otro problema es el sector para dejar los vehículos: "En ese lugar no hay una sola luz; ni siquiera funciona el estacionamiento medido para poder dejar tu auto con seguridad. Esto se traduce en un peligro para todas las personas que asistimos. Los cuidacoches ponen una 'tarifa', y hacen que dejes el auto en cualquier lugar: muchos los estacionan como pueden a los costados de la callecita de entrada", narraron. Otra vez, falta infraestructura básica: iluminación y mejor disposición de los espacios de estacionamiento.
En el sector de paradores, el tema está un poco más organizado, al parecer. "Hay buena iluminación. Generalmente se hacen controles en el acceso a la calle de la Costanera Este. Hay cuidacoches (y piden tarifa), pero están más organizados los espacios de estacionamiento, al menos se puede dejar con más comodidad y seguridad el auto. No hay horarios de ingreso pero el horario de salida sí se cumple: todo corta a las 5.30", dijeron los chicos consultados. El gran problema aquí son los ruidos molestos.
La noche es un ecosistema social indómito, algo salvaje, difícil de ponerle un manto de organización y regulación mínima. Habrá que ver qué curso toma la letra fina del plan de nocturnidad del municipio, pero en principio y de momento no vendrían a mal pequeñas acciones realistas y alcanzables, como colocar más luz, echar mano a mejoras en infraestructura, acaso también más control en los horarios de cierre, sobre los decibeles sonoros y la observancia a los horarios de cierre. Acortar la brecha entre lo ideal y lo real sería una primera buena medida.








