Rogelio Alaniz
Se cumplen catorce años del asesinato de José Luis Cabezas, el fotógrafo de la revista “Noticias” que el 25 de enero de 1997 fue encontrado muerto en una cava cercana a Pinamar. El cadáver estaba en el auto o en lo que quedaba de él. Sus asesinos lo habían esposado y le habían descerrajado dos tiros. Murió en el acto, pero antes los sicarios se dieron el gusto de propinarle una buena paliza. No había ningún secreto que arrancarle. Lo golpearon por placer, porque seguramente disfrutaban haciéndolo. Después de cumplir su faena incendiaron el auto con el cuerpo adentro. El reloj pulsera de Cabezas se detuvo a las cinco y cuarenta de la mañana. Minutos más, minutos menos, es probable que ésa haya sido la hora de su muerte. Ese domingo yo estaba en LT10 haciendo mi programa de radio cuando llegó la noticia. Recuerdo que al enterarme de los pormenores del crimen, lo primero que se me ocurrió decir fue: así mata la policía.
José Luis Cabezas hacia cuatro años que trabajaba en Pinamar durante la temporada de vacaciones. Su mujer, María Cristina Robledo, era de allí, y tengo entendido que su hija Candela también había nacido en esa ciudad balnearia, ciudad que para esa época era una suerte de Meca del cholulismo menemista.
Un año antes de su muerte, la foto que le había sacado a un esquivo Alfredo Yabrán paseando con su esposa por una playa de Pinamar, se había transformado en la principal noticia del país. El empresario que acababa de ser denunciado por Domingo Cavallo como el jefe de la mafia, había levantado un imperio evaluado en cuatro mil millones de dólares haciendo negocios con el Estado y corrompiendo a políticos y funcionarios.
Una de las claves de su poder era su anonimato, su invisibilidad. A él se le atribuye haber dicho que el poder es impunidad. Cierto o no, lo seguro es que al momento de iniciarse el drama era el hombre más poderoso y más invisible de la Argentina. Por lo menos así lo creían él y quienes se enriquecían a su lado o disfrutaban de sus generosos préstamos.
Inteligente, despiadado, implacable, discreto, reunía todas las condiciones de un jefe mafioso. No tuve el gusto de conocerlo, pero sí alcancé a tratar a algunos de sus colaboradores que regenteaban el hotel cinco estrellas “Arapacis” con la flema y el estilo de rufianes de prostíbulos de los bajos fondos, conclusión a la que se arribaba después de haber intercambiado algunas frases con ellos.
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