Por Alejandrina Argüelles

Nos encantaba ese tiempo, envuelto en ritos sin premuras, en exquisitos aromas, en calor y humedad que sabían a gloria porque ya no había clases. Diciembre venía con todo eso.

Por Alejandrina Argüelles
Nos sentábamos a mirar el cielo, de un azul casi negro, para ver la Estrella. De paso, papá nos mostraba constelaciones, nos decía sus nombres, nos insinuaba las distancias siderales, nos convencía de que la Luna tiene una doble cara y que el mundo gira aunque no nos percatemos de ello. Lo hacíamos casi todas las noches de diciembre, que era el tiempo esperado.
Nos encantaba ese tiempo, envuelto en ritos sin premuras, en exquisitos aromas, en calor y humedad que sabían a gloria porque ya no había clases. Diciembre venía con todo eso, y confieso no haber oído a ningún grande quejarse, como lo hacemos hoy, porque "llegan esas odiosas fiestas".
Parece que era el buen tiempo para todos. Recibíamos ese mágico mes con el gran rito: armar el Pesebre. El nuestro tenía figuras de yeso pintado, de muy buen trabajo artesanal y cuya cantidad se acrecentaba año a año. Los preparativos empezaban en la casa de abuela (que conservó ese nombre aunque a ella casi no la conocimos). Una casa de puertas sin llave, en la que el máximo lujo era el espacio y las personas más importantes eran –por tradición familiar- los chicos: todo un reino para nosotros. Allí, en el segundo patio, enorme y sombreado de glicinas, camuflábamos hojas de papel madera con pinceladas de témpera verdosa, cortábamos pasto, fabricábamos pinos diminutos, encendíamos con estrellitas de aluminio lo que sería el cielo, transformábamos un burdo cartón en la Estrella de Belén y hacíamos despertar de su hibernación a todas las figuras sacándolas de su cuidadoso envoltorio y dándoles algún retoque.
Éramos pequeños dioses dando vida a su creación, dirigidos suavemente por nuestras tías: Aurora, que impedía algún sacrílego invento de nuestra parte; Raquel daba el toque artístico y Esther nos proveía de torrejas de pan y almíbar, dulce de sandía o algún otro manjar.
Luego, ya en casa, armábamos en un rincón del living la infraestructura que abarcaba casi media habitación: allí iban a parar la sillita alta de comer, el escritorio donde estudiábamos de marzo a noviembre, cajones de manzana, la escalerita para subir a la camilla del consultorio, una mesa, los sillones del patio... También ingresaban lámparas de pie para destacar la escena, veladores que se convertirían en fogatas de papel celofán, baldes que serían el Mar de Galilea, espejos que simularían el lago Tiberíades y un complejo sistema de mangueras con el que mi hermano lograba una increíble cascada. A esa altura intervenían también papá y mamá, un poco por disfrutar, otro poco para evitar que nuestra creatividad claveteara algún mueble importante, o que la harina que desparramábamos con entusiasmo sobre la escena se convirtiera en un alud que arrasara con todo el living.
Y se producía el milagro de esta creación: dando marco a los protagonistas del Nacimiento custodiados por un arcángel (que pendía de un hilo invisible y se mecía con sus enormes alas) montañas, nieve, valles, hondonadas, desiertos, lagos, frondas, la famosa cascada, luces por detrás de la escena, pueblos de casas de piedra, pastores en torno al fuego –papel celofán rojo con una luz intermitente por abajo-, la samaritana con el cántaro, gallinas, ovejas en cantidades industriales cuidadas por los perros, en tanto sus dueños se acercaban a la gruta, admirados casi tanto como los amigos que venían a ver nuestra pequeña maravilla. Había senderitos entre el pasto hechos con diminutos mosaicos italianos que habíamos encontrado en una demolición. No tenían nada que ver, como tampoco mucha de la fauna y flora que, como en el Edén, convivían pacíficamente: penachos de ananá nevados, tigres y leones en las alturas del Golán, jirafas y vacas pastando cerca de la casa de Poncio Pilatos, patos y cisnes nadando sobre el hielo espejado muy cerca del desierto, figuritas de aldeanas suizas en las puertas de las casitas.
Y a lo lejos, desde oriente, los Tres Magos que día a día ayudábamos a acercarse para que estuvieran a tiempo, justo el 6 de enero, frente a la gruta.
Mientras llegaba el Día en que, sin ninguna duda, veríamos brillar la Estrella mucho más que las otras, nos dedicábamos a visitar otros Nacimientos de las iglesias o de amigos y parientes, y ensayábamos nuestra estelar actuación en el pesebre Viviente que representábamos en el Parque del Sur, totalmente posesionados.
Costaba mucho desarmar el Pesebre. Aquí se daba a la inversa del dicho popular: era más difícil deshacerlo que construirlo. Por un lado, porque había que poner cada cosa en su lugar; por otro porque era señal de que el tiempo fantástico se había acabado. Aunque empezaba enero que traía otra magia, la de los veranos libres, de arroyo, caballo, arena y amigos rinconeros. Pero el rito, el mito y el milagro deberían esperar un año más.
Hasta que una vez, luego de un largo año, en esos once meses dejamos de creer, de esperar la Estrella y no armamos más el Nacimiento y su escenografía ingenua y fantástica. Y poco a poco fuimos simplificando, usando el tiempo para comprar regalos y hacer paquetes y moños en vez de cielos y montañas.
He estado buscando algunas de aquellas figuras para armar otra vez aquel pesebre, queriendo aquietar esta maldita nostalgia, como si al recuperarlas pudiera recuperar el tiempo. Pero me acordé que fue en ese último año en que dejamos de creer en milagros.
Diciembre de 1994
Nos encantaba ese tiempo, envuelto en ritos sin premuras, en exquisitos aromas, en calor y humedad que sabían a gloria porque ya no había clases. Diciembre venía con todo eso.
Costaba mucho desarmar el Pesebre. Por un lado, porque había que poner cada cosa en su lugar; por otro porque era señal de que el tiempo fantástico se había acabado. El rito, el mito y el milagro deberían esperar un año más.