Por Dr. Andrés G. Luccisano (*)

"Conducta Apoptótica Reactiva al Contexto", puede ser aplicado para visualizar un neo flagelo que se incrementó en los últimos años dentro de la población general y que en este tiempo de pandemia lo hemos visto crecer exponencialmente sobre todo en los jóvenes.

Por Dr. Andrés G. Luccisano (*)
La "Apoptosis" es una palabra latina que significa etimológicamente "caída o desprendimiento", siendo utilizada en la biología celular para hacer referencia a la capacidad que tienen los organismos, tejidos o las mismas células de limitar su vida y actividad en función de evitar males mayores. Es decir, corresponde a un programa interno de activación genética o inducida por el medio que le permite a cada célula eliminarse para evitar un mayor problema para el tejido, órgano o sistema. Un ejemplo de esto se ve en las células expuestas constantemente a estímulos nocivos como el estrés, debilitando y haciendo que no pueda lograr cumplir su función establecida, por lo que de persistir funcionando, no beneficia a ese tejido u órgano sino que lo perjudica, y a modo de defensa la misma célula desencadena apoptosis o autoeliminación celular. Algunos también llaman a este fenómeno como muerte celular programada. La falta de esta "apoptosis" la vemos en los casos de neoplasias (tumores) donde estos mecanismos de control y regulación fallan, produciendo un sobrecrecimiento celular que da lugar a masas tumorales y metástasis.
Pero este concepto de apoptosis, hoy puede ser aplicado para visualizar un neo flagelo que se incrementó en los últimos años dentro de la población general y que en este tiempo de pandemia lo hemos visto crecer exponencialmente sobre todo en los jóvenes, y tiene que ver con las ideas, la planificación, la intención y la acción de autoeliminarse.
Los que trabajamos en la salud mental infantil, observamos con frecuencia que muchos adolescentes atraviesan momentos de incertidumbre, de pérdida y de falta de motivación. Por las medidas epidemiológicas se han limitado sus actividades sociales, escolares y recreativas pero se puso baja atención al impacto actual y futuro que esto podría llegar a tener en el bienestar integral biopsicosocial. Un ejemplo claro es entender la escuela como establecimiento de concurrencia para el refugio social y el aprendizaje de estar con otros, y no solo como institución educativa. Nos resulta curioso escuchar a los adolescentes decir que la extrañan y verlos angustiarse sobremanera cuando deben entrar en aislamiento por las burbujas escolares.
Sucede que en las consultas escucho frases como "no sé para qué hago lo que hago", "para qué estudio si total paso igual de año" dando la sensación de haber perdido el leitmotiv que estimula la concreción del objetivo; pero también se advierte un aumento en la deserción de actividades no solo escolares, lo que me hace pensar en la ausencia de motivación para proponerse nuevas metas y hacer cosas. Esta "desmotivación" o baja intención, a mi entender, se trata de la anulación del "deseo", que bloquea gran parte la acción de la fantasía, la rebeldía y el disfrute como motores del deseo, características que -además- son distintivas de estas edades. Intuyo que las fiestas (como las de quince o de fin de curso), las "previas", el boliche, los viajes grupales o de egresados, las prácticas deportivas, todas actividades que los adultos relativizamos, ocupan un lugar de fundamental interés en este grupo y funcionan como motores para el sostén del día a día, colaborando en la construcción de un mañana. En definitiva, puedo asegurar que el deseo mueve todo, que sin deseo no tenemos nada y sin ese nada toda nuestra capacidad creativa y de acción se acalla y queda relegada en un "sobrevivir a la deriva".
Es el o los deseos lo que mueve a todos a crecer, a hacer, a sentir y por lo tanto a vivir. Desear implica ponernos metas conscientes o inconscientes que operan como motor de nuestra energía vital para una inversión futura de los sueños que hoy estamos construyendo. A medida que crecemos esos deseos juveniles se van concentrando y suelen enfocarse en disciplinas puntuales pero sin olvidar que cuando fuimos adolescentes deseábamos ser mejores. Hoy ese universo infinito de fantasías y posibilidades está aislado, sin que sepamos cuándo esto acabará, desconcierto que despierta miedo y ansiedad.
Para tomar dimensión de lo que digo, vale pensar en la siguiente lógica: dos años en la vida de una persona de doce años corresponde a más del 15% de su vida entera y todo lo que ha vivido, porcentaje que aumenta en la medida que las edades son más tempranas. A esto se le suma que en la experiencia colectiva adolescente de la actualidad -generación digital-, lo instantáneo es la forma de vida; sin embargo el "esto va a terminar en algún momento" es la única respuesta que podemos ofrecer sin precisar cuándo y cómo. En conclusión, parecería que solo queda incertidumbre.
La pérdida de cotidianidad que llevó a la falta de deseos de los jóvenes sin una perspectiva temporal clara ha generado un increíble aumento de las consultas psiquiátricas y un aumento en síntomas o trastornos anímicos, ansiosos y de la conducta alimentaria, entre otros. Las alarmas en la familia se encienden cuando detectan la baja adherencia a la escolaridad virtual tanto en el desempeño como en la conexión, gran alteración en las rutinas diarias (inversión o cambios en las horas de sueño, desorganización con la alimentación o falta de higiene); podemos ver también más dificultades en los vínculos sociales y familiares, y por último, y más grave, un notable incremento en los casos de ideas de muerte, plan suicida y/o acción autolítica.
Debido a esto introduje la idea de conducta apoptótica reactiva al contexto: tenemos un contexto adverso cronificado de incierta temporalidad que genera una respuesta emocional / anímica y posterior conducta de autoeliminación ante la limitación en la capacidad de desear, fantasear, soñar y disfrutar, despertando una sensación de una existencia abúlica y apática con un alto malestar interno llevando a la desidia transformada en un grito sufriente que necesita ser callado o pausado a como dé lugar.
Por eso hoy más que nunca tenemos que abrir los ojos y estar atentos, mirar a los jóvenes, cuidarlos, escucharlos y validarlos. Hoy nos necesitan como nunca y nosotros los necesitamos como jamás lo imaginamos porque ellos son el futuro, son los que siguen y sin su capacidad de desear, de idealizar y de imaginar sería difícil pensar un futuro distinto.
Hoy es imprescindible que reconozcamos a la comunicación como el principal mecanismo de defensa y cuidado de las relaciones, que aprendamos el diálogo de las emociones, de entender su diversidad en la experiencia sin connotarlas como malas o buenas porque saber darles lugar es poder acompañar en esta experiencia emocional. Es necesario que les digamos que tienen razón en sentirse así, que estar tristes, tener miedo o estar enojados no es algo malo y ayudarlos a tomar control sobre estos sentires. Hoy es fundamental dejar de lado las altas expectativas adultas sobre los jóvenes siendo clave que les inyectamos esperanza y ganas de volar desde la creatividad, desde la empatía, la compasión o la escucha asertiva.
Ya es momento de poner valor primario a los sueños, a los deseos, al futuro pero sin que suene a utopía. Es tiempo de pensar que todas las cosas tienen ciclos, tanto de inicio como de fin y que también lo bueno como lo malo empieza y termina; este momento no será la excepción.
Se nos presenta ahora la oportunidad, no de aguantar y ver hasta dónde podemos contenernos, sino de pensar en el largo plazo invirtiendo en solidez educativa, social y emocional individual pero también de pensarnos de manera colectiva. Es fundamental ponernos en clave de anticipar, planificar y organizar para comenzar a trabajar sobre las necesidades presentes y el miedo al futuro impredecible, armando así planes a corto y largo plazo, ordenando los esfuerzos de todos juntos en el ahora con una mirada transversal hacia el mañana.
Necesitamos que los jóvenes, los adolescentes y las próximas generaciones crean, confíen y sueñen más despiertos que nunca un mundo nuevo, diferente al que soñamos alguna vez pero definitivamente mejor.
(*) Médico Pediatra especialista en Psiquiatría Infanto Juvenil. M.N. 122284. Co-fundador de LEGAMI Recursos en Salud.
A medida que crecemos los deseos juveniles se van concentrando y suelen enfocarse en disciplinas puntuales pero sin olvidar que cuando fuimos adolescentes deseábamos ser mejores. Hoy ese universo infinito de fantasías y posibilidades está aislado.
Tenemos que abrir los ojos y estar atentos, mirar a los jóvenes, cuidarlos, escucharlos y validarlos. Hoy nos necesitan y nosotros los necesitamos porque sin su capacidad de desear, de idealizar y de imaginar sería difícil pensar un futuro distinto.