Rogelio Alaniz
Una historia posible del peronismo es la que se podría escribir acerca de las tensiones entre el poder sindical y el liderazgo político. Desde 1946 a la fecha esa contradicción estuvo presente y el propio Perón se vio en serias dificultades para resolverla. Las primeras dificultades las tuvo con Cipriano Reyes; después los problemas los presentó Evita que se apoyaba en el poder sindical y creaba permanentes fricciones con las fuerzas armadas. Muerta Evita, Perón ajusta cuentas con el jefe de la CGT, José Espejo, con su cuñado, el “tarambana” de Juancito y con los exponentes más notorios de la claque organizada por su esposa.
En realidad, Perón hubiera querido un movimiento obrero más dócil y más sometido a la lógica teórica de la comunidad organizada. Si los empresarios argentinos en 1944 le hubieran aceptado su propuesta de acuerdo corporativo entre propietarios y trabajadores, acuerdo corporativo que, por supuesto, lo incluía a él como mediador, es posible que Perón no se hubiera visto obligado a radicalizar con consignas combativas al movimiento obrero, único camino que le dejaron abierto los empresarios con su negativa a acompañarlo.
“Bombero piromaníaco”, calificó el historiador Alain Rouquié a este Perón que por un lado promovía el incendio social y por el otro se presentaba como garante del orden. Han pasado más de sesenta años de aquellos acontecimientos y, sin embargo, la metáfora de Rouquié continúa iluminando con resplandor propio las singulares relaciones que por ejemplo- han establecido los Kirchner con el movimiento obrero peronista presentándose como los únicos políticos capaces de controlarlos, una destreza que se complementa con su contrapartida: son también los únicos capaces de movilizarlos contra enemigos o blancos precisos.
El escenario del 2011 tiene poco que ver con el de 1945, pero algunas constantes estructurales relacionadas con la gestión del poder se mantienen. Por un lado, el poder político necesita de los dirigentes sindicales, recurre a ellos para asegurar la paz social y, por el otro, le temen, recelan de sus aspiraciones y desbordes. Las fricciones se traducen para cada época con su propio código de intereses, pero lo que persiste es una singular cultura política para administrar esta relación, el signo de esa cultura se llama peronismo.
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Crónicas de la historia
Peronismo y movimiento obrero
Por Rogelio Alaniz. Una historia posible del peronismo es la que se podría escribir acerca de las tensiones entre el poder sindical y el liderazgo político. Desde 1946 a la fecha esa contradicción estuvo presente y el propio Perón se vio en serias dificultades para resolverla.

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