Contar, narrar, referir, leerles a los chicos, es como vacunarlos para que resistan embates de la vida diaria. No es real y tampoco cierto, que la niñez y luego la adolescencia sean etapas de la vida que trascurren en total felicidad y sin problemas. Ni antes, ni ahora. Y la literatura infantil y juvenil (la LIJ para sus amigos), tiene un valor inmenso en la formación de la persona que crece. Aún antes, son las canciones de cuna, un calmante, un somnífero, un adaptógeno ideal para calmar el berrinche, para el esquivo sueño que tarda en llegar. Incluso cantarle a la panza, logra efectos maravillosos para la madre y el bebé.
Pero cuando elegimos el cuento que le leeremos al voraz oyente, debemos escoger que sea literatura y no un refrito de algún famoso cuento tradicional. Se les da el nombre de cuentos de hadas, aunque el elemento feérico no aparezca en ellos y quien hace un estudio salvador de los cuentos clásicos es Bruno Bettelheim en su libro "Psicoanálisis de los cuentos de hadas" y como psicólogo que fue, los definió como "un espejo mágico que refleja algunos aspectos de nuestro mundo interno y de las etapas necesarias para pasar de la inmadurez a la madurez total". Defiende a ultranza la forma en la que fueron escritos o recuperados de la tradición oral, aunque a los adultos nos parezcan a veces crueles.
Bettelheim asegura, y lo documenta, que le muestran al niño que por más que el personaje atraviese duros momentos, al final logra alzarse victorioso. Cuando se ocupa de la Caperucita Roja, hace un exhaustivo estudio de todo el simbolismo que encierra. De ese lenguaje simbólico que utilizan los cuentos de hadas (¡aunque no las tengan!) en el caso de Caperucita, la capa con caperuza que lleva la púber, el bosque, el color rojo... todo nos va señalando la posible edad de la protagonista, y el porqué es un lobo y no otro animal el que la acecha.
El color rojo nos traslada al color de la menstruación. Es el color y el olor a hembra joven el que atrae al peligro. Caperucita es una niña entre los doce y los catorce años y allá lejos en el tiempo, como en el actual, existe el riesgo. Edad de descubrimientos, de temores pero atracción por pequeñas desobediencias, en lugar de ir por el camino más corto, es más seductor el bosque, con flores y mariposas. Y hoy, Caperucita, también puede llegar a recorrer ese bosque. El del peligroso mundo de las redes sociales, donde puede estar agazapado el lobo, mintiendo sobre su edad y sus intenciones.
La computadora y el celular son la puerta abierta para que el lobo se asome a espiar. Y luego del prolongado encierro de tamaña cuarentena que nos impuso aquél gobierno, todos deseábamos respirar el aire exterior. La cuarentena y además ahora que papá, mamá y hasta los abuelos deben salir a trabajar, intentando llegar a fin de mes, son las redes sociales las compañeras de niños y jóvenes, por eso, contar desde la infancia estos cuentos salvadores, tienen el valor de una vacuna, son antilobos, de ésos disfrazados de solaz y espaciamiento.
¡Cuidado entonces, porque el lobo vuelve a atacar!
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