Este domingo, 15 de febrero de 2026, se cumplen 215 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, a quien reconocemos como "El Maestro de América". Pero… ¿cuánto sabemos de Sarmiento como alumno? Él mismo, en su obra "Recuerdos de provincia", publicada originalmente en 1850 en Chile, dice (*):
"Yo he nacido en 1811, el noveno mes después del 25 de Mayo, y mi padre se había lanzado en la revolución y mi madre palpitado todos los días con las noticias que llegaban por momentos sobre los progresos de la insurrección americana. Balbuciente aún, empezaron a familiarizarse, mis ojos y mi lengua con el abecedario (…)"
Desde muy temprana edad Domingo fue "alumno" de su padre, José Clemente Sarmiento, y su tío José Manuel Eufrasio Quiroga Sarmiento, quienes le enseñaron a leer a los cuatro años.
Su educación formal comienza a sus cinco años, el 22 de abril de 1816, cuando ingresa como alumno en la "Escuela de la Patria", en San Juan, junto con otros cuatrocientos niños de todas las edades. Las Escuelas de la Patria fueron creadas por iniciativa de Manuel Belgrano en 1815.
En San Juan fue el teniente gobernador, José Ignacio de la Roza, quien las funda. Allí es Ignacio Fermín Rodríguez, nacido y formado como docente en Buenos Aires, el maestro de Domingo Faustino. Por eso, toda su vida, Sarmiento recordará con admiración y gratitud a su maestro. En nuestra ciudad de Santa Fe, en su honor, la Escuela Primaria N° 884, lleva su nombre.
"El sentimiento de la igualdad era desenvuelto en nuestros corazones por el tratamiento de señor que estábamos obligados a darnos unos a otros entre los alumnos, cualquiera que fuese la condición, o la raza de cada uno; y la moralidad de las costumbres estimulaban la el ejemplo del maestro las lecciones orales, y castigos que sólo eran severos y humillantes para los crímenes (...)"
"En aquella escuela, de cuyos pormenores he hablado en Civilización y Barbarie, en Educación popular, y conoce hoy la América, permanecí nueve años sin haber faltado un solo día bajo pretexto ninguno, que mi madre estaba ahí, para cuidar con inapelable severidad de que cumpliese con mi deber de asistencia" (Sarmiento, "Recuerdos de Provincia")
Por 1825, Bernardino Rivadavia, que no había llegado aún a la presidencia de la Nación, se desempeñaba, no obstante, en funciones de gobierno y había solicitado que cada provincia enviara sus seis mejores estudiantes a Buenos Aires. Becados por el Estado, continuarían allí su instrucción, en el prestigioso Colegio de Ciencias Morales.
Rivadavia también pedía que, aunque pobres, los chicos proviniesen de familias decentes. Sarmiento lo era claramente, siendo el más aplicado alumno de su provincia. Había sido, incluso, proclamado "primer ciudadano" de la "Escuela de la Patria", la mejor de San Juan y una de las más destacadas del país:
"Empero -escribe en sus "Recuerdos de provincia"- se despertó la codicia de los ricos (…) y hubo de formarse una lista de todos los candidatos; echóse a la suerte la elección, y como la fortuna no era el patrono de mi familia no me tocó ser uno de los seis agraciados. ¡Qué día de tristeza para mis padres aquel en que nos dieron la fatal noticia del escrutinio! Mi madre lloraba en silencio, mi padre tenía la cabeza sepultada entre sus manos".
El haberle negado la posibilidad de continuar con su educación formal marcó su vida, y aunque Sarmiento no habla de su dolor en forma personal, solo del de sus padres, esa exclusión lo marcó para siempre.
La injusticia que sintió y vivió en ese momento despertó en él la necesidad de afrontar el desafío de superar, no solo en lo personal, la subyugación que implicaba el no contar con un sistema educativo plural, democrático y no excluyente.
El haberle sido negada la posibilidad de continuar con su educación formal fue determinante en su empeño por la educación pública y popular que desplegó durante todo el resto de su vida.
Esa necesidad impostergable y vital de generalizar la educación como forma acabada de emancipar y así liberar un pueblo, marcó su camino académico y político. Desde entonces, Sarmiento estudió solo, fue autodidacta y se abocó a reparar la injusticia vivida.
Esa mala experiencia lo llevó a identificar la opresión, por lo que buscó siempre evitar que se repitiera sobre otros lo que él padeció. Y así lo recuerda:
"Nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia, más que mía de mi patria, endurecido a todas las fatigas, acometiendo todo lo que creí bueno, y coronada la perseverancia con el éxito, he recorrido todo lo que hay de civilizado en la tierra y toda la escala de los honores humanos, en la modesta proporción de mi país y de mi tiempo; he sido favorecido con la estimación de muchos de los grandes hombres de la Tierra (...)"
"(...) He escrito algo bueno entre mucho indiferente; y sin fortuna que nunca codicié, porque era bagaje pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo esperé y no deseé mejor que dejar por herencia millones en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones y surcado de vías férreas el territorio, como cubierto de vapores los ríos, para que todos participen del festín de la vida, de que yo gocé sólo a hurtadillas" .
Con un pensamiento activo trabajo toda su vida para realizar lo que pensaba y decía, todo absolutamente todo lo vinculado a la educación fue abordado por su pluma y verificado por su trabajo cotidiano. Los edificios escolares, el diseño de los bancos, formas, distribución, la higiene, los hábitos, la luz y hasta la ventilación de los salones.
Fue ante todo un hacedor, un constructor obsesionado por sus ideas. Se preocupó y puso manos a la obra sobre cada problema. Constató él mismo, no se confió de informes burocráticos, ni de intermediarios. Fue artífice y creador, de la educación pública.
De los golpes recibidos en carne propia Sarmiento aprendió que la educación pública y popular iba mucho más allá de la alfabetización elemental o el aprendizaje de un oficio. Sarmiento la pensó en forma sistémica, para que atravesara toda la sociedad.
Para que sea la clave del crecimiento de la economía y que permitiera así la constitución de una sociedad de oportunidades, donde hombres y mujeres capacitados, pudieran asumir sus desafíos y desarrollar así un entramado cívico, y ser ciudadanos plenos, capaces de entender aquellas cuestiones públicas que hacían a su interés personal, desarrollaran a la vez la preocupación por el interés general.
Sin dudas, Domingo Faustino Sarmiento fue un alumno político. Y mirando nuestra Argentina en el siglo XXI, sigue siendo un gran maestro.
(*) Puede leerse en la edición de Sopena, Buenos Aires, año 1939, páginas 128 y siguientes.
La autora es presidenta del Instituto Sarmientino de Santa Fe.