Se dice, que soy fiera...que camino a lo malevo, que soy chueca y que me muevo...
Tita Merello, ícono del tango, desafió las adversidades desde su infancia en un orfanato hasta convertirse en símbolo de empoderamiento femenino y resistencia.
"Se dicen muchas cosas/ más si el "bulto" no interesa/ por qué pierden la cabeza/ ocupándose de mí".
El tango también es cosas de mujeres. Cantantes, letristas, bailarinas y compositoras dejaron su sello en nuestra música ciudadana. Picaron en punta las bailarinas, solamente con sus apodos y no con sus apellidos, seguramente porque se la asociaba a algún rasgo étnico o fisonómico, gustos o cualidades.
Se las nombro: Lola (La Petisa), Paulina (La Bella), La Parda Refucilo, La China Venicia, La Barquinazo, La Tero, La Mondonguita, Enriqueta La Sucia (inspirada precisamente en el tango "Cara sucia"), La Guanaca y La Parda Flora, Soledad la del tapial y otras más.
Por el lado de las compositoras también hubo muchas, pero la más conocida Rosita Melo. Letristas, muy pocas: María Luisa Carnelli (autora de "Cuando llora la milonga", por ejemplo), que lo hacía bajo el seudónimo de María Castro o Luis Castro. Pero las que ocupan el podio femenino del tango fueron las cantantes.
Ahí arrancamos con Pepita Avellaneda y seguimos con Azucena Maizani, Rosita Quiroga, Libertad Lamarque y Mercedes Simone. En las décadas del 20 y del 30, donde se produjo el aluvión de personalidades femeninas para la canción de Buenos Aires, Sofía "La Negra" Bozán, Ada Falcón, Nelly Omar (llamada "la Gardel con polleras") y muchísimas, muchísimas más.
Seguramente amigo lector usted estará diciendo: "Qué dice este viejo, se esta olvidando de...". No, no me olvidé, un lugar preponderante en este grupo de mujeres intérpretes lo ocupa Laura Ana Morello, la inolvidable Tita, la única. La que nació en la pobreza y se alimentó de los sinsabores de la vida rústica.
La que amó y fue amada; la que vio como todo se le escabullía como arena entre las manos y de manera rápida sin poder impedirlo. Su vida estuvo marcada por esa herida que nunca cicatrizó y que fue su fiel compañía hasta el final, en la más absoluta soledad.
Le peleó a la vida desde su infancia. Sin padre, su madre no pudo mantenerla y la entregó a un orfanato cuando tenía solo cinco años. Allí, víctima del abandono emocional y de carencias materiales, pero con mucho sacrificio, enfrentó la vida, tremendamente dura y con futuro incierto.
No recibió educación formal, trabajó en el campo, transitó el camino de la miseria y las necesidades. Volvió con su madre a los 12 años, pero ya se notaba su carácter bien definido y formado, lo cual le permitió iniciar un trabajo de corista en la zona portuaria en un reducto de mediocres, borrachos y decadentes.
A esa altura, Tita ya era ingobernable. La pobreza fue su aliada, ayudándole a "tomar vuelo" y a transformarse en la figura emblemática del genero tanguero, destacándose por su inconfundible perfil arrabalero. Ni la dictadura, que cercenó su trabajo, pudo detenerla. Su meta, su sueño y el hambre de triunfo quedaron plasmados en su historia viva de orgulloso empeño y superación.
En 1943, Francisco Canaro en la música e Ivo Pelay en la letra, dieron forma a un icónico tema, "Se dice de mí":
"Se dice de mí/ Se dice de mí/(...) Se dice que soy fiera/ que camino a lo malevo/ que soy chueca y que me muevo/ con un aire compadrón/ que parezco Leguisamo/ mi nariz es puntiaguda/ la figura no me ayuda/ y mi boca es un buzón (...). // Si charlo con Luis/ con Pedro o con Juan/ hablando de mí/ los hombres están/ Critican si ya, la línea perdí/ Se fijan si voy/ si vengo o si fui.// (...) Se dicen muchas cosas/ más si el "bulto" no interesa/ por qué pierden la cabeza/ ocupándose de mí".
En estos versos el poeta desarma el fácil discurso y habladuría de la gente que, con desubicados calificativos ponían en duda la femineidad y comportamiento del personaje tan elogiosamente interpretado por Tita. Una evidencia más de la doble moral de la sociedad que existió y seguirá existiendo por la facilidad con que se juzga al otro por apariencia y comportamiento.
"Podrán decir, podrán hablar/ y murmurar y rebuznar/ más la fealdad que Dios me dio/ mucha mujer me la envidió (...)".
La mayoría de la gente siempre mirará pa´fuera, nunca pa´dentro, porque para hablar aún no se cobra entrada:
"Yo sé que muchos/ me desprecian "comprar" quieren/ y "suspiran y se mueren"/ cuando piensan en mi amor/ Y más de uno se derrite si suspiro/ y se quedan si los miro/ resoplando como un Ford (...)"
"(...) Si soy fea, pongámosle/ que de eso aún no me enteré/ en el amor yo solo sé/ que a más de un gil, dejé a pie/ Podrán decir, podrán hablar/ y murmurar y rebuznar/ más la fealdad que Dios me dio/ mucha mujer me la envidió/ y no dirán que me engrupí/ porque modesta siempre lo fui/ Yo soy así"
¿Hay dudas acaso que el personaje es a todas luces una mujer segura? Para nada, y es a todas luces Tita Merello quien enarbola la bandera del empoderamiento femenino en el tango gritando desenfadada y confrotativamente que más allá de esos rumores, comentarios y criticas, nada la afecta… porque el documento de identidad lo dice: "Yo soy así".
Con esa frase ella mantiene su dignidad, pese a todo y frente a los juicios ajenos con la fuerza de su presencia. Hasta el final de este tango-milonga se nota el enfrentamiento a través del manifiesto descarne social, abusivo y desenfrenado que siguen poniendo en dudas su condición femenina enfrentándose a los cachetazos de la protagonista con un solo y lapidario verso y con justa razón:
"Se dicen muchas cosas/ más si el "bulto" no interesa/ por qué pierden la cabeza/ ocupándose de mi" ( Y tiene razón... ¿para qué perder la cabeza, si "eso" no interesa?)
En 1950, Sebastián Piana musicalizó el tango "Arrabalera", de Cátulo Castillo. Tita tenía 46 años, y con toda la sabiduría y los golpes de la vida, explota con orgullo la esencia del barrio humilde por el que transitó, mamó sus calles y se codeó con su gente:
"Mi casa fue un corralón/ de arrabal, bien proletario/ papel de diario el pañal/ del cajón en que me crié// Para mostrar mi blasón/ pedigré modesto y sano/ oiga, che, presénteme/ Soy Felisa Roverano/ tanto gusto, no hay de qué (…)"
No se olvida de haber nacido en el barrio más humilde de Buenos Aires sin embargo se siente formar parte de un proletariado exquisito y orgullosa por la herencia periférica recibida y se presenta con cierto aire de grandeza dándose dique a su linaje como una dama respetable, distinguida y de sociedad como Felisa Roverano:
"Arrabalera/ como flor de enredadera/ que creció en el callejón/ Arrabalera/ yo soy propia hermana entera/ de Chiclana y Compadrón/ Si me gano el morfi diario/ que me importa el diccionario/ ni el halar con distinción/ llevo un sello de nobleza/ soy porteña de una pieza/ tengo voz de bandoneón"
Este verso no puede ser más ilustrativo sobre este personaje del arrabal, orgulloso de serlo por cierto, y que se asemeja a su auto-pintura y tristeza, pero con carácter para salir al frente ante las dificultades que le impone la vida, lejos del diccionario y "el hablar con distinción", demostrando su verdadero sello de nobleza y autenticidad, lo que se dice una marginal, si se quiere, pero de una sola pieza, como debe ser.
"Si se le da la ocasión/ de bailar un tango arrespe/ encrespe su corazón/ de varón sentimental/ y al revolear mi percal/ márqueme su firulete/ que en el brete musical/ se conoce la gran siete/ mi prosapia de arrabal"(*)
El personaje insiste con fuerza y con su carácter de mujer arrabalera que a pesar de pertenecer al "barrio", celebra esa cultura con sus códigos y lenguaje propio, reivindicando la nobleza, la sencillez y la honestidad. No por vivir alejada del centro, y estar apartada de la gente de "linaje", carece de su propia estirpe... la que le brinda el arrabal.
Nos vemos en la próxima.
(*)Arrespe: término del lunfardo argentino, utilizado para describir algo o a alguien que está amamarrachado, defectuoso o que resulta ridículo. Proviene del habla coloquial y popular; señala una apariencia desprolija o un trabajo mal hecho.
La silla de Luis Sandrini
Tita Merello fue la mujer que ignoró todos los mandatos sociales de su época. Nunca se casó, no tuvo hijos, vivió en la más absoluta pobreza, como quedo demostrado en los relatos, subsistió peleándole a la vida con lo que contaba y que la hizo dura, difícil, insolente y prepotente, pero habida, fundamentalmente de ternura.
Esa chica, triste, pobre y fea como esa misma se definía era dueña de una sensibilidad irresistible Despertó el corazón de varios caballeros: Daniel Tinayre, Juan Carlos Thorry, Alberto de Mendoza, Jorge Salcedo, Alfredo Alcón, pero su verdadero amor -y del que se enamoró como nunca se hubiera imaginado- fue Luis Sandrini, ni más ni menos.
Tita y Luis se conocieron en 1933, y en la más absoluta clandestinidad convivieron hasta el 1942, cuando blanquearon la situación. Sin embargo, como el hombre al parecer rechazó en varias ocasiones concretar la unión matrimonial, finalmente en 1948 pusieron fin al romance.
En el marco de esta hitoria, la nota de color la pone una silla. Era la silla que Luis utilizaba en la casa de la Merello y que después de la ruptura amorosa ella conservó sin dejar sentar a nadie. El doctor René Favaloro, quien recibió a Tita, la atendió y la cuidó, asignó a esa silla un lugar único y definitivo, colocándola en un extremo de la habitación que ella ocupaba en la sede de su Fundación.
En ese sitio la artista pasó sus últimos años bajo la atenta mirada del prestigioso cardiólogo, acompañada de su perro y de la silla de Luisito porque "solo a él le pertenece", como decía Tita. “Cuando yo ya no esté en este mundo, hagan lo que quieran con ella", agregaba. Fue su legado.