Dormir mal se volvió tan frecuente que muchas personas ya lo consideran normal. "Duermo poco", "me despierto cansado", "me cuesta conciliar el sueño". Lo decimos casi sin darnos cuenta, como si fuera parte inevitable de la vida adulta. Pero no lo es. El sueño no es un lujo ni un premio después de un día largo. Dormir bien es una función biológica esencial, tan importante como alimentarse o respirar. Cuando el sueño se altera, no solo se afecta el cuerpo: también se ve comprometida la salud mental.
Desde la psiquiatría sabemos que dormir mal impacta directamente en el estado de ánimo, la concentración, la memoria y la regulación emocional. El cerebro necesita dormir para procesar información, regular emociones y recuperarse. Cuando esto no ocurre, aparecen irritabilidad, ansiedad, tristeza, falta de energía y mayor vulnerabilidad al estrés.
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Fin de año y salud mental: por qué aumenta la ansiedad y cómo empezar el nuevo sin autoexigenciaMuchas personas consultan por ansiedad o cansancio y, al profundizar, encontramos un denominador común: duermen mal hace meses o incluso años. El cuerpo se acostumbra, pero eso no significa que esté bien.
Antes de pensar en medicación, hay algo fundamental que muchas veces se pasa por alto: la higiene del sueño. Se trata de una serie de hábitos simples que ayudan a que el cuerpo y la mente entiendan que es momento de descansar.
Algunas pautas básicas de higiene del sueño incluyen mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, incluso los fines de semana; evitar estimulantes como mate, café, té o bebidas energizantes después de las siete de la tarde; realizar actividad física, pero no intensa en las dos horas previas al sueño.
También es importante armar una rutina previa al descanso: una ducha tibia, bajar las luces, cambiarse de ropa. El cuerpo aprende por repetición. Reducir el uso de pantallas antes de dormir es clave, ya que la luz del celular o la televisión engaña al cerebro haciéndole creer que todavía es de día.
La cama debería ser un espacio asociado al descanso, no al trabajo ni a la resolución de problemas.
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Crear un ambiente propicio —silencio, oscuridad y temperatura agradable— también favorece el sueño.
Estas conductas no inducen el sueño de manera inmediata, pero educan al organismo. Le enseñan a desacelerar. Y sostenidas en el tiempo, mejoran la calidad del descanso.
Dormir mal no debería normalizarse. No es una debilidad ni una etapa inevitable. Es una señal. A veces del ritmo de vida, otras del estrés acumulado, y otras de un problema de salud mental que necesita atención.
Cuidar el sueño es cuidar la mente. Y muchas veces, mejorar el descanso es el primer paso para empezar a sentirse mejor.