Por Salomé Crespo
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En la prehistoria, en territorio europeo la comercialización de sal y otras mercancías abrió caminos entre pueblos remotos. El Imperio Romano tuvo “Las rutas de la sal” y Mahatma Gandhi peregrinó en 1930 en lo que se conoció como “La marcha de la sal”, un intento simbólico y pacífico de arrancar la independencia de la India a Gran Bretaña que por entonces poseía el monopolio de la distribución del condimento.
En las sociedades industrializadas del siglo XXI, la sal ya no es un bien de alto valor de cambio ni sirve como alegoría en encarnadas reivindicaciones. La actualidad le brinda otro marco al consumo del sabroso polvo blanco: se lo compara con el nocivo cigarrillo o el alcohol en exceso y es materia de especialistas encontrar la manera de que los paladares argentos se habitúen a no exigir en los platos tanta sazón.
Según datos de la Fundación Cardiológica Argentina y la Sociedad Argentina de Cardiología, los argentinos triplican el consumo diario de sal permitido o considerado saludable. Como ocurre con tantas otras ingestas, es necesaria para el buen funcionamiento del organismo humano pero en exceso enferma.
La realidad llegó al ámbito provincial y el jueves 23 de junio el Senado santafesino dio media sanción a un proyecto de ley que ordena retirar de la mesa los saleros en “comedores, restaurantes, confiterías, bares, pizzerías, venta de comidas rápidas y afines”. La propuesta del legislador justicialista Alberto Crossetti, tiene su antecedente en la provincia de Buenos Aires y precisa que “el uso de la sal queda exclusivamente reservado al cheff y/o cocinero al momento de elaborar los distintos menúes”, aunque los mozos deberán acercar el salero al comensal en caso que lo requiera.
“El proyecto de Crossetti, un senador que busca renovar su banca, está lejos de poder ser acusado de electoralista: pretende desterrar un hábito malsano: salar antes de probar”, publicó El Litoral el día posterior de la sesión.
Proteger el motor de humanidad
El doctor Rodolfo La Greca, vicepresidente de la Fundación Cardiológica Argentina, consideró en diálogo con este medio que el proyecto de no colocar los saleros en las mesas de comedores y bares “no apunta a prohibirle a la gente que consuma sal sino a evitar la oferta fácil”. La entidad procura que en el mediano plazo la iniciativa logre alcance nacional.
Para el cardiólogo José Vicario, la norma significaría, en caso de aprobarse, la posibilidad de educar a los niños sobre los perjuicios a la salud que implica la ingesta desmedida de sal y la intervención del Estado en medicina preventiva.
Los nutricionistas recomiendan que en las primeras comidas del niño después del destete hasta los dos años, no se agregue ni sal ni azúcar. El problema comienza cuando, una vez adquirida la fuerza suficiente para levantar el salero e inclinarlo sobre el plato, el propio gusto se vuelve el propulsor de la incorporación.
“Los argentinos estamos acostumbrados a comer con mucha sal”, afirmó sin dudas Vicario. Pero si los ojos no ven el corazón no siente, entonces si una vez sentados a la mesa la sal no está en el campo visual, tal vez el músculo motor se resienta menos todavía.
“Hay una relación sal - hipertensión muy importante y dañina por lo que disminuyendo el consumo se pueden evitar enfermedades de forma considerable”, aportó Vicario sobre las consecuencias de la ingesta desmedida.
Las personas hipertensas que no respetan una dieta hiposódica tienen un alto riesgo de sufrir eventos cardiovasculares y accidentes cerebro vasculares (ver gráfico) con daños a veces irreversibles.
La sal en el organismo de las personas genera retención de líquidos y en un hipertenso o paciente coronario, el aumento del volumen sanguíneo sube la presión. A su vez, los vasos sanguíneos se vuelven menos reactivos a las drogas antihipertensivas.
Los antecedentes genéticos también cuentan a la hora de la alimentación. “Hay personas que pueden tener la presión arterial normal pero en su familia hay hipertensos entonces deben cuidarse con la sal porque pueden desarrollar la patología en el futuro”, precisó Vicario a la vez que recalcó que la hipertensión “no presenta síntomas entonces se puede convivir con el desajuste sin saberlo hasta que un día ocurre un infarto o un ACV”.




