“Llegamos”. Así, con una sola palabra, Claudio “Turco” Cherep anunció en su blog el momento que durante años había imaginado junto a su familia: la llegada a Alaska, el extremo noroeste del continente americano que se convirtió en el destino de una travesía iniciada en Santa Fe.
De Santa Fe a Alaska: el periodista ambulante llegó al extremo norte de América
El Turco Cherep junto a Ximena Frois alcanzaron Alaska después de varios meses de viaje por tierra. La travesía comenzó en Santa Fe y atravesó Sudamérica, Centroamérica, México y Estados Unidos. La bitácora familiar ya reúne historias de decenas de ciudades y paisajes.

A bordo de una combi, Cherep, su compañera Ximena Frois, su hijo Luka y el perro Toto comenzaron una aventura que los llevó a atravesar rutas, fronteras, montañas, desiertos, ciudades y pueblos de América. El viaje fue registrado paso a paso en De Santa Fe a Alaska, un blog que convirtió la experiencia familiar en una extensa crónica de viaje.
El recorrido tuvo modificaciones importantes respecto del plan original. Luka fue el primero en dejar la travesía: regresó a Santa Fe desde Perú. Más adelante, Toto también tuvo que abandonar momentáneamente el viaje y fue trasladado a Santa Fe. Y, finalmente, Cherep y Frois debieron dejar la combi en Colombia para poder continuar hacia el norte utilizando otros medios de transporte. Pese a los cambios, el sueño estaba intacto.

La ruta también encontró un límite inesperado en la cuestión migratoria. Por razones vinculadas con la visa, no pudieron atravesar Canadá por tierra para llegar a Alaska. La alternativa fue continuar por vía aérea hasta el estado estadounidense y completar así el objetivo que había dado nombre a toda la aventura.
El proyecto tiene una dimensión que excede la llegada al destino: unos 50.000 kilómetros, 15 países, alrededor de 200 ciudades y unos 400 días de viaje. El lema elegido por la familia resume la intención: “Nuestra América contada del revés”.
Y ahora, después de atravesar buena parte del continente desde la llanura santafesina hasta el norte estadounidense, Alaska dejó de ser una marca en el mapa. “Y nosotros en la pequeñez ante tanta inmensidad, en el tumulto de emociones que supone poner los pies a la cima de un proyecto familiar para el que trabajamos varios años”, escribió Cherep al contar la llegada.
Una familia sobre ruedas
La historia comenzó mucho antes de la partida. Encarnando al “periodista ambulante”, Cherep -periodista, escritor y viajero- había recorrido Argentina años atrás junto a Ximena, cuando ambos realizaron otra experiencia periodística. Esta vez decidieron ir mucho más lejos y hacerlo junto a Luka y Toto. “Siempre tuve en la cabeza esto de contar y de viajar”, había explicado Cherep al comienzo de la aventura. “De chico, la frontera del barrio era avenida Freyre, así que viajaba leyendo. Primero fui mochilero, después periodista”.
Durante buena parte del recorrido, la combi se convirtió en la casa familiar. Luka participó especialmente de la planificación de la ruta; Ximena aportó su mirada fotográfica y sus registros del viaje; y Toto terminó transformándose en un personaje más de la travesía.

Pero la realidad del camino obligó a modificar aquella postal familiar inicial. Luka regresó a Santa Fe desde Perú y, más adelante, Toto también fue trasladado a las tierras de Garay. Finalmente, la combi quedó en Colombia mientras Cherep y Frois continuaron hacia Alaska por otros medios de transporte. “En las fronteras el trámite del perro nos lleva el mismo tiempo que el nuestro, pero vale la pena”, contó Cherep sobre Toto. Y agregó, con humor: “Hasta ahora es el que mejor se adaptó a la altura”.
De Santa Fe a las alturas de los Andes
Los primeros kilómetros llevaron a la familia por Argentina y luego a Chile, atravesando el Paso de Jama y el desierto de Atacama, antes de ingresar a Perú. La altura fue uno de los primeros grandes desafíos. En aquel momento Cherep contó que habían llegado a casi 5.000 metros sobre el nivel del mar, con unos 150 kilómetros posteriores al Paso de Jama transitados a más de 4.700 metros.
En una de sus primeras crónicas describió la experiencia con una imagen contundente: avanzar “hasta que el oxígeno se acabe, hasta que las fosas nasales se sequen, hasta que los oídos se tapen, hasta que la cabeza esté al borde de estallar”.
Después llegaron Perú, Colombia y el resto de Sudamérica. La ruta no siempre pudo seguir el recorrido inicialmente previsto. Las fronteras cerradas, las condiciones de cada país y las circunstancias personales de la familia obligaron a modificar varias veces el mapa.

Fue en Perú donde Luka dejó el viaje y emprendió el regreso a Santa Fe. Más adelante, también Toto tuvo que ser trasladado. Y cuando la travesía comenzó a internarse hacia Norteamérica, Cherep y Frois tomaron otra decisión: dejar la combi en Colombia y continuar el recorrido mediante otros medios de transporte.
Pero esos cambios también formaron parte de la aventura. “El paisaje te deja lleno al final del día”, escribió Cherep. “Lo que uno viene a buscar son las historias de vida”. Esa frase terminó funcionando casi como una definición del viaje. Las crónicas no se concentraron solamente en monumentos o paisajes: aparecieron vendedores, trabajadores, músicos, comunidades, migrantes, pueblos pequeños y habitantes de las grandes ciudades.
Colombia, Centroamérica y México
La familia continuó hacia Colombia y luego ingresó a Centroamérica. Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala fueron algunas de las etapas siguientes. En cada lugar, Cherep fue alternando información histórica, observaciones sobre la vida cotidiana y encuentros personales.
Luego llegó México, una de las grandes etapas de la travesía. Veracruz, Palenque, Ciudad de México, Guadalajara, Sinaloa, Mazatlán y el desierto de Sonora aparecieron en las distintas crónicas antes del cruce hacia Estados Unidos.
En Sinaloa, por ejemplo, Cherep decidió confrontar la imagen que desde Argentina suele llegar asociada casi exclusivamente al narcotráfico. “Las series de Netflix, las noticias sobre el narcotráfico, abundan en detalles negativos”, escribió al comenzar aquella crónica.

El viaje también tuvo momentos vinculados con la cultura popular. En Seattle, ya en Estados Unidos, una de las búsquedas de Cherep fue la estatua de Jimi Hendrix, nacido en esa ciudad. “Sería injusto reducir a Seattle solamente a la figura de Jimi”, escribió. Pero igualmente salió a caminar la ciudad en busca del homenaje al músico.
La búsqueda permitió recorrer Capitol Hill, el Seattle Center, la bahía, la Space Needle y los espacios verdes de una ciudad que el periodista describe como una ciudad en la que “el verde predomina, se integra al agua, se trepa por el cemento”.

Antes habían pasado por San Francisco, donde la experiencia volvió a estar marcada por caminar. “Por caminar no se cobra nada. Es más, es como ir al gimnasio”, escribió Cherep sobre las empinadas calles de la ciudad. “Eso sí, vale la pena”.
El último tramo hacia el norte
Desde la costa oeste estadounidense, la ruta empezó a acercarlos definitivamente a Alaska. El paisaje volvió a cambiar. Los bosques, los ríos, las montañas y las enormes distancias comenzaron a dominar el recorrido.
Sin embargo, el último tramo no fue realizado de la manera que habían imaginado al comienzo. La imposibilidad de atravesar Canadá por cuestiones de visa obligó a cambiar nuevamente los planes. La llegada a Alaska finalmente se concretó por vía aérea.

El cambio de medio de transporte no le quitó significado a la llegada. Después de meses de rutas y fronteras, Alaska apareció como la concreción de una meta que había acompañado a la familia desde el inicio.
Allí, Cherep encontró una combinación que le resultó difícil de resumir: naturaleza extrema, amplitud, frío, pequeñas localidades, rutas interminables y grandes ciudades separadas por enormes extensiones de bosque. “En Alaska el clima cambia de a minutos, varias veces”, escribió en su primera crónica desde el estado. El verano todavía no había terminado y, contra lo que imaginaban, al llegar encontraron momentos de calor. El periodista también se detuvo en una pregunta que le hicieron una y otra vez: “¿Qué tal Alaska?”
La respuesta, en realidad, no parece sencilla.
“¿Qué tal la de la tundra o la de las ciudades principales, la de los parajes de cuentos de hadas en los caminos o la de los lagos que se preparan para congelarse, la de los glaciares o la de las cabañas calefaccionadas?”, se preguntó.
Nenana, Fairbanks y Anchorage
Una de las primeras postales fue Nenana, una pequeña localidad ubicada junto al río del mismo nombre y vinculada al ferrocarril. Cherep quedó particularmente impresionado con ese pueblo de casas de madera, vías férreas y calles casi vacías. Los trenes pasan dos veces al día y, según describió, la localidad parece despertar durante esos minutos para luego volver a su ritmo pausado. “Todos los días a las 10.10 de la mañana y a las 6.25 de la tarde pasa un tren, el mismo tren, de ida y de vuelta”, escribió. “El pueblo se despierta en esos ratitos para luego seguir durmiendo un sueño perpetuo”.
Más adelante aparecieron Fairbanks y Anchorage, las dos ciudades más pobladas del estado. Entre ambas, la ruta ofreció una de las imágenes que más impactaron al viajero: miles de abetos y abedules, montañas, camiones, casas rodantes y una sucesión de colores que, según contó, no habían encontrado en ningún otro tramo del recorrido. “Desde Santa Fe hasta aquí no habíamos visto una conjunción de tonalidades en los árboles y en las montañas como las de la ruta entre Fairbanks y Anchorage”, escribió.
El destino que era también el camino
La llegada a Alaska representa el cumplimiento de la gran meta geográfica del viaje, pero las propias crónicas de Cherep muestran que el objetivo nunca fue solamente llegar.
Desde el principio, la familia decidió transformar cada etapa en una historia. La combi fue el medio durante buena parte del recorrido; las rutas, el escenario; Ximena, Luka y Toto, los compañeros de distintos tramos; y las personas encontradas en el camino, el verdadero contenido del viaje.
En ese sentido, aquella frase que Cherep había pronunciado cuando apenas llevaban unos miles de kilómetros recorridos adquiere ahora otra dimensión: “Lo que uno viene a buscar son las historias de vida”.
Alaska fue finalmente alcanzada después de atravesar buena parte de América, aunque el viaje todavía no terminó. Ahora comienza otra etapa de la travesía: desandar el camino. Cherep y Frois deberán volar nuevamente hasta Colombia, donde quedó la combi, repararla, completar el papelerío necesario y emprender el regreso por tierra hacia Argentina. Según estiman, todo ese proceso demandará alrededor de dos meses.

Así, la llegada a Alaska no es todavía el punto final de la aventura. Es, en todo caso, una nueva marca en el mapa de un viaje que todavía tiene por delante miles de kilómetros. En su última crónica, el propio Cherep parece advertir que una llegada semejante no necesariamente significa una respuesta. “¿Y qué tal Alaska?”, vuelve a preguntarse al final. Y responde: “Disculpen, quizás nunca lo sabremos”.
Después de recorrer miles de kilómetros, atravesar fronteras, cambiar varias veces de paisaje y también de medio de transporte, el viaje de los Cherep Frois demuestra que Alaska podía ser el destino, pero que la historia estaba —como suele ocurrir— sobre todo en el camino. Y que, en este caso, todavía queda camino por recorrer.







