El Periodista Ambulante cargó hasta el perro y partió de Santa Fe rumbo a Alaska
"El Turco" Cherep junto a su compañera Ximena, su hijo Luka y Toto, uno de sus perros, viajan en una combi al extremo norte desde hace 20 días. Ya atravesaron Chile y avanzan por Perú. Es "nuestra América contada al revés", dice.
La familia Cherep Frois se subió a esta combi y partió rumbo a Alaska.
Diego Gentinetta.
Lo que empezó como una idea persistente, casi una obsesión íntima, hoy avanza kilómetro a kilómetro por la columna vertebral del continente americano. Claudio “El Turco” Cherep, su compañera Ximena Frois, su hijo Luka y Toto —un perro de linaje dudoso pero carácter imponente— salieron de Santa Fe con un objetivo tan concreto como desmesurado: llegar a Alaska por tierra, contando el camino mientras lo viven. Algo así como “nuestra América contada al revés”, dicen.
No es solo un viaje. Es una narración en movimiento. A diferencia de otras travesías familiares rumbo al norte, los Cherep Frois decidieron convertir la ruta en crónica, el paisaje en texto y el encuentro humano en materia prima periodística. Desde su blog De Santa Fe a Alaska y sus redes sociales, la familia va construyendo una bitácora que mezcla aventura, memoria cultural y observación social, con una mirada profundamente latinoamericana.
“Somos de un lugar donde se toma liso frío, se duerme la siesta sagrada y se gritan los goles como canciones. Somos los que salimos desde Santa Fe a Alaska a descubrir y sembrar, a compartir y contar”, se presentan en su sitio web. La frase funciona como manifiesto y brújula.
El equipo de viaje está liderado por el Turco Cherep, periodista, escritor y librero, con una extensa trayectoria en radios y medios gráficos —LT10, LT9, Radio Nacional, Radio Rivadavia, El Gráfico— y una obra literaria que incluye títulos como La Pulpo, Hambre de Gol, Gajos del oficio y Daiana de qué planeta viniste. Ganador del Martín Fierro Federal por El Periodista Ambulante, Cherep vuelve a unir en esta travesía sus tres grandes pasiones: viajar, narrar y escribir.
Turco Cherep. Diego Gentinetta.
Ximena Frois, docente, especialista en Educación Sexual Integral y fotógrafa, suma otra capa al viaje: la mirada sobre la educación popular, los feminismos y los procesos de empoderamiento de mujeres y diversidades a lo largo del continente. Luka, viajero desde la cuna, conecta con los lugares a través del fútbol, la música, la historia y la política. Y Toto de América —“bichón habanero venido a menos”— aporta carisma, siestas prolongadas y una notable capacidad para adaptarse a la altura.
Ximena Frois. Diego Gentinetta.
La ruta y la altura
Partieron hace un par de semanas desde la capital santafesina, atravesaron Argentina, Chile y se internaron en Perú. Desde Arequipa, el Turco responde una videollamada y pone en palabras lo que el cuerpo todavía está procesando.
—Turco, ¿por dónde andan?
—Ahora contesto desde Arequipa, estamos en el sur de Perú.
—Estamos bien. Ya habíamos pasado situaciones en la altura: comer ligero, tomar una pastilla y mucha agua. Llegamos casi a los 5 mil metros sobre el nivel del mar. Se te secan las fosas nasales y te duele la cabeza. Y no es que subís y bajás al toque. Después del Paso de Jama son unos 150 kilómetros a más de 4.700 metros. Eso es tremendo. Y bajar también tiene implicancias para el físico.
El Paso de Jama, en el límite con Chile. Luca Cherep Frois.
En sus primeras crónicas, Cherep describe el cruce por la puna y el desierto de Atacama “hasta que el oxígeno se acabe, hasta que las fosas nasales se sequen, hasta que los oídos se tapen, hasta que la cabeza esté al borde de estallar”. Relata la Cuesta del Lipán, donde “las nubes quedan ahí nomás”, y el altiplano interminable, con viento, sol inclemente y una soledad que exige respeto.
El Turco Cherep ganó un Martín Fierro con su viaje anterior, El Periodista Ambulante. En la foto, con la estatuilla, con su hijo Luka en brazos. Archivo.
La última jornada, cuenta, fue especialmente dura: “Hicimos 200 kilómetros en un día, entre subidas y bajadas, en una zona desértica, con caminos muy angostos sin guardarraíl, con camiones que vienen de frente en doble fila tocando bocina. Es como una ruleta rusa. Nunca había vivido algo así. Terminamos destruidos”.
La combi y el horizonte
Viajan en un utilitario Citroën de 18 años, adaptado para largas distancias. “La combi era una incógnita —admite—. Más allá de que la preparamos, tiene muchos kilómetros. Hasta ahora respondió bien en zonas muy jodidas”.
La entrada al gigante de Tarapacá. Luka Cherep Frois.
—¿La pelota no dobla?
—No dobla, no dobla, es cierto -dice entre risas-. Nosotros somos de la llanura y sufrimos una sensación de encierro entre las montañas. Van pasando los días y perdemos la noción de un horizonte. Para que te des una idea, mientras conversamos tengo volcanes de 5 mil metros en tres puntos cardinales. Son hermosos, pero al tercer día nuestra genética nos dice ‘ya está, quiero horizonte’.
Fronteras, tiempos y decisiones
La ruta no es lineal ni está garantizada. Luka fue el encargado de mapearla, pero los cierres de fronteras, los sismos y las decisiones políticas obligan a recalcular. “Vamos por el Pacífico —explica el Turco—, mirando de reojo lo que pasa. Ecuador cerró casi todos los pasos desde Perú, lo mismo con Colombia. Luego tendremos que cruzar hacia el Caribe por Cartagena de Indias, embarcar la combi y pasar a Panamá para retomar la Panamericana hasta México, entrar a Estados Unidos por San Diego y seguir rumbo a Alaska”.
Catedral de Tacna. Luca Cherep Frois.
—¿En cuánto tiempo?
—El viaje total es de 12 a 13 meses, unos 400 días. La meta es llegar a Alaska en verano. De otra manera es imposible. Intentaremos estar en julio o agosto.
Son 15 países, unas 200 ciudades, 50 mil kilómetros, en 400 días. El viaje recién comienza.
Luka Cherep Frois. Diego Gentinetta.
Tras un inicio vertiginoso —3.000 kilómetros en 15 días—, ahora bajaron el ritmo. “La premisa era salir rápido de Argentina, que ya la conozco. El viaje real empieza acá, en Perú. Ahora desaceleramos, respetamos la altura y disfrutamos más”.
Contar al otro
—¿Cómo nació este viaje?
—Siempre tuve en la cabeza esto de contar y de viajar. De chico, la frontera del barrio era avenida Freyre, así que viajaba leyendo. Primero fui mochilero, después periodista. Luka se crió escuchando historias de viajes. Hace un año y medio dijimos: si lo queremos hacer, hay que tomar la decisión. Y la tomamos.
Toto de América. Diego Gentinetta.
—¿Y Toto?
—Se subió a la combi. En las fronteras el trámite del perro nos lleva el mismo tiempo que el nuestro, pero vale la pena. Hasta ahora es el que mejor se adaptó a la altura -dice entre risas.
Atardecer en el océano Pacífico. Luka Cherep Frois.
Más allá del paisaje, el corazón del proyecto está en el encuentro. “El paisaje te deja lleno al final del día —reflexiona—. Lo que uno viene a buscar son las historias de vida. En Iquique nos sorprendió la comunidad china, la haitiana, la influencia inglesa por el salitre. Eso es lo que queremos absorber para contarlo”.
Mirar hacia el norte
Alaska aparece como horizonte simbólico y geográfico: la “última frontera”, con glaciares, bosques infinitos y culturas ancestrales. Pero el Turco confiesa otra expectativa.
El Periodista Ambulante. El registro fotográfico es de hace 20 años atrás, cuando el Turco recorrió Argentina en un autito junto a su compañera, Ximena. Luka y Toto todavía no habían nacido...
—¿Qué destino esperás más?
—Centroamérica. Es lo que menos conozco. El Salvador, Honduras, Guatemala, Costa Rica. Tenemos mucha ignorancia sobre esa región. Es una deuda conmigo.
Un parate para contemplar el lugar, en la ruta de Tocopilla a Iquique, en Chile.
Luka Cherep Frois.
Mientras el mapa se estira y las fronteras se mueven, la familia Cherep Frois sigue avanzando, transformando el cansancio en relato y la incertidumbre en pregunta. No viajan para acumular postales, sino para comprender —y contar— cómo viven otros, cómo resisten, cómo sueñan. En tiempos de velocidad y consumo rápido, su travesía propone lo contrario: ir despacio, escuchar, escribir, retratar. Y demostrar que, a veces, el verdadero destino no está en Alaska, sino en cada historia que se cruza en el camino.