Toda obra tiene una historia. Esa es la idea de este nuevo espacio de la sección Arte, cuya columna vertebral es "Obras que cuentan". Así, El Litoral se propone mirar una pintura, una escultura, un dibujo, un grabado, una acuarela o un mural y contar lo que no se ve a simple vista. Es decir, cómo nació, qué dijo en su momento y qué sigue diciendo hoy.
Lejos del bullicio y de Quinquela Martín: la Boca según Víctor Cúnsolo
En 1929 pintó "La vuelta de Rocha" y logró mostrar un paisaje conocido por todos como si fuera territorio inexplorado. ¿Quién fue el artista detrás de esa mirada?

Para esta primera entrega elegimos un cuadro que, apenas se lo mira, remite a un barrio típico de Buenos Aires. Se llama "La vuelta de Rocha" y lo pintó Víctor Cúnsolo en 1929.
La escena es familiar para cualquiera que haya caminado la ribera boquense: el Riachuelo, los barcos, las casas con techos a dos aguas. Sin embargo, en manos de Cúnsolo, ese paisaje tan frecuentado por la pintura argentina es otra cosa.

Un siciliano en La Boca
Cúnsolo nació en Siracusa y llegó a Buenos Aires a los quince años, en medio de las oleadas inmigratorias que le terminarían dando esa fisonomía tan particular a La Boca. Tomó clases en los talleres de la Sociedad Unione e Benevolenza, donde según se cuenta, todavía no hablaba bien castellano y era, además, un joven ensimismado.
Allí conoció a Juan del Prete y, a través de él, se sumó a El Bermellón, un grupo de pintores del que también formaban parte Benito Quinquela Martín, Carlos Victorica, Fortunato Lacámera y Alfredo Lazzari. Hoy los conocemos como "los pintores de La Boca".
En los años veinte, mientras la pintura oficial argentina seguía mirando hacia los gauchos de Cesáreo Bernaldo de Quirós y las sierras cordobesas de Fernando Fader, ese grupo eligió el paisaje urbano y semiindustrial que nadie había pintado todavía, testigo de la modernización acelerada de la ciudad.

Cinco años alcanzaron
La carrera de Cúnsolo se puede resumir en apenas cinco años, entre 1926 y 1931. En ese lapso abandonó la pincelada suelta y el color impresionista para centrarse en imágenes grises y brumosas, donde el puerto y el barrio de La Boca aparecen vacíos, como si el tiempo se hubiera detenido sobre ellos.
Una investigación de la Universidad Nacional de La Plata indica que "hacia 1928, dos años antes de la exposición Novecento Italiano, Cúnsolo había abandonado una pintura de contornos indefinidos y pincelada rápida aprendida de la obra de Lazzari para dejar lugar a los contornos nítidos y la definición neta de los objetos y paisajes".
Poco después, señala el mismo estudio, incorporó perspectivas aceleradas construidas con líneas de fuga diagonales y empinadas, recurso que lo acerca al italiano Mario Sironi y que convive con la casi total ausencia de figuras humanas en sus telas.

A pesar de esos tonos melancólicos, hay algo en la construcción del espacio y en los colores planos de Cúnsolo que le da a su obra cierto aire naíf. Tanto, que buena parte de la crítica describió sus botes y barcos como "juguetitos".
Cuando la tuberculosis que lo aquejaba se agravó, viajó a La Rioja en busca de un clima que lo ayudara. Murió poco después, en 1936, sin llegar a los cuarenta años.
Una Boca sin cocoliche ni frenesí
Buena parte de la crítica coincide en que La Boca de Cunsolo es la contracara de la que conocemos. Laura Isola, en Perfil, habló de una Boca "metafísica, menos laboriosa y sin color local en su doble sentido".

"Por un lado -afirmó Isola- sus colores son apagados y sin contraste. Por el otro, como en un degradé de ensoñación no refieren a los tópicos del barrio: los barcos, la inmigración, el frenesí. Durante los mismos tiempos, cuando ese puerto era la entrada a la Argentina próspera, Cúnsolo le baja el volumen al cocoliche, pinta calles deshabitadas y embarcaciones detenidas".
Laura Feinsilber escribió en Ámbito Financiero sobre "una Boca idealizada, lejos de su reputación prostibularia peligrosa y de gran pobreza", aunque aclaró que en esas telas "se insinúa el mundo del trabajo". Y describió la paleta del pintor como "un cromatismo en el que se exaltan colores claros y límpidos, grises atemperados, tersas superficies".
Fue el crítico José León Pagano quien, en su momento, trazó la genealogía europea de ese estilo pictórico. "Inicialmente ligado a la impronta impresionista, su obra se va concentrando en la simplificación de las formas y en la construcción de atmósferas particulares como se observa en las obras de la Metafísica italiana de De Chirico o Carrá", escribió y destacó "una visión sugestiva y melancólica de la ribera boquense".

El silencio, el olvido y la vuelta
Elisa Radovanovic ubicó a Cúnsolo entre los nombres centrales de la modernidad pictórica argentina de comienzos del siglo XX. "El conjunto de su obra, enriquecida por valiosos hallazgos formales, dejó un reflejo poético inconfundible del mundo de La Boca".
Ese reconocimiento, sin embargo, no fue lineal. Radovanovic señala que tras la muerte de Cúnsolo su obra atravesó un largo período de silencio, que se extendió durante el auge de las vanguardias de los años cuarenta y cincuenta.
Recién en la década del setenta la historiografía del arte argentino empezó a reconstruir su lugar, un interés que, en palabras de la propia Radovanovic, "sin duda, habrá de renovarse con el culto de cada generación".

Botes que no van a ningún lado
Volvamos a la obra que da título a esta primera entrega de "Obras que cuentan". En "La vuelta de Rocha", pintada en 1929, hay un grupo de barcos chicos y canoas. Están apoestados sobre el agua, que es de tonalidades grisáceas, con algunos poquísimos reflejos de color.
Atrás hay algunas casitas de colores apagados, un par de árboles y se ven las cúpulas de dos iglesias. Se trata, en todos los casos, de formas muy sintetizadas, bajo un cielo cargado de nubes grises. No hay personas, la belleza está en lo simple. Aunque el referente es el mismo, hay divergencias con respecto a la obra de otros pintores de la Boca.
Paola Melgarejo afirmó que "se trata de una geografía reconocible pero atravesada por el tamiz del artista, que la devuelve como un espacio congelado, lleno de calma y quietud, lejos del bullicio del barrio de La Boca".
Posiblemente ese sea uno de los grandes aportes de Cúnsolo, pintar un lugar que todos reconocen para mostrarnos, en realidad, algo que nadie había visto.








