Ana María Pizarro nació el 20 de agosto de 1938 en Villa María, Córdoba, y murió en Santa Fe, la ciudad que eligió para vivir y producir sus obras, en 2023.
Ana María Pizarro: una pintura hecha de silencios, geometrías y misterio
Sus trabajos fueron leídos por la crítica desde lo metafísico. Detrás de esas imágenes había una búsqueda de lo intangible y una artista que prefería trabajar en silencio antes que explicar su obra.

En ese paréntesis, hay una vida dedicada a la pintura. Estudió con Ernesto Farina y Juan Carlos Pinto en su provincia natal, se formó también de manera autodidacta y terminó en la Cordial, donde desarrolló el tramo más reconocido de su carrera y donde su obra quedó asociada al realismo metafísico.
Entre 1969 y 1986 realizó muestras individuales en Rosario, Santa Fe, Mar del Plata, Córdoba, la Galería Van Riel de Buenos Aires y el Museo Sor Josefa Díaz y Clucellas.

Participó, además, en veintisiete salones entre 1969 y 1989, y acumuló distinciones como el Primer Premio Adquisición de Pintura del Salón Anual de Santa Fe en 1970, la Medalla de Oro del Salón de Fundación Steinberg en 1972 y el Primer Premio Adquisición del Salón Nacional de Entre Ríos en 1989.
Una vocación temprana
Su vínculo con el arte arrancó en Córdoba, en la Escuela Superior de Bellas Artes, a los 18 años, en un contexto poco favorable. La Revolución Libertadora de 1955 había interrumpido el ingreso regular de alumnos y Pizarro debió prepararse por su cuenta varios meses para rendir el examen de acceso. Entró por el dibujo; en pintura, según contó después, obtuvo apenas la nota mínima.
Entre sus profesores estuvo Ernesto Farina, una figura que la marcó en lo técnico y en lo vital. "Farina era un maldito: pasaba por detrás de las alumnas y le decía 'señorita, usted no puede tener novio, casarse, tener chiquitos porque no va a pintar nunca'", recordó Pizarro en una entrevista de 2009 con El Litoral. Muchas compañeras, dijo, abandonaron sus estudios ante esa exigencia.

Se casó a los 18 años, tuvo dos hijos y pasó más de una década sin pintar. Recién a los 29 decidió retomar el oficio de manera definitiva, sin dejar lugar a otras alternativas. "No puedo estar sin pintar, es una muy profunda vocación la pintura".
Una reseña publicada por Jorge Taverna Irigoyen en El Litoral el 20 de agosto de 1975, con motivo de una muestra en el Museo Municipal de Artes Visuales, ubica el origen de su obra en "dos serenos paisajes de la serranía cordobesa", con "leves reminiscencias de Farina".
El mismo artículo describe cómo, hacia 1970, la artista comenzó a incorporar sillas y terrazas en composiciones de fuerte carga cromática, primeros indicios de lo que sería su lenguaje maduro.

El giro metafísico
A partir de 1970, la obra de Pizarro se orientó hacia lo que la crítica definió como realismo metafísico.
Esa misma reseña de 1975 señalaba que, desde las terrazas, la pintora empezó a "indagar el trasfondo de las formas" y a "penetrar en otros espacios, más allá de lo directamente tangible", a través de ventanas, muros, casas deshabitadas y bloques entre montañas, resueltos con una geometría severa y rectilínea.
El crítico Jorge Reynoso Aldao escribió que "sus paisajes aparecen como pétreos, soledosas llanuras, despojadas terrazas constituyen el detenido mundo de las pinturas de Ana María Pizarro".

Hacia mediados de los 70, ensayó una transición hacia formas más geometrizantes, con cubos y cuerpos en el espacio, sin abandonar la calidez cromática que la caracterizaba.
Domingo Sahda, en un texto de 2020 también publicado en El Litoral, describió esa etapa con imágenes que remiten a terrazas, duraznos y árboles sin hojas, y definió su pintura como "un monólogo para consigo primero y para con el mundo después, buscando el sentido de la existencia".
Doce años sin exponer
Después de una etapa de silencio expositivo (doce años motivada más por su salud que por decisión propia), Pizarro volvió a la escena pública el 16 de octubre de 2009, cuando el Museo Municipal de Santa Fe reunió su producción bajo el título "Paisajes y algún jardín".

La muestra incluyó cuatro cuadros de gran formato ya exhibidos con anterioridad, junto a obras inéditas para buena parte del público.
En esa etapa de su vida, instalada en una casa de madera con techo de paja rodeada de plantas y animales, la artista había reducido al mínimo su exposición pública. "Es lo que me permite vivir sola y no sentirme sola", explicó entonces a El Litoral sobre su vínculo con la naturaleza.
La entrevista, poco habitual porque Pizarro evitaba tanto el grabador como la cámara, permitió reconstruir parte de su proceso creativo. "Yo pinto siempre. Esta muestra me llevó dos años, porque hay días que subo y pinto 15 minutos".

La idea de lo esencial
Cuando llegó a Santa Fe, Pizarro encontró en Juan Grela lo que definió como "el maestro de vida". De él tomó una ética antes que una técnica, la idea de que alcanza con lo necesario y que la ansiedad por tener más distrae de lo propio.
"No quería que perdiéramos la esencia", recordó sobre las enseñanzas de Grela. Quien cuestionaba a los jóvenes pintores que imitaban el expresionismo alemán. Se preguntaba cómo podían hacerlo si lo único que habían vivido era la familia, los amigos y el club. "No me cuentan lo que son, sino lo que estudiaron", afirmaba.
De su etapa cordobesa, Ana María evocaba también su paso como modelo de Lino Enea Spilimbergo, de quien conservaba una frase que funcionó como guía: "compañera, la vejez llega, cargue la bolsa de buena literatura, buena música, esté cerca de gente que la pueda hacer crecer, acérquese a los grandes".

Pizarro solía definirse ajena a las teorías y a los circuitos formales de aprendizaje. "No concurrí a un salón de pintura, a un estudio de pintura, escuela, no se me pegó nada de los demás. Cuando me senté a pintar me tuve que arreglar con mis armas", explicó.
Una artista de bajo perfil
Pizarro fue especialmente severa con su propia obra. Reconocía destruir piezas que no la conformaban, para evitar que circularan después de su muerte.
"No quiero que salga a la calle lo que nunca quise sacar de mi taller (...) el pintor muere dos veces: una vez de muerte natural y otra vez lo mata la viuda, o el que quede, que empieza a escarbar las obras guardadas", sostenía.

Ese perfil bajo, sostenido durante buena parte de su carrera, convive paradójicamente con un largo historial de reconocimientos. Su obra atravesó el paisaje, la geometría y lo metafísico sin perder nunca, según sus propias palabras, la forma de mirar que traía desde la infancia.








