Hoy proponemos la segunda entrega de "Obras que cuentan". Y si en la elección de la semana pasada la obra ("La vuelta de Rocha" de Víctor Cúnsolo) remitió a la melancolía y a la soledad de una Boca sin gente ni bullicio, esta vez la pieza seleccionada más bien deriva en la incomodidad.
Thibón de Libian: bailarinas, cabarets y una mirada incómoda sobre su tiempo
A principios del siglo XX, su pintura encontró inspiración en los espacios nocturnos de una Buenos Aires que bullía por la inmigración. En "La presentación", esa mirada adquiere una dimensión particularmente crítica.

En este espacio de la sección Arte, El Litoral apuesta a detenerse frente a una pintura, escultura o grabado para ir más allá de lo que salta a la vista. El intento es recordar cómo se gestó, qué provocó en su época y qué nos sigue diciendo hoy, a veces vista con otros ojos.
La obra escogida en esta oportunidad es "La presentación", el óleo que Valentín Thibon de Libian llevó al Salón Nacional de 1918 y que hoy integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes. Mide 76 por 64 centímetros, pero ahí entra una escena que, cuanto más se mira, más turbia parece.

A simple vista es una postal doméstica con una mujer vieja vestida de negro, una jovencita ataviada como bailarina. Hasta que uno ve las piernas que asoman en el borde inferior del cuadro, con pantalón negro y bastón. Entonces cae en la cuenta que ahí falta alguien. O mejor dicho, que ese alguien está, pero el pintor apenas sugiere su presencia.
El resto de la escena es decorado: una cómoda con jarrones, una cortina que llega hasta el piso, un cuadro con la figura de un hombre y un espejo que apenas alcanza a devolver las cabezas de la mujer y de la jovencita. El hombre queda fuera del encuadre. Sólo vemos sus piernas.
Esa composición (el personaje masculino reducido a un fragmento) es central. Para la investigadora Alejandra Palermo, es una marca recurrente de Thibón. Personajes de origen burgués ubicados de espaldas o "fuera de cuadro" como en "La presentación", un recurso para mostrar el carácter hipócrita de la sociedad porteña.

En la fauna nocturna
Thibón de Libian nació en San Miguel de Tucumán en 1889, hijo de padres franceses, y se formó en la Academia Nacional de Bellas Artes. Como tantos artistas de su generación, viajó a Europa: recorrió Francia, Italia, Inglaterra y España, y en París absorbió la influencia de Edgar Degas, con quien la crítica lo comparó, a veces con elogio, casi siempre con desprecio.
De regreso en Buenos Aires hacia 1912, se sumó a un grupo de artistas y escritores bohemios que recorría los cafés y los barrios populares de la ciudad en busca de temas. De ese circuito salió buena parte de su repertorio de circos, camarines, cantinas y salones de baile.
Sintéticamente, el mundo de Thibon era la fauna nocturna de una Buenos Aires complejísima, que crecía a fuerza de inmigración y que la pintura oficial, ocupada en gauchos y paisajes serranos, entre otras cosas, no miraba.

En 1918 esa mirada le valió el segundo premio del Salón Nacional con "La presentación", obra que sumó a su envío "El alma del circo". Un año antes había estrenado su primera muestra individual; cinco años antes, en 1913, había obtenido el primer premio adquisición por "El violinista".
Sin posibilidad de cambios
María Isabel Baldasarre, en un comentario para el catálogo del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, señala que en "La presentación", el "color saturado, casi iridiscente, con pinceladas nerviosas y cargadas de materia va componiendo una escena".
"En la que -prosigue- una ensombrecida vieja ofrece la carne fresca de la inexpresiva y blanca muchacha al cliente, elegante y mundano, representado por las polainas y el bastón que actúan como sinécdoque".

En la mirada de esta especialista, todo en la obra "contribuye a transmitir la sensación de que no hay demasiada posibilidad de cambio en la vida de estos seres".
Palermo llega a una conclusión semejante. Para ella, cuadros como "La Fragua", "Mademoiselle Papillon" , "La presentación" o "Fifi l'oiseau" muestran escenas donde las mujeres, bailarinas o cantantes, están representadas junto a personajes de origen burgués recreando los lugares donde se ejercía y ocultaba la trata de blancas, sobre todo de mujeres inmigrantes europeas.
Una crítica que pasó inadvertida
Lo curioso es que esa denuncia, tan legible hoy, resultó casi invisible para los contemporáneos de Thibon. El estilo postimpresionista, afrancesado, de pincelada suelta, era una especie de anestesia, la forma agradaba a la burguesía que la temática, en el fondo, cuestionaba.

Palermo lo plantea como una paradoja: el estilo postimpresionista en el que sus cuadros están realizados hizo que su crítica social pasara, en gran medida, desapercibida para sus contemporáneos y que fuera frecuentemente juzgado sólo en relación con los artistas franceses, especialmente con Degas y Toulouse Lautrec.
No todos leyeron esa elegancia como virtud. Manuel Gálvez, cronista del Salón de 1913, había calificado "El violinista" como un "dibujo caricaturesco en el cual hay gracia y originalidad pero carencia de realidad".
Y llegó a cuestionar que se lo premiara. Años después, el crítico de la revista Martín Fierro fue todavía más duro y describió su vínculo con Degas en términos de mala copia y anacronismo.
También hubo defensores. El crítico Rojas Silveyra, al reseñar el Salón de 1918, ubicó a "La presentación" entre lo mejor de esa edición.
"Esos dos cuadros nerviosos, sensitivos, con su técnica audaz, con sus raras armonizaciones cromáticas y sus personajes funambulescos, estilizados de modo casi literario como un soneto de Mallarmé", escribió sobre esta obra y "El alma del circo".

Carlos Giambiagi, por su parte, sugirió que detrás del pintor de bailarinas y payasos había una ambición más honda, la de algo más profundo, que podía ser si quería.
Una lectura posible
Hay un detalle en el análisis de la obra que vale la pena rescatar y que es el paralelismo entre la túnica negra de la mujer mayor y el chador, la prenda semicircular que cubre casi todo el cuerpo dejando apenas un hueco para el rostro, usada tradicionalmente por mujeres de zonas rurales de Irán.
La comparación (trabajada en un análisis de la obra realizado por Tania Arena) no busca establecer un vínculo religioso, sino señalar cómo la vestimenta opera como un signo visual de ocultamiento, de autoridad silenciosa sobre el cuerpo ajeno.

Ese mismo análisis repara en el blanco casi excesivo de la niña, piel muy pálida, tul blanco, un color asociado tradicionalmente a la pureza.
Lo que sigue diciendo
Thibón de Libian murió en Buenos Aires en 1931, a los 41 años. Su obra, dispersa entre coleccionistas privados y museos, tardó décadas en ser revisada con una mirada distinta a la de sus contemporáneos, que lo juzgaron casi siempre a la sombra de Degas y nunca del todo por lo que sus cuadros contaban.








