Hubo un tiempo, hace menos de cien años, en que a dos artistas excepcionales como Remedios Varo y Leonora Carrington se les permitía estar en la sala, pero calladas. Los surrealistas las invitaban a sus reuniones en París de los 30 con la condición de que escucharan sin intervenir. El círculo de André Breton tenía un lugar para las mujeres: musas.
Remedios Varo y Leonora Carrington: del silencio impuesto por los surrealistas a una amistad extraordinaria
Hace un siglo, tenían que estar calladas en las reuniones de los artistas de ese movimiento. Sin embargo, escucharon, aprendieron y gestaron una obra vinculada a la magia, la alquimia, los sueños y el sugestivo entorno mexicano. Una entrevista con la especialista María Laura Rosa para entender sus claves.

Ese silencio terminaría siendo, paradójicamente, el origen de una de las amistades más fecundas del arte del siglo XX. "Tomaban nota de todo lo que se discutía en estas reuniones", explicó María Laura Rosa, doctora en Arte Contemporáneo e investigadora del CONICET. Y esa escucha terminó por convertirse en un capital de conocimiento.
Desde el 27 de agosto, María Laura dicta en el Malba el curso "Recetario de sueños. La amistad y el arte de Remedios Varo y Leonora Carrington". La propuesta se basa en esa relación que el mercado y la academia tardaron muchho en tomar en serio.

Dos exilios que se cruzan en México
Varo y Carrington se conocieron en Francia entre 1938 y 1939, cuando la primera era pareja del poeta Benjamin Péret y la segunda convivía con Max Ernst. El vínculo recién maduró tres años después, en 1942, cuando la Segunda Guerra Mundial las llevó a coincidir como exiliadas en México.
Fue ahí donde la amistad encontró terreno fértil. Ambas compartían el interés por la magia, la alquimia, la astrología y los animales, a los que consideraban portadores de una sabiduría que el proceso de domesticación le había arrebatado al ser humano.
También las unía el gusto por el tarot y las mitologías mediterráneas, materiales que terminarían filtrándose en su pintura.

México, para los surrealistas, era un entorno ya predispuesto a lo maravilloso, un territorio donde la tradición prehispánica dialogaba con la religiosidad colonial y el culto a los muertos.
Ese cruce, afirmó María Laura, no fue telón de fondo sino una especie de insumo de trabajo. Los mercados populares, en particular el de la Lagunilla, resultaron una fuente directa de materiales e imágenes para Remedios y Leonora.
Pintar como quien prepara una receta
Rosa explicó que ambas artistas veían la pintura como una actividad capaz de volver visibles fuerzas que normalmente solo se perciben, como los cambios de clima interior, las energías del cosmos o los estados anímicos.

Esa concepción se tradujo en procedimientos con mucho de ritual. De Varo se sabe, por testimonios indirectos, que trabajaba guiada por cristales de roca que cargaba a la luz de la luna, con los que practicaba incisiones sobre la pintura. De Carrington, que mezclaba los pigmentos con huevo y polvos o especias compradas en los mercados mexicanos.
Nada de esto quedó documentado por las propias artistas. Rosa aclaró que esas prácticas se reconstruyeron a partir de testigos cercanos, como el ahijado de Varo, la única persona a la que la pintora permitía acompañarla mientras trabajaba.
El arquetipo de la bruja
Todo ese universo (cristales, pigmentos con huevo, mercados populares) alimentó una lectura que las asoció culturalmente con las brujas. María Laura matizó esa idea. "No sé si ellas se autodenominaban brujas", aclaró.

Lo cierto es que ambas se habían acercado al pensamiento de George Gurdjieff, místico de origen griego con el que Varo había tenido contacto en París, y cuyas ideas siguieron circulando en México a través de discípulos como Piotr Ouspensky y Rodney Collin.
De ahí proviene, según Rosa, el interés compartido por el despertar de la conciencia, el trabajo introspectivo y el lugar central que la música ocupa en la obra de Varo.
A esa amistad se sumó una tercera figura, menos conocida, que es la fotógrafa Kati Horna, que documentó a ambas artistas y que aparece representada junto a ellas, como hechicera, en varias obras de Carrington.

Una revalorización tardía
El recorrido de ambas artistas por la historia del arte no fue lineal. Varo murió en 1963, antes de que la segunda ola del feminismo cobrara fuerza a nivel internacional; Carrington, en cambio, vivió hasta 2011 y llegó a vincularse en los 70 con el colectivo mexicano de mujeres muralistas.
La revalorización llegó recién a partir de los 90, cuando Varo empezó a integrar muestras como la Bienal de Venecia, y se profundizó desde 2000 con Carrington, que todavía vivía para presenciarla. Rosa atribuyó ese giro al trabajo de historiadoras del arte feministas desde los 70.
El Malba conserva piezas de ambas que Rosa describió como la colección más importante de Sudamérica. El curso que dicta en agosto y septiembre no agota el misterio de esa amistad forjada entre cristales, pigmentos y mercados populares. Ofrece una llave para poder entrar en él.








