"Lo venció una incurable nostalgia": la despedida silenciosa de Juan Cingolani
Había nacido el 22 de enero de 1859 en Italia, donde forjó su prestigio. Radicado en Santa Fe a principios de siglo, falleció sin homenajes ni reconocimiento pleno. La ciudad que ayudó a formar artísticamente recién empezó a valorarlo después.
Parte de la obra de Cingolani en la iglesia del Carmen. Foto: Gentileza Cintia Rolando
Cada 22 de enero, los santafesinos que gustan de las artes plásticas vuelven su mirada sobre una figura de su historia: Juan ("Giovanni" para ser precisos) Cingolani. Pintor italiano, restaurador del Vaticano y docente, su figura muestra una paradoja: el reconocimiento que llega tarde, cuando la indiferencia ya hizo mella.
Por tanto, evocarlo es, ante todo, un acto de justicia cultural. Una manera de revisar cómo una ciudad construye (o posterga) el valor de sus artistas.
Un artista clásico
El 22 de enero de 1959, al cumplirse el centenario de su nacimiento, El Litoral publicó un retrato preciso del hombre y del artista que convivieron en Cingolani. "De buen físico, unía a su prestancia itálica un carácter atrayente sujeto al humor cambiante que parecía distintivo en esos tiempos de los cultores del arte".
Archivo El Litoral
El artista se sostuvo siempre en un clasicismo que no tenía que ver con la comodidad, sino con una concepción del arte como disciplina, aprendizaje y responsabilidad.
"Si bien su labor no se distingue por audacias de imaginación, sino por su rigor y ajuste a los moldes clásicos, es evidente que su autor poseía un oficio bien aprendido y cierto sentido de la realidad que le impedía falsear los objetos", decía el diario.
Esa ortodoxia, a veces entendida como falta de riesgo creativo, fue en realidad uno de los pilares sobre los que se organizó la enseñanza artística en Santa Fe. Allí donde aún no había instituciones consolidadas ni tradiciones locales firmes, Cingolani aportó método, mirada y exigencia.
Archivo El Litoral
Fundador de una tradición
De hecho, Juan Cingolanino fue un artista aislado. Tampoco se ajustó a esa frecuente figura del "excéntrico". Fue, como lo definió El Litoral, "creador y animador de un movimiento artístico en nuestra capital en un período de rápido enriquecimiento general".
Con José D’Annunzio y José María Reinares, integró el núcleo fundador de la actividad plástica santafesina. De ese impulso llegaron nombres que son parte del canon local: Salvador Cabedo, Sergio Sergi, Gustavo Cochet, José Planas Casas.
Todos ellos, de algún modo, dialogan con esa “huella” inicial que dejó el maestro italiano. Una marca silenciosa, persistente, más asociada al magisterio que a la autopromoción.
Archivo Diario Santa Fe
La alternativa de enseñar
El sábado 28 de noviembre de 1959, al cumplirse 50 años de su llegada a Santa Fe, El Litoral publicó un texto muy lúcido sobre su figura. Allí se desmonta el mito del europeo que se va empujado por la miseria. "No era, por cierto, el caso del emigrante europeo que huye del terruño perseguido ora por la fatalidad económica".
Según el crítico Di Filippo, Cingolani llegó a la ciudad "en la plena madurez de su vida, con su personalidad humana y artística ya asentada. Con un prestigio muy alto conquistado allá, en Italia". Era obvio: había trabajado en el Vaticano a las órdenes de León XIII y en la Capilla Sixtina.
La pregunta, entonces, era esta: ¿qué podía encontrar un artista de ese recorrido en una Santa Fe aún incipiente en términos culturales? La respuesta: el magisterio. En otras palabras, enseñar donde todavía estaba todo por construir.
Gentileza Cintia Rolando
Nostalgia, soledad e indiferencia
Cingolani murió el 23 de abril de 1932, a los 73 años. El Diario Santa Fe, le dedicó estas palabras: "No lo abatieron los años, sin duda; lo consumieron las penas; lo venció una incurable nostalgia".
Italia fue para él -según la misma fuente- "un ensueño triste, una alegría perdida, vertiente de su infinita melancolía". El texto suma una crítica al medio local. "No hubiese sufrido tanto de habérsele brindado aquí una consideración, un reconocimiento, acorde con su valor".
En una ciudad que crecía, el artista conoció la soledad, el desencuentro y la indiferencia. "Y así se fue como amortajado por la indiferencia de los más, por la reverencia de los menos".
Archivo El Litoral
Reparación tardía
El 7 de junio de 1932, el Diario Santa Fe publicó un artículo titulado "Juan Cingolani: un homenaje se impone", que denunciaba el menosprecio sufrido por el artista y reclamaba una reparación simbólica concreta: un busto, un lugar en el museo, una memoria activa.
Eso llegó, aunque de manera tardía, recién en el año 1936. El Litoral anunció entonces la inauguración de una exposición póstuma con 70 obras del pintor, óleos, acuarelas y estudios.
También documentos que certifican su prestigio internacional: su diploma como miembro de mérito de la Academia de Perugia y avales de cardenales vaticanos que destacan su labor como restaurador.
Gentileza Cintia Rolando
Desde entonces, la valoración de Juan Cingolani no dejó de crecer. Pero siempre bajo la sombra de una pregunta incómoda: ¿por qué tuvo que ser después de su muerte?
Evocar a los maestros universales
Para cerrar, cabe evocar unas palabras que le dedicó Horacio Caillet Bois en 1936. "Nacido y educado en un ambiente de constante frecuencia con los maestros universales de la pintura, dedicó todos sus esfuerzos a imitarlos".
¿De qué manera? "En lo que éstos tenían de valentía en la concepción, de fuego y de ardor en el manejo seguro del pincel, de noble equilibrio en las manos y austera obediencia a los principios de la técnica".