En los albores del siglo XX, París era el centro del arte occidental. El impresionismo había cambiado la manera de representar la luz y el movimiento, y una nueva generación de pintores buscaba ir más allá todavía.
La pintura que venció al dolor: la extraordinaria historia de Raoul Dufy
La artritis reumatoide afectó sus manos y su manera de trabajar. Pero no impidió el desarrollo de una de las miradas más interesantes de la modernidad artística. En 1977, en el centenario de su nacimiento, Santa Fe le dedicó una muestra.

En ese clima llegó Raoul Dufy, pintor nacido en El Havre en 1877, quien atravesó el fauvismo y una breve etapa de acercamiento al cubismo antes de crear un lenguaje propio muy influyente, basado en la luminosidad del color y la celebración de la vida moderna.
Según diversos catálogos y estimaciones, Dufy dejó una obra extraordinaria por su volumen: alrededor de tres mil cuadros al óleo, seis mil acuarelas, cuatro mil dibujos de gran tamaño, mil quinientos estampados para tela, además de grabados, xilografías, cerámicas y tapices.
El lado más oscuro de su historia tiene que ver con que pasó sus últimos años de vida afectado por una artritis reumatoide severa, dolencia que deformó sus manos y modificó profundamente su modo de trabajar.

De El Havre a París
Dufy nació el 3 de junio de 1877 en El Havre, donde la luz atlántica y el movimiento del mar son una parte fundamental del paisaje cotidiano.
A los 18 años ingresó en la École des Beaux-Arts de su ciudad, donde conoció a Othon Friesz, con quien compartiría años de búsqueda artística en París. En 1900, gracias a una beca, se trasladó a la capital francesa.
Eran los años en que el impresionismo y el postimpresionismo dominaban el debate, y Dufy se metió de lleno en ese universo. Sus primeras obras, entre 1895 y 1898, seguían la línea de Eugène Boudin, Camille Corot y Alfred Sisley: paisajes y escenas de género con una paleta todavía contenida.
El punto de inflexión llegó en 1905, cuando descubrió la pintura de Henri Matisse. Dufy abrazó el fauvismo, movimiento que ese mismo año mostraría su faceta más radical en el Salón de Otoño de París.

El fauvismo ponía el acento en la primacía del color sobre la forma, la perspectiva y el dibujo académico. Los colores salían directamente del tubo. El trabajo al aire libre era un aspecto central. Dufy pintó así calles empavesadas, playas, puertos y fiestas populares.
En 1907 se alejó del fauvismo y comenzó a analizar algunas de las investigaciones cubistas de Pablo Picasso y Georges Braque. La experiencia fue breve. El cubismo no terminaba de coincidir con la sensibilidad cromática de Dufy, orientada a la celebración del mundo visible.
Un estilo propio
A partir de 1910 amplió su campo de acción. Realizó grabados y xilografías. Trabajó con el diseñador de moda Paul Poiret y más tarde con la sedería lionesa Bianchini-Ferrier, colaboraciones que lo pusieron en contacto con las artes decorativas.
En 1925 expuso obras de cerámica en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París. Sin embargo, la pintura siguió siendo el eje de su obra.

Entre fines de la década de 1910 y comienzos de la de 1920 desarrolló un estilo personal: color sobre fondo blanco, objetos esbozados con líneas ondulantes y una vivacidad cromática que desborda los contornos del dibujo.
Más que un pintor de escenas felices, Dufy desarrolló una concepción singular del color. Para él, la pintura no debía reproducir fielmente la realidad sino asumir su energía luminosa.
Las líneas podían separarse del color, los contornos quedar abiertos y las manchas cromáticas adquirir autonomía. Esa libertad formal terminó definiendo su lenguaje.
Se instaló en el sur de Francia y viajó por la cuenca mediterránea. Sus temas predilectos eran las regatas, las carreras de caballos, los conciertos al aire libre, los puertos del Mediterráneo y los estudios inundados de luz. La joie de vivre (la alegría de vivir) era una constante en su obra.

La crítica más severa lo leyó durante décadas como un pintor decorativo, demasiado complaciente con el placer visual para ser tomado en serio por cierta historia del arte.
Su reconocimiento fue, pese a esas tensiones, muy importante. Fue representado por el galerista Louis Carré junto a Matisse y Picasso. En 1952, poco antes de su muerte, recibió el Gran Premio Internacional de Pintura de la Bienal de Venecia.
Un paso por Santa Fe
El crítico santafesino Jorge Taverna Irigoyen describió la dimensión musical de la obra de Dufy en una columna publicada en El Litoral el 7 de junio de 1977, con motivo de una exposición del pintor francés en Santa Fe.
"Es el pintor de la dicha, de la simple fugacidad del instante, de la alegría transparente de luces que sólo caen un segundo 'de esa manera' sobre un paisaje, en el clima de una regata, en la equilibrada solemnidad de un concierto", afirmó.

"Pintor de atmósfera evanescente y a la vez muy tangible, real, Dufy sabe definir el plano o la sucesión de planos, sin perder el otro dominio que le es tan propio: el de la etereidad. De ahí, su pintura: cromática y linealmente, se transforma en un verdadero alarde musical", agregó.
Un mural y la enfermedad
En 1937, Dufy recibió el encargo de pintar La fée électricité para el Pabellón de la Electricidad de la Exposición Internacional de París. Era uno de los murales más grandes realizados hasta entonces.
Lo realizó con la artritis reumatoide ya instalada en su cuerpo desde 1935. La enfermedad afectaba de manera simétrica manos y pies y avanzaría progresivamente durante los años siguientes.
Fernando Canillas y Marta Canillas, investigadores que publicaron un artículo sobre el caso en una revista española de reumatología, documentaron también una hipótesis sobre la relación entre el oficio y la enfermedad.

Los autores plantearon la posibilidad de que la exposición prolongada a determinados pigmentos con metales pesados pudiera haber contribuido al desarrollo o agravamiento del cuadro clínico.
Ante el avance de los síntomas, Dufy tomó decisiones prácticas: aprendió a pintar con ambas manos y migró hacia la acuarela, técnica de menor exigencia física. También buscó el clima seco del sur.
En 1940, con la ocupación alemana de Francia, se instaló en Céret, junto a la frontera española. Pierre Nicolau, de la Clínica des Platanes de Perpiñán, le prescribió sales de oro, tratamiento que mejoró el cuadro durante algunos años.
Después vinieron recaídas, estadías en balnearios y tratamientos experimentales de la época que no lograron detener el avance de la enfermedad. En 1948, un brote severo lo obligó a utilizar una silla de ruedas.

El giro llegó en 1950, cuando el doctor Freddy Homburger lo invitó a participar en Estados Unidos de un programa terapéutico basado en hormona adrenocorticotrópica y cortisona. Dufy llegó a Boston caminando con muletas, incapaz de llevar la comida a su boca.
El tratamiento combinado produjo una mejoría significativa. Regresó a Francia con capacidad de pintar y moverse de manera autónoma. Murió el 23 de marzo de 1953 a causa de una hemorragia intestinal, mientras seguía tomando cortisona.
Lo que la enfermedad le hizo al estilo
La artritis reumatoide modificó la obra de Dufy de maneras rastreables. Las telas se achicaron. Los colores y contornos se suavizaron. Los trazos se volvieron más imprecisos.
Los investigadores Canillas observaron además una distorsión en la representación de las manos en sus cuadros tardíos, como si la deformidad de las propias manos se proyectara sobre las figuras pintadas.

No es un caso aislado en la historia del arte, pero en Dufy, ese reencauzamiento es visible en el giro hacia los interiores: los estudios, las orquestas vistas desde adentro, el concierto como espacio íntimo.
El color como forma de vida
La investigadora Regina Sienra afirmó que "a partir de 1920, las pinturas de Dufy se volvieron más coloridas que nunca. Al igual que sus primeras piezas fauvistas, las pinturas de este periodo retratan instantáneas ilustrativas de la vida y el ocio en la Francia del siglo XX".
"Sin embargo, lo que distingue sus pinturas posteriores de carreras de caballos, puertos ventosos y estudios iluminados por el sol de sus primeras piezas es el tratamiento de la pintura por parte del artista".
El color fue su constante. "El color representa la luz que forma y da vida al todo", afirmó Dufy. "Porque la luz es vida, es el alma del color". Esa convicción sostuvo su obra hasta los últimos días. Mientras la enfermedad avanzaba sobre su cuerpo, la pintura siguió siendo para él un territorio de libertad.








