Hay algo de irreversible en el grabado y en este punto, cabe señalar que se parece un poco a la acuarela. Las decisiones que se toman tienen algo de irreversible. La incisión en un caso, la mancha en el otro tienen algo en común, no admiten demasiadas posibilidades de corrección, más bien hay que abordar las consecuencias.
El grabador de Chovet que llevó su obra hasta el Museo de Arte Moderno de Nueva York
En 1979, el Museo de Artes Visuales de Santa Fe exhibió la obra de Julio Muñeza, el grabador nacido en Chovet que llevó su lenguaje austero y geométrico hasta las colecciones de grandes museos del mundo.

A principios de este año, en esta misma sección, hablamos sobre eso con Nanzi Vallejo, aludiendo a Francisco Puccinelli. Varias veces, Nanzi insistió en que trabajar con acuarela implica aceptar una especie de mandato: donde cae la mancha, se queda. Algo parecido ocurre con el grabado.
Julio Alberto Leonello Muñeza entendió esa lógica desde muy temprano, y esa comprensión rigurosa del oficio fue la que lo llevó desde un pueblo del interior santafesino hasta instituciones como el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Nació el 9 de julio de 1930 en Chovet. Murió en Buenos Aires el 9 de agosto de 2016. Dentro de ese paréntesis temporal, construyó una obra que recorrió más de 20 países y acumuló 38 premios nacionales, provinciales y municipales.
Entre ellos el Gran Premio de Honor en Grabado del Salón Nacional de Artes Plásticas de 1977, uno de los reconocimientos más altos que puede recibir un artista en Argentina.
El punto de partida
Hay que decir que Chovet no aparece en los grandes relatos del arte argentino. Es un pueblo del sur de Santa Fe, una llanura sin accidentes visuales donde el horizonte es una línea tan continua que termina pareciendo una abstracción.

Muñeza creció ahí. Y aunque se formó en Buenos Aires (egresó de las escuelas nacionales de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y Ernesto de la Cárcova, donde luego también enseñó), algo de esa geografía quedó grabado en su mirada.
Sus series de Paisajes (1974-1975) alternan las tierras planas de Santa Fe con las quebradas de Entre Ríos. La diferencia topográfica es también de ritmo visual, lo liso contra lo accidentado, la continuidad contra la interrupción.
El grabado como lenguaje propio
En 1979, cuando el Museo Municipal de Artes Visuales de Santa Fe exhibió su trabajo junto al de los entrerrianos Felipe Aldama y Gloria Montoya, el crítico Jorge Taverna Irigoyen escribió sobre Muñeza.

"Cada uno de sus grabados es un doble ejemplo de riqueza y austeridad en los recursos", anotó en El Litoral. "Empleando lo necesario, el artista alcanza el gran efecto, la mayor respuesta sensorial y sensitiva de su plano".
La observación apunta a algo central en Muñeza, que es la economía como principio. En un momento en que muchos grabadores argentinos buscaban competir con la pintura o la fotografía mediante acumulación, él fue en dirección contraria.
Taverna Irigoyen también identificó esa "línea ondulada que le es muy propia", capaz de "dulcificar el espacio metafísico". Una frase que parece excesiva hasta que uno se detiene frente a los grabados y entiende de qué está hablando, esa cualidad de hacer que lo geométrico respire.

Una carrera que atravesó continentes
La obra de Muñeza llegó a museos de Asunción, San Pablo, Bruselas, Berna y Madrid. Participó en la Bienal Juvenil de París, en las Bienales de Florencia, Tokio y Santiago de Chile. Y se expuso en lugares tan distintos como India, Noruega, Canadá, Austria, Suecia, Puerto Rico.
Para un artista nacido en un pueblo, esa trayectoria internacional dice algo sobre la universalidad de ciertos lenguajes visuales. El grabado es quizás la técnica que mejor metaforiza la transmisión cultural. Muñeza lo sabía.
Su carrera docente fue parte de ese proyecto. Fue profesor en las escuelas Manuel Belgrano, Prilidiano Pueyrredón y Ernesto de la Cárcova, y alcanzó la distinción de Profesor Emérito de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata.

En 1996 recibió el Diploma "Acción Docente" de la Asociación Argentina de Críticos de Arte, reconocimiento a una tarea que moldeó generaciones de grabadores argentinos.
Donación y memoria
Muñeza vivió y murió en Buenos Aires. Pero el pueblo no lo olvidó, y él tampoco olvidó al pueblo. En 2023, en el marco del centenario de Chovet, su esposa Teresa Lucía Pioro de Muñeza donó una serie de obras a la comuna.
Junto a sus hijas María Carolina y María Soledad, Teresa explicó en una carta el sentido de ese gesto: "Julio amaba su tierra y si bien nunca pudo volver a caminarla, sus obras están llenas de huellas profundas que le recuerdan una y otra vez".

Las obras donadas muestran mapas donde aparece el nombre de Chovet, la laguna de Melincué, animales, el campo, el maíz, el trigo. El vocabulario visual de una infancia que nunca abandonó del todo la plancha.








