Hay artistas que dejan cuadros, dibujos, ilustraciones y objetos que el tiempo convierte en testimonios de una época. Otros, además, dejan una manera de mirar, una forma de interpretar el mundo y una marca que permanece en la memoria de quienes conocieron su trabajo.
Enrique Pasquini Molina, el artista que llevó su mirada santafesina al mundo
Pintor, ilustrador, dibujante, escenógrafo y docente, Enrique Augusto Pasquini Molina (1936-2026) dejó una huella profunda en la cultura de Santa Fe. Formado en la Escuela Provincial de Artes Visuales Juan Mantovani, compartió caminos con grandes referentes, exploró técnicas en Europa y Asia y construyó una obra que trascendió fronteras. Hoy, mientras su nombre merece seguir ocupando un lugar destacado en la historia artística de la región, numerosas creaciones aguardan la oportunidad de volver a encontrarse con el público.

Enrique Augusto Pasquini Molina fue uno de ellos. Santafesino, inquieto, dueño de una sensibilidad particular y de una trayectoria que atravesó distintas disciplinas, supo construir un camino propio en las artes visuales y el diseño.
Nació en la ciudad de Santa Fe el 2 de junio de 1936 y falleció en la misma ciudad el 6 de marzo de 2026. Entre esas dos fechas transcurrió una vida dedicada a la creación, la búsqueda y el aprendizaje. Su obra se proyectó mucho más allá de los límites de su lugar de origen, aunque Santa Fe permaneció como referencia fundamental de su identidad artística.
Hablar de Pasquini Molina es también recuperar una parte de la historia cultural santafesina. Su recorrido permite reconocer a una generación de creadores que entendió el arte como un territorio de exploración permanente, abierto al intercambio, al conocimiento y a la posibilidad de incorporar nuevas herramientas sin perder la propia identidad.

De la Juan Mantovani al encuentro con otras culturas
En 1956 egresó de la Escuela Provincial de Artes Visuales Juan Mantovani, una institución de referencia para la formación artística de la región. Allí adquirió conocimientos que serían el punto de partida de una trayectoria marcada por la diversidad de lenguajes y la búsqueda constante de nuevas formas expresivas.
Poco después, junto con el reconocido maestro César López Claro y otros colegas, participó de la fundación de la agrupación Plásticos del Litoral. Aquel espacio de encuentro representó una manera de compartir inquietudes, impulsar proyectos y fortalecer la presencia de los artistas en una comunidad que encontraba en las artes visuales una expresión de su propia identidad.
La inquietud por conocer otras realidades lo llevó, en 1962, a emprender un viaje de estudio por Europa y Asia. Aquella experiencia significó mucho más que recorrer geografías lejanas: fue la posibilidad de tomar contacto directo con diversas manifestaciones artísticas y con sus protagonistas.
Uno de los capítulos más significativos de ese recorrido tuvo lugar en la República Popular China. En Pekín trabajó e investigó en la Escuela de Arte y Artesanas, donde profundizó en las técnicas de tinta china a la piedra sobre papel de arroz.
Ese acercamiento a una tradición milenaria dejó una influencia en su expresión gráfica. La experiencia de conocer otros procedimientos, otras sensibilidades y distintas maneras de entender la imagen amplió su horizonte creativo.
El viaje se convirtió así en una instancia decisiva de aprendizaje, de esas que modifican la mirada de un artista y acompañan su producción a lo largo de los años.
Pasquini Molina no se limitó a una única disciplina. Su curiosidad lo llevó a transitar distintos espacios de la creación, con una capacidad de trabajo que le permitió vincular el arte con la comunicación, el diseño, la escena teatral y la enseñanza.
En cada una de esas actividades encontró una oportunidad para desarrollar su oficio y aportar una mirada personal. Esa amplitud constituye uno de los rasgos más interesantes de su legado: la de un creador que no aceptó fronteras rígidas entre las diferentes formas de expresión.
Un nombre propio en el arte y el diseño
Enrique Pasquini Molina desarrolló una intensa labor en las artes de la comunicación y el diseño publicitario, un ámbito en el que la capacidad de sintetizar una idea y transformarla en una imagen resulta fundamental. También se destacó como caricaturista en distintas publicaciones y realizó creaciones de diseño gráfico que quedaron vinculadas a la memoria visual de su tiempo.
Su actividad incluyó, además, la ilustración de partituras musicales junto con Carlos Alonso para la Editorial Lagos, una experiencia que reunió el lenguaje de la música con la sensibilidad del dibujo. En el teatro, se desempeñó como escenógrafo y realizó puestas en escena en el Teatro de Arte y en el Teatro Los XXI, de Rosario.
También incursionó en la escultura y la cerámica, demostrando que su interés por los materiales y las formas no se agotaba en el papel ni en la superficie pictórica.
La docencia fue otra dimensión importante de su recorrido. Desde ese lugar contribuyó a la formación de nuevas generaciones y llegó a ocupar la dirección del Instituto Superior Técnico Comunicar. Enseñar, en su caso, formó parte de una relación más amplia con el conocimiento: la de quien aprende, experimenta y comparte lo que descubre.
En 1964 recibió el Primer Premio Nacional de Escenografía para Teatros Independientes, un reconocimiento significativo que confirmó la calidad de su trabajo en un campo donde la creación visual debe dialogar con la dramaturgia, el espacio y la acción escénica.
Su trayectoria expositiva fue extensa. Participó en muestras individuales y colectivas en instituciones, galerías y espacios culturales de distintos puntos del país. En Santa Fe, su obra estuvo presente en el Museo de Artes Visuales, Canal 13, Galería Privada de Arte y Color, Rotary Club, Guastavino Imbert, Fundación Bica y Editorial Colmegna, entre otros ámbitos.
También expuso en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Río Cuarto, San Justo, Salta, Paraná, Coronda y otras ciudades. Su actividad llegó a escenarios internacionales, con presentaciones en Leningrado y Kiev, Praga y Bratislava, además de Macerata, en Italia.
Hasta 2003 compartió exposiciones en Inglaterra, Italia, Alemania y Suiza junto con otros artistas latinoamericanos. Esa circulación internacional permite dimensionar el alcance de una trayectoria que tuvo en Santa Fe su raíz, pero que encontró en el intercambio con otras culturas una fuente permanente de crecimiento.
Su pertenencia a la agrupación Seis Acuarelistas fue otra expresión de esa vocación por el trabajo colectivo. Con sus integrantes expuso en el CEA y en otros espacios de arte, sumando experiencias a una carrera que se caracterizó por la diversidad y la continuidad.
La obra espera volver a encontrarse con la gente
La muerte de Enrique Augusto Pasquini Molina invita a mirar hacia atrás, pero también plantea una pregunta sobre el futuro de su producción artística. ¿Qué sucede con las obras de un creador cuando sus cuadros, dibujos y trabajos dejan de circular por los espacios públicos? ¿Cómo se conserva su memoria cuando una parte de ese patrimonio permanece lejos de la mirada de quienes podrían descubrirlo?
Hoy, según la información compartida sobre su legado, numerosas obras de gran valor permanecen guardadas, a la espera de una exposición que permita recuperar su presencia y acercarlas nuevamente a la comunidad.
No se trata solamente de colgar cuadros en una pared. Se trata de ofrecer una oportunidad para conocer a un artista que trabajó durante décadas, que investigó, enseñó, viajó y se vinculó con distintas generaciones de creadores.
Se trata, también, de permitir que quienes no conocieron su obra puedan descubrirla y que quienes sí la recuerdan vuelvan a encontrarse con ella.
Una muestra dedicada a Pasquini Molina podría reunir diferentes etapas de su producción, dar cuenta de la diversidad de sus lenguajes y mostrar los vínculos entre sus experiencias internacionales y su identidad santafesina.
Sería, además, una oportunidad para documentar, preservar y difundir su legado, con el acompañamiento de instituciones culturales, coleccionistas, familiares y quienes conservan sus trabajos.
La concreción de una iniciativa de estas características requiere organización, investigación y voluntad de poner en valor un patrimonio que forma parte de la historia artística de Santa Fe. Cada obra recuperada para la exhibición puede convertirse en una puerta de entrada a una historia más amplia: la de un hombre que hizo del arte una forma de vida.
En Historias que no son mías, el recuerdo de Enrique Augusto Pasquini Molina adquiere un sentido especial. Porque contar su trayectoria es reconocer a quienes construyeron cultura lejos de los grandes centros de decisión, pero con una obra capaz de trascender distancias y generaciones.
Su nombre merece permanecer junto al de los grandes artistas plásticos santafesinos. No solamente por los premios, las exposiciones o los lugares en los que presentó sus creaciones, sino por la amplitud de una vida dedicada a producir imágenes, abrir caminos y compartir conocimientos.
El tiempo dirá cuándo sus obras podrán volver a ocupar un lugar visible en las salas de exposición. Ojalá esa oportunidad llegue pronto. Santa Fe tiene en Pasquini Molina a uno de sus creadores destacados y merece conocer, valorar y transmitir la dimensión de su legado.
Porque los artistas no desaparecen del todo cuando se apaga su voz. Permanecen en sus obras, en las miradas que ayudaron a formar y en la memoria de una comunidad que todavía tiene mucho por descubrir. Y cuando una obra vuelve a encontrarse con el público, la historia de su autor comienza, de alguna manera, a escribirse otra vez.








